Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño VillarrealEn plena inmersión en el siglo XXI, sigue estancada la crónica nuevoleonesa, sobre todo la realizada por los cronistas oficiales, en la visión monográfica y de interés histórico, brillando por su ausencia otras manifestaciones como la crónica urbana y la política, tomada de vez en cuando por algunos reporteros y casi siempre obedeciendo órdenes del jefe de redacción de los periódicos.

A más de un cuarto de siglo del nombramiento de los cronistas oficiales, de la creación de la Asociación Estatal de Cronistas y de otras organizaciones similares, es urgente replantear la labor del cronista, de repensar la crónica, de tener alteza de miras y presentar alternativas visionarias para subsanar estas ausencias y solidificar las bases con vistas a cronicar la cotidianeidad, el presente y otear el futuro.

Un oasis en este páramo es la aparición del libro Escobedo, N. L. La Historia del Partido Independientecuya autoría es signada por la pluma de Rafael Olivares Gallegos, editado en el año 2012, por el Centro de Información de Historia Regional de la Universidad Autónoma de Nuevo León, bajo el rubro de Ediciones de la Hacienda San Pedro, en la seria Ancla del Tiempo.

Rafael Olivares Gallegos es un magnífico escritor, sobresaliente en el rescate de leyendas, las cuales recopila de personas mayores, hace exhaustiva investigación y les da un comedido y fino trato literario, no es aquel recogedor de entrevistas y testimonios orales cuyos textos son impresos “en greña”, que si bien tienen un valor, no son ágiles, ni placenteros para la lectura.

Las artes plásticas no les son ajenas y hemos visto su obra plasmada en esculturas, dibujos y pinturas, pero ahora nos sorprende en su incursión a la crónica política y lo hace con tino, comedimiento, con párrafos escritos donde abunda la pasión, desentraña la lucha de los escobedenses por la democracia, en contra del autoritarismo de la élite dirigente del otrora poderoso Partido Revolucionario Institucional, apuntalado desde las altas esferas del poder estatal.

Al despuntar el año de 1960, según el Censo General de Población, General Escobedo, N. L. era una comunidad rural de apenas un millar de habitantes, una década después, la gran sorpresa censal en nuestro país la dio este municipio al aumentar el mil por ciento su votación y llegar a diez mil habitantes, pero su entorno seguía siendo rural, bucólico, donde ya despuntaban las colonias Celestino Gasca, Las Encinas, Los Elizondo, amalgamadas con la casi heroica y épica exhacienda de El Canadá, cuya denominación oficial era la de Ejido San Nicolás o colonia ejidal Lázaro Cárdenas y con los asentados a las orillas del río Pesquería, denominados por la prensa local como posesionarios.

La cabecera municipal era una designación rimbombante para aquel conjunto de casucas apeñuscadas, cuya cortedad en superficie era apabullada por las grandes áreas de los terratenientes provenientes de familias con apellidos de prosapia pueblerina, linaje forjado por el esfuerzo tenaz y el trabajo diario de sus ancestros.

En el texto lo señala Olivares: “En aquellos años, todavía se imponía el abolengo de las familias descendientes de los fundadores, terratenientes, antiguos avecinados de la cabecera municipal; fuera de esa estirpe, el vecino común y corriente no tenía nada a qué aspirar”

Comenta Rafael: “a los lados de las calles se veían terrenos llenos de maleza, casas de adobe o de block, sin acabados, techos de lámina o de cartón y algunas viviendas construidas con desechos de madera y láminas usadas. Éramos todos, vecinos de origen humilde, nuestras casas, eran apenas un intento por tener un lugar propio bajo el sol; y mientras nuestros padres luchaban por pagar un lote, por construir un techo, los jóvenes soñábamos con un título o un trabajo que en el futuro nos asegurara el pan nuestro de cada día”.

Pero los “advenedizos”, como eran llamados, siguieron llegando y pronto participaron en las actividades políticas de la población. La política en Gral. Escobedo, N. L. siempre había seguido los cauces “legales” y las decisiones electorales no presentaban mayores problemas, más que el acomodo de uno que otro regidor en la planilla del invencible partido, sobre todo, para tener cierta influencia en el arreglo de algunos asuntos, o darse “el caché”, el sentirse importante, pues no cobraban sueldos.

Pero, hete aquí, que al plantearse el relevo de la autoridad municipal y con vistas al periodo 1974-1976, la maquinaria oficial se topó con un joven treintañero llamado Andrés Hugo Villarreal Alonso, quien había sido secretario, segundo regidor del ayuntamiento y avalado por una buena cantidad de seguidores fue registrado como candidato el 14 de octubre de 1973, denominándolo el “auténtico candidato del pueblo”, en contraposición del señalado candidato oficial el doctor Jesús Sergio Elizondo Chapa, ungido como tal, haciendo a un lado las manifestaciones populares a favor de Hugo.

La indignación del pueblo escobedense fue de tal magnitud que se tradujo en manifestaciones, mítines, pintas, pegas, volanteo, boteo y otras acciones, pero, lo más importante fue la constitución del Partido Independiente, cuyo logotipo era un círculo naranja con una “i” latina mayúscula al centro, sobre la imagen de la República Mexicana en color gris.

La campaña fue grandiosa en hechos épicos, algunos chuscos, otros mostraron la fuerza del régimen al ser golpeados y encarcelados integrantes del Partido Independiente, comenta Olivares: “sabíamos que estábamos desafiando a los dueños del Poder, tanto político, como gubernamental; aquellos que han hecho de la política una bolsa de trabajo para vivir pegados al presupuesto saltando de puesto en puesto y de municipio en municipio, acomodando solamente a sus recomendados”.

En fin, el candidato oficial fue “electo” burlando al pueblo, amenazando a los independientes, vejándolos, no dejándolos votar en su cochinero electoral. El autor recoge los nombres y testimonios de los participantes, también la máxima expresión oral de nuestro pueblo en forma de corridos, himnos y poesías que le dieron coherencia, sentido, fervor popular, pasión, emoción y sentimiento político. Narra con estrujantes palabras la caravana de los escobedenses por la democracia a la Ciudad de México, con todas sus vicisitudes, destacando el apoyo de algunos buenos gobernadores y alcaldes a su paso por el territorio por ellos gobernado, también la frialdad y poca sensibilidad de otros.

El resultado de aquella heroica resistencia fue contrario a la expresión de un pueblo que luchaba por sus derechos, por sus libertades. La imposición se consumó y la resistencia del Partido Independiente y sus integrantes se fue diluyendo con el tiempo, pero con este testimonio de Rafael Olivares Gallegos quedará registrado para siempre.

Hoy los tiempos políticos son otros, las componendas y chanchullos electorales se han perfeccionado con las nuevas tecnologías digitales, pero los favoritos de los gobernadores, los políticos chapulines y tipos de la peor calaña, siguen abordando la nave política para medrar a sus anchas de los presupuestos gubernamentales, sin embargo, el panorama parece aclararse con la radiante participación de una juventud más interesada en los asuntos ciudadanos.

El libro Escobedo, N. L. La historia del Partido Independiente, es el rescate de un episodio singular de la lucha del pueblo y Rafael Olivares Gallegos se ha inscrito con merecimientos en la crónica política y esperamos de él, más trabajos en el amplio espectro de la crónica nuevoleonesa.



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