Pablo Garza GarzaEn la plaza principal, dónde tantas veces se escribió la historia, espacio de almas y de seres, de árboles, de pájaros, de sombras, de campanadas de templo. Estancia pública, de bancas, de silencios y de ruidos.

Cada parte de la plaza tenía un significado. En las bancas frente a la iglesia, los mayores; en las bancas frente al Cine Olimpia, los que esperaban; en las bancas frente al palacio, los que observaban; frente a la Mutualista, los trasnochadores; en las bancas alrededor de los kioskos, los niños y jóvenes. Cada quien en su área, respetando sin querer los límites imaginarios.

Pero ahí mismo, en la plaza, había unas bancas que eran reservadas para las parejas más enamoradas, estas frente al Benemérito de las Américas, Benito Juárez, en el corazón de la plaza que latía con profunda pasión y ante la mirada del héroe.

Quienes conocían bien la plaza sabían y respetaban esa pequeña área, en donde en las noches de primavera y verano, muchas parejas se profesaban el amor, las caricias, los besos y la pasión.

Los domingos y días de fiesta, las Bancas de Juárez guardaban a sus fieles visitantes. A ese corazón de la plaza llegaban vendedores de flores, de rosas, de claveles y de gardenias. Había niños que ofrecían chicles y unas pequeñas pastillitas para el aliento, para que los versos y los besos fueran perfumados.

¿Cuántas veces cruzamos la plaza y vinieron a nuestra mente recuerdos imborrables de las Bancas de Juárez?

Aún por las mañanas y a pleno día las Bancas de Juárez guardaban una mística esencia romántica. El lugar fue tradicional por mucho tiempo, después del cine, después del baile. A veces eran ocupados por gente de paso que iba y venía, pero generalmente se respetaban para los enamorados.

Era muy romántico poner en el cabello de la novia un clavel, una pequeña rosa, unas gardenias y declararle el amor.

Con esto viene a mi mente, una vieja canción cubana que dice: Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir, te quiero, te adoro mi vida. Ponles toda tu atención que serán tu corazón y el mío.

Hasta que un día que el sueño y el encanto terminó y las bancas de Juárez, y muchas otras bancas de la plaza se fueron, pero ahí está el lugar. Ahí está la estatua del Benemérito, mudo testigo de aquello.

FIN


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