Dr. Antonio Guerrero Aguilar

De niños teníamos la creencia de que un ancianito, vestido de rojo y con una barba blanca y espesa, sonriente y bonachón, nos traía los regalos que colocaba al pie del pino navideño. El regalo que se dejaba, estaba en función de nuestro buen comportamiento a lo largo del año. Si uno se portaba bien nos traían algo muy bueno y si nuestras acciones eran consideradas como caprichudas y traviesas, aparecía un objeto de baja estima.

Dr. Antonio Guerrero AguilarDe niños teníamos la creencia de que un ancianito, vestido de rojo y con una barba blanca y espesa, sonriente y bonachón, nos traía los regalos que colocaba al pie del pino navideño. El regalo que se dejaba, estaba en función de nuestro buen comportamiento a lo largo del año. Si uno se portaba bien nos traían algo muy bueno y si nuestras acciones eran consideradas como caprichudas y traviesas, aparecía un objeto de baja estima.

Con el correr del tiempo y conforme crecíamos, nos dábamos cuenta que nuestros padres, con su sacrificio y empeño diario eran en realidad nuestros benefactores y que rara vez, dejaban algo que no fuera del gusto de los hijos. Conforme pasa el tiempo y se cumple el destino ineludible del hombre y de la mujer, de convertirse en padres y en forma cíclica se hace lo que nuestros padres hicieron con nosotros. Por que no creo que nuestros abuelos nacidos en la primera mitad del siglo XX hayan tenido referencias de un viejecito dadivoso que repartía regalos en la Noche Buena.

Y a decir verdad, solo nuestros padres, de quienes seguramente nacimos a partir de la segunda mitad del siglo XX, se nos acostumbró a ver al viejito con ropas rojas y barba blanca que viajaba en un trineo jalado por unos renos. Se nos informaba que Santa Claus vivía en el Polo Norte y que solo en la víspera de Navidad recorría a la velocidad de la luz, el mundo occidental al cual repartía regalos.

En realidad Santa Claus es la deformación simbólica de un religioso que se llamaba Nicolás y vivía en la ciudad de Mira, perteneciente al antiguo reino de Licia, actual territorio de Turquía. Ahí un santo varón se hizo célebre por la generosidad que mostró con los niños y con los más desvalidos. Sabemos que fue perseguido y encarcelado en tiempos del emperador Diocleciano por vivir la fe cristiana. Pero una vez que Constantino llegó al trono del Imperio Romano y reconoció a la religión cristiana como la oficial del imperio, Nicolás quedó en libertad y pudo participar activamente en el Concilio de Nicea que se realizó en el año 325.

Se dice que se hizo obispo de su sede episcopal de una manera por demás fortuita, cuando los sacerdotes y los ancianos, esperando una señal divina para substituir al antiguo pastor y como no llegaba, alguien dijo que el primero que entrara al templo, ese sería nombrado obispo y curiosamente en ese momento Nicolás entró al recinto y fue aclamado en consecuencia como pastor de esa comunidad cristiana. A su muerte fue canonizado por la Iglesia católica con el nombre de San Nicolás por sus buenas acciones.

Pronto surgieron muchas leyendas sobre milagros realizados por el santo en beneficio de la niñez, de los pobres y de los desamparados, del cual se decía que aun muerto, hacía obras caritativas al servicio de los demás. La fama de San Nicolás lo hizo patrono de Rusia y de Grecia, así como de sociedades benéficas y también de los niños, de las jóvenes solteras, de los marineros, de los mercaderes, de los prestamistas y de quienes no tienen empleo.

Ya para el siglo VI de nuestra era, se habían establecido numerosos templos en su honor. Pero después de la reforma luterana a principios del siglo XVI, el culto a San Nicolás desapareció de casi toda la Europa protestante, excepto de Holanda, en donde se le llamó en la lengua de ellos como Sinterklaas.

Ahí en los países bajos la leyenda de Sinterklaas creó un sincretismo religioso con las antiguas leyendas nórdicas que hablaban de un mítico mago que andaba en un trineo tirado por renos, que premiaba con regalos a los niños buenos y castigaba a los que se portaban mal.

En el siglo XI, unos mercaderes italianos que pasaban por Mira robaron las reliquias de San Nicolás y las llevaron a la ciudad de Bari, Italia en donde se convirtió en el patrono del lugar y se le puso el apelativo del mismo: San Nicolás de Bari.

Quienes trajeron la tradición de Sinterklass a los Estados Unidos, fueron los inmigrantes de origen holandés. Ahí el nombre de Sinterklass se convirtió al inglés como Santa Claus.

En los Estados Unidos, Santa Claus se convirtió rápidamente en símbolo mercantilista de la Navidad, pues su imagen se relaciona inmediatamente con la compra de regalos navideños.

A Santa Claus se le conoce de diversas formas. Por ejemplo, en Gran Bretaña se le dice Father Christmas (papá Navidad); mientras que en Francia le dicen en francés Pére Noël. Luego los españoles tradujeron como Papá Noel, y con ese nombre se le conoce en nuestra América Latina. Y cómo nuestro país está muy cerca de los Estados Unidos, le decimos Santa Claus y su representación la vemos por doquier en la etapa navideña.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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