A fines de octubre de 1999, mi mamá partió a la casa del Padre Eterno. Durante el sepelio dirigí un mensaje que tenía que ver con lo siguiente: quiero a Santa Catarina porque ahí nací, es la tierra donde crecí y es la tierra de mis ancestros. Ahí tengo el ombligo enterrado y están enterrados los restos mortales de mi mamá, un hermano, mis abuelos y muchos seres que quiero y extraño. Ahí dejé en claro que abandonaba la escritura y la investigación de la historia de Santa Catarina. Al no tener personalmente a mi madre no sentía el vínculo con mi pueblo.

La vida y la Providencia nos mantienen preparadas sorpresas. Y una de ellas me hizo regresar al ejercicio de la crónica y de la investigación de la historia y cultura regional. En los Horcones, la primera comunidad situada en el cañón o Potrero de Santa Catarina, se reunían a cenar y a organizar cabalgatas, Eusebio Rodríguez, José Candia, Arturo Benavides y Marín Torres. En la finca y casa materna de don Marín, planeaban y tomaban decisiones respecto a la conmemoración de la fundación de Santa Catarina para cada 20 de noviembre. Arturo Benavides, hombre de libros y caballos sugirió que sería bueno reunir a un grupo de santacatarinenses preocupados y sabedores de su historia. Marín, Eusebio y Pepe Candia recibieron con beneplácito la propuesta para que un servidor se reuniera con ellos cada martes.

Regresé a la historia de Santa Catarina en enero de 2000. Pronto al grupo se sumaron Pedro Rodríguez, Librado y José Luis García, el ingeniero Eleazar García. Todos alrededor de una mesa que lo mismo servía para desempolvar papeles y memorias pasadas. Ahí cenábamos lo que Arturo y Chebo nos hacían. De pronto don Marín presumió que su señora era una experta en usos y costumbres propios de la cocina. Los García no se quedaron atrás y el único que no tenía mucho que ofrecer era yo. A algunos de ellos, sus esposas les preparaba la comida y otros se atrevían a experimentar en un fogón. Yo no sabía cocinar por lo que doña Elia Ordóñez de Torres prácticamente me adoptó como parte de su familia. Desde entonces el grupo quedó unido por la historia y por las relaciones familiares. A ellos les debo la publicación del libro de Santa Teresa de las Higueras y de cerca de diez o 15 trabajos de investigación. El grupo se fue fragmentando pues Librado y José Luis ya no asistieron, ambos fueron llamados a la casa de Dios Padre. Llegaron otros y se hizo el grupo de los Martes, como cariñosamente nos reconocíamos.

Todos en torno de don Marín. El llevaba el calendario con las fechas a seguir de las cenas, el ponía orden cuando se hacía necesario. Muchos vimos en él la figura paterna que corregía y apoyaba. Sobrio, elegante, con el don de contar historias, excelente anfitrión, pero mejor amigo como ninguno. Había nacido en Santa Catarina en 1934, en el seno de una familia de campo venida de El Pajonal y de Arteaga, Coahuila. Con esfuerzos estudió contabilidad y se hizo gerente de créditos y cobranzas en una de las empresas más emblemáticas de Monterrey. Se casó con una joven de Nuevo Laredo, pero que tenía sus raíces en Santa Catarina, como lo son los Ordóñez y los Garza. Padre de cuatro hijos a quienes inculcó el sentido del deber y el sacrificio. Preocupado por el linaje familiar: si su padre era Marín, el se llamaba Marín, entonces a un hijo y a un nieto le llamó igual. Se mostraba siempre orgulloso de ser el segundo de los Marín o como el mismo se jactaba de ser Marín “chico”.

Siempre me preguntaba como siendo de cuna tan humilde, pudo estudiar y sobresalir en la vida, formando una sólida familia con una gran compañera. Todo esto se debía a su buena estrella y a su inteligencia. Bueno para el beisbol, deporte que jugó, practicó y apoyó. De ser un alto ejecutivo, se olvidó de la oficina y del traje para construir un día y luego limpiar un fosa séptica en la escuela Edelmiro Rangel. No faltaba a reuniones y comités que tenían que ver con el bien de Santa Catarina, lugar del cual se sentía orgulloso y comprometido. Ávido lector que gustaba platicar de lo leído y de lo aprendido y todavía se daba el lujo de criticar y reconstruir para bien lo que llegaba a sus ojos.

Muchos de nosotros nos hicimos parte de la familia de don Marín. La finca de los Horcones era nuestra, lo mismo para retiros espirituales como para fiestas y reuniones sociales. Un ser humano de gran corazón que solidariamente apoyaba a quien lo necesitara. El grupo de don Marín dejó de reunirse en los Horcones después de la crecida del río Santa Catarina en julio de 2010. Esto nos obligó a peregrinar y buscar cobijo para continuar con la tradición de las cenas. Otra vez nos brindó la calidez de su hogar. Lamentablemente una caída le advirtió su condición de mortal y gradualmente su salud se menguó. No así su ánimo y su generosa hospitalidad.

Al grupo se sumaron otros. Las cosas cambiaron. Yo ya no pudo asistir debido a la imposibilidad de pagar las cenas. Más no obstante, la camaradería y el compañerismo de los nuevos miembros, fortalecían las relaciones y especialmente la salud de don Marín. Este lunes 22 cedió su espíritu al creador y hoy 24, regresó a la madre Tierra que lo vio nacer, crecer, vivir y ser feliz. Yo pierdo un benefactor, un guía, amigo y compañero. A él debo mi regreso a la historia de Santa Catarina y ahora que vienen los cambios administrativos en los municipios, puede ser que oficialmente no se me reconozca el nombramiento de cronista. Ese cargo que Gabriel Navarro ya no quiso apoyar. Ciertamente reconozco: el actual nombramiento que poseo desde el 2007 se lo debo a Chebo y Pedro Rodríguez, a Pepe Candia, Arturo Benavides, Librado, José Luis y Eleazar García. Mi primer nombramiento, el de 1987 se lo debo al médico Pepe Páez, Rodolfo Páez y Pepe Flores Pineda. Por eso quiero reconocer públicamente y en especial a don Marín que me hizo reconocer mis raíces y mi historia en Santa Catarina. Lugar de mis ancestros en donde mi madre espera la resurrección de los muertos y por ser el lugar en donde está mi ombligo enterrado. Por eso Santa Catarina es mi tierra, porque ahora también guarda a don Marín hasta la segunda venida del Resucitado que nos mostró la vida eterna.

Marín, espéranos, al rato te caemos.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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