Ramiro Rodríguez MartínezMAMÁ MARÍA ERA el núcleo de las reuniones en la numerosa familia de Eneas. Todas las celebraciones, fueran con el motivo de Navidad o Pascua, de Año Nuevo o Día de las Madres, giraban en torno a la figura matriarcal de Mamá María. Bondad y sabiduría, las mejores herramientas para mantener la atención de todos los elementos, eran el fresco regocijo de la descendencia. Al iniciar la llegada al punto de reunión, tomaba origen un desfile de hijos, nietos y bisnietos, que deseaban hacer notable su presencia ante ella con el tradicional abrazo y el beso en la mejilla. La ciudad de Matamoros era, por tradición, la sede de dichas reuniones, en donde Mamá María radicó después de haber dejado su tierra natal, Sabinas Hidalgo.

Ramiro Rodríguez MartínezMAMÁ MARÍA ERA el núcleo de las reuniones en la numerosa familia de Eneas. Todas las celebraciones, fueran con el motivo de Navidad o Pascua, de Año Nuevo o Día de las Madres, giraban en torno a la figura matriarcal de Mamá María. Bondad y sabiduría, las mejores herramientas para mantener la atención de todos los elementos, eran el fresco regocijo de la descendencia. Al iniciar la llegada al punto de reunión, tomaba origen un desfile de hijos, nietos y bisnietos, que deseaban hacer notable su presencia ante ella con el tradicional abrazo y el beso en la mejilla. La ciudad de Matamoros era, por tradición, la sede de dichas reuniones, en donde Mamá María radicó después de haber dejado su tierra natal, Sabinas Hidalgo.

La última reunión encabezada por Mamá María fue en septiembre de 1987. La familia íntegra se dio cita para despedirla en el panteón municipal del pueblo que la vio nacer. Nadie daba crédito a su muerte, aunque ya se veía venir dada su edad y el grave problema de salud que la aquejó en los últimos años. Para Eneas, el hijo menor de Doña Socorro, primogénita de Mamá María, era difícil asimilar el hecho de la desaparición física de su abuela, una hermosa anciana que destilaba ternura por cada poro de su piel, una mujer amada por una familia numerosa sólo por el simple hecho de ser ella.

El agudo padecimiento de Eneas ante la muerte de Mamá María se intensificó al observar la inextinguible tristeza de su madre ante la ausencia de la abuela. Ese dolor que Doña Socorro vivió como el peor de los castigos era el mismo que Eneas sintió al verla a ella expulsar sus lágrimas, lejos de cualquier testigo, apartada de sus hijos y de ella misma, con la única intención de que nadie se enterara de su llanto. No eran escasas las ocasiones en que él la encontraba oculta en su habitación, distante de cualquier espejo y con las cortinas interpuestas entre la realidad profana y su propia realidad, con la oscuridad del silencio como única compañera, inmersa en el recuerdo de su madre muerta, con el desliz inconfundible de los sollozos sobre las paredes de la casa como las madres discretas lo hacen ante el dolor.

—¿Qué le pasa, mamá? ¿Ya está llorando otra vez? —Doña Socorro trataba de enjugar sus lágrimas con la mayor discreción posible. No deseaba ser descubierta en esa intimidad lacrimosa ante la pérdida materna.

—Nada, hijo, no me pasa nada. Sólo tengo un poco de resfrío, pero eso es todo. No te preocupes.

Y al sentir la presencia del hijo menor volvía su rostro hacia otros espacios, se alejaba hacia rincones íntimos de remembranza, volteaba hacia otro lado para que el padecimiento quedara prisionero dentro de ella y no se extendiera, como epidemia que todo lo cubre, a los demás habitantes de la casa.

Eneas echó de menos a Mamá María. La ausencia de la abuela fue muy notoria en las reuniones familiares donde todos buscaban el momento para estar cerca de ella, escuchar su suave voz y sentir sus manos tiernas, similares a las manos de las propias madres. Por eso llamarla Mamá María fue una necesidad para Eneas; hacerle saber que ella era también una madre, se volvió una imperiosa prioridad en todos sus nietos y bisnietos.

