Lic. Héctor Mario Treviño VillarrealDespués de los infortunados sucesos de Baján, la semilla de la insurgencia no desapareció del todo, los brotes de inconformidad continuaron en diversas regiones en años posteriores, particularmente en el Real de Minas de Vallecillo, donde José Herrera, emisario de Bernardo Gutiérrez de Lara, famoso por su campaña en Texas, después de su incursión sobre Monterrey el 3 de julio de 1813, y ser derrotado en Salinas, no desmayó en su empresa y continuó levantando gente por donde quiera que iba pasando, gran parte de su contingente estaba formado por indios de las naciones ayaguas y garzas del Vallecillo.1

El día 26 de julio entró a ese Real de Minas, después de vencer la resistencia de la guarnición que había en el pueblo. Prisioneros los defensores de la plaza, se creyó que inmediatamente serían pasados por las armas, puesto que las autoridades estaban fusilando a todos los insurgentes aprehendidos. Sin embargo, Herrera les perdonó la vida. Entre los prisioneros se encontraba el capitán Mendiola al cual sorprendieron en su propia casa, con él y los demás, partieron a las afueras de Vallecillo, tomando rumbo desconocido. Con objeto de perseguirlos, el jefe Perea, subordinado y fiel a Joaquín Arredondo y Mioño, capitán general, dispuso que marcharan de 130 a 140 hombres, advirtiendo a la vez al teniente coronel Felipe de la Garza, que debía detenerse, a fin de que lo reforzaran las tropas mandadas de Monterrey, y con todas ellas hacer una batida contra los independentistas.

Según el historiador José Eleuterio González “se pusieron sobre las armas 120 soldados veteranos en dos divisiones siendo una al mando de los beneméritos tenientes Montañez y Vivero, y la otra al del acreditado militar teniente Ventura Ramón, teniendo ambas de capellán al P. Penilla, que de su voluntad solicitó hacer este servicio, y de agregados voluntarios a los señores Santiago Vedía y Mariano Ibarra.”2

Se tenía conciencia por parte del gobierno colonial que en la Chorreada, por la sierra de Picachos, se concentraban los principales cabecillas indígenas. Sin embargo, no fue fácil localizar el sitio preciso, pues la rapidez de movilización, y en conocimiento que tenían del lugar los insurrectos, dificultaba el sofocarlos o sorprenderlos. Para ello se inició un minucioso sondeo en las prisiones y cuarteles, se interrogaron y torturaron gran cantidad de reos, en busca de datos concretos de ubicación o de posibles reuniones.

En la documentación oficial se especifican claramente ataques, saqueos, muertes, sedicciones realizadas por infidentes insurrectos, diferenciándola de los delitos de orden común cometidos por los habitantes y por los salvajes bárbaros (indios nómadas). Esto para castigos ejemplares, a fin de retomar las riendas en el Nuevo Reino de León, y volver a la tranquilidad y sosiego que permitiese de nuevo laborar y seguir con la explotación colonial.

A los detenidos se les juzgaba y generalmente se les condenaba a muerte, siendo antes azotados en plazas públicas, para luego ser fusilados y colgados en lugares visibles, para escarmentar a todo aquel que tuviese la intención de seguir las conductas insurrectas no sin antes entrevistarse con un ministro de la iglesia para la acostumbrada confesión y arrepentimiento, encontrándose que cuando menos en el norte, la mayoría no tenían ni la menor idea del dogma religiosa, esto en el caso de los indígenas y algunos mestizos.

Fortificados los insurgentes de la Chorreada, un lugar de la sierra de Picachos, hicieron resistencia a las tropas realistas que iban atacarlos, mandadas por el teniente Ramón. La acción tuvo lugar el día dos y fue otra vez de desastrosas consecuencias para la causa de la libertad. Los independientes, altos de armas y demás elementos de guerra, y con pocos conocimientos militares, fueron derrotados, refugiándose dispersos en lo más escabroso de aquellas sierras, dejando en poder del enemigo algunos muertos, muchas cabalgaduras y varias armas de fuego.

Herrera y gran cantidad de indios ayaguas y garzas, se vieron obligados a replegarse sobre Cerralvo y de allí rumbo a Mier, Camargo y otros puntos de Tamaulipas. El triunfo de la Chorreada fue celebrado en Monterrey con repiques a vuelo y salvas de cañón, así como con las solemnes y acostumbradas misas de gracias.”3

Referencias

  1. ROEL, Santiago. Nuevo León, Apuntes Históricos. Monterrey, N.L. Impresora Bachiller, S.A. 1985 p.98. Cfr. TREVIÑO VILLARREAL, Mario. San Carlos del Vallecillo, Real de Minas 1766-1821. Monterrey, N. L. AGENL. 1987 p. 38 (Cuadernos del Archivo N° 15).
  2. GONZÁLEZ, José Eleuterio. Noticias y Documentos para la Historia del Estado de Nuevo León. Monterrey, N.L. Imp. Universitaria del Departamento de Difusión de la U.A.N.L. 1975. p.295.
  3. ROEL, Santiago. Op. Cit. p.106.


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