El apelativo Urdiales es originario de Castro correspondiente a la provincia de Santander, España. Su origen viene del vasco Urda que significa pasto y del sufijo Ales: literalmente es el terreno sembrado de pasto. A su vez, Ordio viene del latín Hordeum que significa cebada. Otros derivados del apellido Urdiales es el Ordiales, Urdain, Urdín y Urdaiz.

El primer poblador que habitó el Nuevo Reino de León es José Urdiales, aparentemente originario de Guanajuato, quien acompañó al capitán Alonso de León en la expedición para buscar a los franceses que habían establecido un fuerte en las cercanías en las costas de Texas, próximas a Corpus Christi el 27 de marzo de 1689. Durante el siglo XVIII había algunas familias con éste apellido, teniendo sus residencias en un lugar situado al poniente de la plaza de armas, entre el camino real a Saltillo y el río Santa Catarina. Otros Urdiales vivían cerca del ojo de agua de Santa Lucía y hasta había un barrio conocido como “Las Urdialitas”. En el siglo XIX y XX encontramos Urdiales tanto en Santa Catarina como en Garza García.

En la hacienda de los Urdiales había labores de riego y terrenos en donde pastaban y criaban ganados mayores y menores. Los Urdiales fue establecida gracias a los esfuerzos de los hermanos José Ángel y Pedro Urdiales quienes consiguieron mercedes de tierra para formar una hacienda en 1845. Para 1861 la hacienda de los Urdiales estaba situada rumbo al camino a Villa de García y al Topo Chico y por sus terrenos pasaba el ferrocarril al Topo. Tenía una extensión territorial de dos sitios de ganado mayor, equivalentes a 3,530 hectáreas. El pueblo estaba compuesto por 63 fincas, dos de ellas consideradas como rústicas con un valor de mil 400 pesos a principios del siglo XX y los sitios mayores en 600 pesos. Los terrenos como las propiedades estaban valuadas en dos mil pesos.

Los vecinos organizados en una régimen comunal se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. Era una pueblo próspero que cosechaba cantidades considerables de maíz y caña de azúcar; por ello había algunos trapiches y moliendas de piloncillo en el lugar. La hacienda tenía su saca de agua y otros remanentes procedentes de San Jerónimo. También había terrenos de agostadero en donde la población criaba y cuidaba en orden de importancia el ganado porcino, vacuno, caballar, asnal y mular. Las fincas mantenían sitios arbolados en donde predominaban los aguacatales, las anacuas y los nogales, mientras que en los montes de los alrededores, había ayas, sauces, álamos, mezquites, duraznillos, barretas, moras, naranjos, granjenos, canelos, chaparros, huizaches y anacuas.

Políticamente la hacienda estaba regida por un juez auxiliar, elegido anualmente, junto con la guardia correspondiente a la que llamaban cuarteleros y cordilleros. El juez era representante del alcalde y disfrutaba de facultades y prerrogativas civiles que le concedía la ley, debiendo promover el progreso y el mejoramiento de la comunidad. El cuartelero era quien vigilaba las cuartas o cuarteles en que estaba dividida la comunidad y el cordillero era quien trasmitía y llevaba los comunicados oficiales.

Gracias al número de habitantes, tenía la categoría de congregación. Es decir, una hacienda repartida y poseída por varios dueños que vivían en ella a través de un sistema comunal. Un lugar mucho más grande que otros municipios de Nuevo León que batallaban para reunir los mil habitantes necesarios para establecer una entidad política. Para 1883 había 993 habitantes, de los cuales 204 eran hombres, 101 mujeres, 351 niños y 337 niñas. Había 94 personas residiendo fuera del pueblo, dando un total de 1,067 habitantes. De todos ellos, solo 11 hombres y 82 mujeres sabían leer y escribir. Siempre me he preguntado el por qué, esas comunidades, tanto el Topo Chico como los Urdiales nunca se separaron de Monterrey si tenían todo lo suficiente como para consolidar una entidad política. Tal vez porque Monterrey no lo permitió en su momento.

En 1889 había 454 habitantes. El censo levantado el 20 de octubre de 1895 señala que había 837 habitantes viviendo en 142 casas, de los cuales 454 eran hombres y 373 eran mujeres. Mientras que en San Jerónimo apenas sumaba 512 habitantes. En 1900 contaba con 427 habitantes, en 1921 el número de habitantes bajó considerablemente a 184 y en 1930, contaba con 430 pobladores. Los apellidos predominantes obviamente eran el Urdiales, Garza, Charles, Cázares, Jiménez, Muñoz, Saldaña, Valadez y Sandoval.

Para 1881 había una finca que servía como establecimiento público de enseñanza para niños, llamado “Décimo Establecimiento de Instrucción Primaria” cuyo director era el profesor Fermín Iturribarría, quien ganaba 15 pesos al mes y atendía a 27 alumnos. El valor de la finca que servía como escuela era de 350 pesos. Para 1887 la escuela era el “Cuarto Instituto Público de Instrucción Primaria” y su director se llamaba profesor Domingo Pérez, con un ayudante llamado Pedro Elizondo. Para 1898 había una escuela para niñas. En los informes de la época se señala que el aprovechamiento académico era muy bueno. Para principios del siglo XX, el director de la escuela de niños era el profesor José G. Roel y el de las niñas era la profesora Candelaria Valadez.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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