Dr. Antonio Guerrero AguilarEn los panteones de Nuevo León encontramos nichos o bóvedas en dónde se colocaron uno o más cadáveres. Generalmente en los pueblos situados al píe de la Sierra Madre, se hicieron monumentos mortuorios con cantera o sillar. Este material tan característico en nuestras construcciones civiles y religiosas, está constituido con carbonatos de cal sedimentario. Su color es amarillo tenue, muy bueno para las zonas desérticas, pero es permeable al agua y se erosiona fácilmente con el viento. Al pasar los años se reblandece, por lo que las partículas se disgregan y se desmoronan. Mientras que en los cementerios ubicados en las llanuras semidesérticas, sus moradores edificaron sepulturas con la llamada piedra de rostro, que es una materia prima, un tipo de piedra que abunda en el subsuelo en forma de cubos y de gran tamaño.


Mientras que en los municipios cercanos a la Ciudad de Monterrey, como Guadalupe, San Nicolás, San Pedro Garza García, Santa Catarina y Villa de García, utilizaron el mármol blanco extraído de la Sierra de las Mitras o el mármol de color oscuro procedente del cerro del Topo Chico para hacer lápidas o monumentos mortuorios.

Los ataúdes dónde enterraban a los difuntos eran de madera de pino, encino, cómo también de plomo o de zinc. Los médicos reineros del siglo XIX preparaban a los cadáveres con una amalgama química consistente en sulfato simple de alúmina, cloruro de zinc, arsénico blanco, acetato de alúmina y de otras substancias adecuadas. Lo aplicaban en regulares porciones de la siguiente manera: abrían una de las carótidas e introducían la jeringa que descargaba entre diez o doce libras del líquido ya descrito.

Si se quería mantener al cadáver por más tiempo, se le abría el tórax y el abdomen, le retiraban los órganos vitales, lo colocaban en un ataúd de plomo o de zinc, lo cubrían con una sábana empapada con la misma fórmula química y luego de ponían piedras de cal viva para conservarlo seco.

Como el tratamiento era muy costoso, solamente se lo aplicaban a personas distinguidas o con suficientes recursos económicos. Si el cadáver había muerto por algún golpe o herida, se le disecaba la parte dónde había sufrido el daño. Luego lo dejaban pasar veinticuatro horas para inhumarlo de acuerdo a las leyes civiles.

La velación de los cadáveres tenía que realizarse en habitaciones interiores, ocultándolo con cortinas o biombos negros. Acomodaban el ataúd viendo hacia la puerta principal con dos veladoras o cirios en los extremos. Debajo colocaban ajo y vinagre para evitar el mal olor y dibujaban una cruz con cal. Durante la vigilia se rezaba el rosario y pedían por la salvación del alma del difunto. Mientras que en el novenario, se continuaba el rezo del rosario y se instalaba un vaso con agua, porque se decía que el trayecto hacia el Purgatorio, el difunto tenía sed por el cansancio y necesitaba beber agua. Por cada día que pasaba, acortaban la cruz de cal. Cuando se terminaba el novenario, echaban la cal en el vaso con agua y se llevaba a la tumba del difunto. Así mismo, se hacía un triduo de misas en honor al descanso eterno del alma del que había perecido. Como se advierte, no se hacían los velorios en las capillas de velación, todo se hacía en la casa y luego se llevaba al difunto para los responsos o misas de cuerpo presente.

Las inhumaciones a principios del siglo XX tenían que verificarse en un horario establecido de seis de la mañana hasta las 18 horas. En casos urgentes, sólo se permitía el entierro cuando el alcalde primero de cada Ayuntamiento lo aceptaba para que se realizara fuera del tiempo señalado. Estaba prohibida la inhumación antes de las veinticuatro horas, pero también se cuidaba que no pasaran más de treinta horas.

Una vez cerrado herméticamente el ataúd, sólo permitían su apertura en el cementerio en presencia de una autoridad civil o del sepulturero. En tiempos de epidemia no se llevaba el cuerpo al templo parroquial ni se abría el féretro por razones de salubridad.

El cortejo fúnebre tenía que ser presidido obligatoriamente por carrozas negras, adornadas con listones y mantas negras, tiradas de un corcel de color azabache. No se permitía el uso de otro tipo de vehículos para el traslado de los difuntos.

Así, la peregrinación trascurría lentamente mientras los dolientes caminaban detrás hasta llegar al panteón. Si el difunto vivía cerca del camposanto lo llevaban en hombros. Y cuando estaba obscureciendo se alumbraban con antorchas.

Entretanto, en las casas se vivía con luto la muerte del ser querido. Los dolientes hacían un compromiso de no asistir a reuniones festivas e iniciaban un periodo de luto que comprendía doce meses completos. Se tapaban los espejos, se evitaban los lujos y demás superficialidades. La mujer debía vestir de negro y usar un rebozo o algo para cubrirse la cabeza. Además se instalaba un moño o crespón negro que se instalaba en la puerta principal de la casas. Para todo predominaba el color negro.

La costumbre de usar el color negro para expresar luto o duelo, proviene de un edicto de la Reina Isabel la Católica, quien dispuso que a la muerte de su hijo Juan, todos los reinos de Castilla, Granada y León, además de sus colonia ultramarinas, vistieran con el color negro en lugar del habitual color blanco. Desde el siglo XV expresamos el luto con símbolos negros.

Mientras que en los montes y en las rancherías, dicen que los únicos que presienten la muerte son los perros, lobos, coyotes y zorras. Ellos aúllan cuando alguien muere. En cambio, nosotros actuamos después de su llegada.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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