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José constituye uno de los tres pilares que componen el modelo de la familia cristiana, tanto en su aspecto interno (en las relaciones entre los distintos miembros que la integran) como en el externo (la familia en la sociedad). En sentido estricto no es un padre adoptivo, pues no hubo ninguna adopción. Dios lo eligió para constituir una familia para Jesús. Y tal familia se caracterizó por sólo tres elementos (Padre, madre e hijo). José asumió el rol paterno. José, un hombre justo, se caracterizó en sus relaciones familiares, por dar una trato de máximo respeto y apoyo a María y por servir de modelo, por voluntad de Dios, a Jesús.

En la solemnidad de san José en el año 2013, el papa Francisco refirió los alcances de la custodia que caracteriza a este santo: “¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.”

La popularidad de San José fue creciendo con el correr del tiempo y su iconografía también fue variando con los años. En las imágenes y esculturas de san José vemos la vara florida de almendro, nardo o azucena que significa la castidad y la pureza. Vestido con un manto que cae desde sus hombros, y una túnica. En algunos países de Ibero América le colocan una corona real, generalmente de plata. Se le representa impasible, callado, fuerte, altivo cargando al Niño Jesús en brazos y en la mano derecha lleva una vara florida, con azucena o nardo. A veces también con el serrucho de carpintero.

Hasta el siglo XIV tiene una apariencia de anciano y con carácter de secundario. A partir del siglo XV maduro pero más joven. En los tiempos paleocristianos siempre junto a la Virgen María, llevando ordinariamente como distintivo un cayado (bastón con el extremo superior curvo); o un báculo en forma de T y un libro y no puede faltar una herramienta de trabajo como un destral o hacha, con una sierra. En nuestros templos no faltan imágenes de san José con el Niño en brazos, símbolo que nos lleva a lo sentimental, resaltando la cercanía y el cariño entre ambos.

A veces la paloma del Espíritu Santo aparece sobre las flores de la vara. Esta representación tiene su origen en los evangelios apócrifos: para buscarle esposo a la virgen María, fueron convocados al templo un hombre de cada tribu de Israel. José fue por la tribu de Judá. Cada varón debía llevar una vara, que dejaron sobre el altar. Al día siguiente el sacerdote ingresó al Sancta Sanctorum y un ángel tomó la vara más pequeña, la de José. Milagrosamente la vara floreció, y la paloma del Espíritu Santo surgió de ella, señalando al elegido para desposar a María. Así se cumplió lo narrado por el profeta Isaías: “Y saldrá una rama de la raíz de Jesse, y una flor saldrá de su raíz”. (Is 11,1-4)

En la Iglesia católica se le festeja el 19 de marzo. En el rito ortodoxo, el domingo siguiente a la Navidad, en el rito mozárabe el 3 de enero y el 1 de mayo San José Obrero como fiesta del trabajo. Al menos en México sobresalen éstas formas de conmemorarlo. Durante el Adviento, una persona madura vestido como san José pide posada para su familia. Llegan a cada casa, tocan, cantan y entran para rezar el rosario. El 19 de marzo se le preparan reliquias: comida en su honor con diversos y suculentos platillos que ponen a disposición de los invitados. El anfitrión tiene el deber moral de atender a quien llega e incluso se ofrece a lavarle los pies en señal de humildad y servicio. También se le hacen coloquios, representaciones con aspectos relevantes de la vida de san José y de sus intervenciones en la vida de las personas.

Una de las jaculatorias de las Doce Verdades nos habla de los Ocho Gozos. En realidad se trata de la tradición josefina que recuerda los dolores y gozos de San José son una práctica de devoción basada en una antigua tradición. Nos recuerda los principales dolores y gozos de la vida de San José; para ello la Iglesia le dedica los siete domingos anteriores a su festividad del 19 de marzo. También se puede practicar esta devoción en cualquier otra época del año.

El 22 de enero de 1836, el papa Gregorio XVI concedió a todos los fieles que recen con devoción los Gozos y Dolores en siete domingos previos a la festividad de San José, otorgando 300 días de indulgencia. Luego el papa Pío IX amplió las indulgencias el 1 de febrero de 1847, si se hace la oración acompañada de confesión, comunión y visita de algún templo, pidiendo por las necesidades del santo padre y de la Iglesia. Comienza una oración: “Pues sois santo sin igual/ y de Dios el más honrado: / sed, José, nuestro abogado/ en ésta vida mortal. Antes que hubieseis nacido, ya fuisteis santificado, / y ab eterno destinado/ para ser favorecido: /nacisteis de esclarecido/ linaje y sangre real”.

En el primer domingo se recuerda un dolor y una alegría: cuando estaba dispuesto a repudiar a su inmaculada esposa y cuando el Arcángel le reveló el sublime misterio de la encarnación. Se reza una oración y luego el Padre Nuestro y un Gloria al Padre. En el segundo domingo el dolor de ver nacer el niño Jesús en la pobreza pero el gozo al escuchar la armonía del coro de los ángeles y observar la gloria de esa noche. En el tercer domingo el dolor de ver la sangre del niño Salvador fue derramada en su circuncisión y la alegría dada con el nombre de Jesús.

El cuarto domingo: el dolor en la profecía de Simeón, al predecir los sufrimientos de Jesús y María. Pero la alegría al escuchar la predicción de la salvación y gloriosa resurrección de innumerables almas. El quinto domingo el dolor: en su afán de educar y servir al Hijo del Altísimo, especialmente en el viaje a Egipto, más la alegría de tener siempre con él a Dios mismo, y viendo la caída de los ídolos de Egipto. En el sexto domingo el dolor: a regresar a su Nazaret por el miedo a Herodes y la alegría al regresar con Jesús de Egipto a Nazaret y la confianza establecida por el Ángel. El séptimo domingo, el dolor de perder a Jesús, y lo busca con angustia por tres días más la alegría por encontrarlo en medio de los doctores en el Templo.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de Santa Catarina



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