Hemos escuchado en numerosas ocasiones que México vive una transición democrática, después de estar gobernados por sistema de partido único a través de 71 años, a los que siguieron dos sexenios gobernados por panistas y ahora con el virtual regreso del PRI a la presidencia de la república. Indudablemente, México está en una situación a la que una vez definió el escritor peruano Mario Vargas Llosa como “la dictadura perfecta”.

Desde 1982 el sistema político mexicano vio la necesidad de crear un ambiente el cual solicitaba paulatinamente la participación de todos los agentes políticos de nuestra sociedad a través de unas elecciones organizadas por un instituto conformado por representantes de la sociedad civil, los partidos y de los tres poderes.

Teníamos elecciones organizadas por una dependencia de la Secretaría de Gobernación y pocos ciudadanos tenían una actitud por hacer válido ese derecho a la libre elección de nuestros gobernantes, ya que se pensaba recurrentemente que al ser el gobierno juez y parte de los procesos electorales, los dados venían cargados a favor del partido en el poder. Y lo malo es que aún se tiene esa creencia. A mi juicio, esa es la raíz del abstencionismo

Las cosas gradualmente cambiaron; un nuevo proyecto democrático se nos presentó a los mexicanos. Pasamos a un régimen democrático que la opinión pública y diversos organismos internacionales vieron con buenos ojos en un principio. Supuestamente México es ya un país con vocación democrática. Aparentemente eso se ha logrado desde la fundación del Instituto Federal Electoral. Entonces yo me cuestiono, ¿qué significado y sentido tiene la democracia en la composición y estructuración de la vida política y social de un pueblo?

Literalmente democracia significa el poder del pueblo. Fueron los griegos en la antigüedad los que concedieron especial importancia en la participación de los ciudadanos en el quehacer público. Como se advierte, el significado perdura a través del tiempo.

La democracia de acuerdo a los principios de la doctrina social de la Iglesia, es la acción civil de los ciudadanos para elegir a sus gobernantes, para que éstos los guíen y lleven en la consecución del bien común. Esto supone de una adecuada formación de valores cívicos que nos aseguren y nos inviten a participar en las cosas públicas. En esa perspectiva, este sería el sentido de la democracia. Participamos en la vida pública, haciendo válidos y prácticos nuestros nuestros derechos y obligaciones con responsabilidad y fiel testimonio humano.

Tanto en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” como a través del Magisterio Social de la Iglesia y las diversas teorías políticas y filosóficas, refieren que una genuina vida democrática exige una adecuada actitud hacia los asuntos públicos. Como el mensaje cristiano está hecho para todos los hombres de buena voluntad, los principios de la doctrina social de la Iglesia son una eficaz pedagogía participativa y colaborativa en el quehacer que a todos nos corresponde para conformar una comunidad de hermanos, preocupada en los asuntos de interés público y en la elección de nuestros gobernantes que coadyuvan bajo el amparo de la autoridad divina y en la acción política que se verifica en los proyectos sociales. Recuerden que la voluntad del pueblo, es la voluntad de Dios.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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