Desde muy temprana edad, Doña Socorro instruyó a sus hijos para llamarle Mamá María a la abuela. Todos aprendieron a valorar esa nominación con respetuoso aprecio al comprobar que la abuela era, en efecto, una segunda madre para todos ellos. Eneas convivió con su abuela casi a diario, debido a la cercanía de sus casas.

—Qué te parece si vamos a casa de Mamá María, hijo —le decía Doña Socorro a Eneas cada tarde—, allá podremos platicar con ella un buen rato para terminar bien el día. Allá cenaremos para hacerle compañía porque pienso que a veces se siente sola.

“Es difícil el desprendimiento maternal”, pensaría Eneas al perder a su propia madre seis años después. “Ahora comprendo a mi madre. Es caer en un vértigo dentro de abismos oscuros donde se pierde la noción de los conceptos norte y sur, es descender en la parsimonia de un precipicio sin fondo, lleno de letargo, donde las cosas pierden sus contornos, colores, aromas, sabores para confundirse con el aire y con la sombra”.

El cuerpo de Mamá María fue invadido por el cáncer. Tenía ya varios años de habérsele detectado. Los médicos especialistas sólo lograron prolongarle un poco más la vida. Doña Socorro decía a Eneas que los tratamientos de quimioterapia recibidos en el hospital de Monterrey eran difíciles y muy dolorosos.

—Voy a ir con tu tía Coco y tu tío Eleazar a la ciudad de Monterrey, hijo —le dijo alguna vez a Eneas—. Vamos a llevar a Mamá María porque tiene cita con el médico que la atiende allá. Voy a aprovechar que ellos van en su automóvil para acompañarlos. Tu tía me pidió que los acompañara y pues, a decir verdad, quisiera ir para estar un poco más de tiempo con tu abuela. Le recuerdas a Blanca que te cocine algo o te vas a casa de Lety en caso de que Blanca no pueda hacerlo por el trabajo. Sé bien que no sabes cocinar ni te interesa aprender, ¿lo harás?

Aunque intentaba ocultarse tras la máscara mexicana del disimulo, Doña Socorro no podía ocultar su tristeza cada vez que hablaba de la enfermedad de su madre. Ella sabía que el día de la despedida llegaría de un momento a otro, que Mamá María diría adiós a la familia que construyó con un estandarte blanco, con un amor auténtico que invadía el ambiente donde siempre era el núcleo de atención. Varias ocasiones, Doña Socorro le platicó a su hijo menor en charlas de sobremesa, después de desayunar, que la había soñado con tal realismo que sentía una compensación de paz y de alegría, porque su sueño había sido una convivencia en la que disfrutaba, con magnífica intensidad, la compañía de su madre.

—Es algo tan maravilloso soñar a Mamá María, hijo —le comentaba a Eneas colocando su vista en un punto imaginario del espacio—, es hermoso sentir que puedes tocarla y besarla en sueños, como si continuara su presencia física cerca de uno; inclusive, he llegado a soñar que merendamos juntas tomando una taza de café, como tantas veces lo hicimos en su casa durante las tardes en que la visitábamos, ¿te acuerdas?

Había una mal fingida resignación en los ojos de Doña Socorro, al platicar con Eneas sobre su madre. Ella deseaba restarle dolor a la conversación que aún lastimaba la carne y la mente.

—Claro que lo recuerdo, mamá, lo recuerdo muy bien —le contestaba Eneas—. Lo recuerdo como si fuera ayer cuando la visitábamos en su casa. Y vamos que ya han transcurrido algunos años desde su muerte. Cómo crees que pueda olvidar algo tan especial y significativo.

Mamá María fue sepultada en Sabinas Hidalgo, en el pueblo que la vio nacer en 1908, en la misma tumba en la que yacen los restos de su hijo Humberto.



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