Aspirar a regir los destinos de la ciudad o Estado donde se vive, es una de las metas de quienes se mueven en el campo de la política, algunos lo hacen para satisfacer sus ambiciones en ese campo, otros -pensemos que la mayoría- se sienten atraídos por el afán genuino de servir a la comunidad y los menos para dar rienda suelta a sus impulsos de poder.

La presidencia municipal de Monterrey ha sido una de las piezas más codiciada, más deseada, por los cazadores políticos de la localidad, porque la capital nuevoleonesa es la ciudad más importante en esta supercentralizada entidad federativa, además, el alcalde es la figura política que sigue en orden de importancia al Gobernador, aun en estos tiempos donde teóricamente el poder legislativo tiene más relieve que el ejecutivo.

A través de la historia, nuestra ciudad ha tenido alcaldes cuya actuación va desde la excelencia hasta las calificadas como pésimas, basta escudriñar en archivos y hemerotecas para tener idea de los frutos de cada administración municipal, aunque a fuer de ser injustos, por ningún motivo debemos olvidar los condicionantes de la época como las circunstancias políticas y las crisis económicas.

Ahora bien, dentro de la amplia gama de políticos que han gobernado la ciudad, sobresalen aquellos cuyo ascenso al podio municipal estuvo guiado por el afán de servicio, sin escatimar esfuerzos, cuya misión era luchar por un Monterrey mejor, libre de compromisos partidarios y sin condicionamientos de ningún tipo; tal visión de las cosas nos indica que los buenos deseos en múltiples ocasiones chocan con los torcidos vericuetos de la política, donde la ambición de poder y dinero contaminan el noble arte de gobernar.

Tal es el caso del Dr. Nicandro L. Tamez, hombre sencillo y honesto, quien encabezó el ayuntamiento regiomontano del 29 de mayo al 11 de agosto de 1925, después de haber sido Diputado Local en la XL Legislatura (1923-1925) y ocupar interinamente la gubernatura por unos días; al dejar la alcaldía, también se retiró de la política, dio a conocer los motivos de esa decisión a los representantes de la prensa, quienes calificaron el hecho como su "testamento político", donde dejó asentado sus grandes triunfos, sus amargas derrotas, los escollos en su camino que lo obligaron a torcer la línea recta, según afirmaron sus malquerientes, así como sus temores para el futuro de la ciudad y su herencia política.

Tamez originario de Villa Mainero, Tamps. desde muy pequeño se radicó con su familia en Monterrey, estudió en el Colegio Civil y en la Escuela de Medicina, ligado siempre a su alma mater mediante la cátedra, al ocupar la presidencia municipal, era también director del Colegio Civil; se interesó por la política al ver el divisionismo imperante entre las facciones herederas de la triunfante revolución mexicana, cuyo reacomodo produjo la inestabilidad de los gobiernos estatal y municipal en la década de los 20"s.

Al salir de la sesión del cabildo, después de la entrega del cargo, Tamez enfadado, confesó haber llegado al límite del nerviosismo una noche antes, al soñar con caballos alados atravesando el espacio, además de una serie de figuras fantásticas y estrambóticas; desde el punto de vista profesional, su agenda médica había descendido a cero, de 60 pacientes por atender, en los últimos días no consultó a ninguno, por tanto su economía no era boyante.

Luego dio paso a su desahogo: "Yo estudié para médico, esa es mi profesión, entré a la política con el deseo de hacer algo en bien de mi Estado, me retiro con la convicción de haber puesto todas mis energías al servicio de la colectividad... quien ve los toros desde la barrera, nunca llegará a comprender lo difícil que es en la actualidad el cargo de alcalde, la nivelación de los presupuestos es una obra de romanos, las reducciones que se pueden hacer, son de tan poco efecto, que nada remedian, solo había una salvación: el de hacer producir mayor rendimiento a los ramos municipales".

Tamez habló claro sobre el mayor lastre acarreado por la presidencia municipal: individuos holgazanes, quienes absorbían el presupuesto, amparados por recomendaciones y acotó que cuando el municipio se desligara de partidarismos políticos y ocupara para el desempeño de sus puestos a hombres verdaderamente útiles, las cosas caminarían en forma distinta.

En su breve período al frente de la comuna regiomontana llegó a la conclusión de que una administración manejada con honradez y libre de compromisos, podía nivelar el presupuesto y aun rebajar las contribuciones, cuyo peso era oneroso, causando un contingente enorme de morosos, entre los que se encontraban figuras de reconocida honorabilidad.

A pesar de las piedritas en el camino, Tamez aseguró no estar decepcionado de la administración, porque los empleados lo trataron con distinción y de la política: "para ser un decepcionado de ella, sería haber tenido la creencia de que en la política los procedimientos son honrados y legales. Los escollos los considero una cosa normal y humana, pues todo el mundo tiene derecho a defender sus intereses y es en esta lucha de defensa y de encontrados intereses, donde están los escollos de la política".

Tales inconvenientes no lo obligaron a torcer su línea de conducta y su desempeño dejó grata impresión, con "el pleno convencimiento de que si no hubo competencia, si hubo honradez y una voluntad muy grande e incontrastable de servir con desinterés a mi pueblo"; agregó: "Dejo como herencia a mi sucesor Manuel Chapa González un enfermo en estado agónico, pero estoy convencido que con sus cuidados, con su honradez, con su gran voluntad y con el valioso contingente de todo el personal que sabrá escoger para que lo ayude, salvará a ese enfermo, aunque su convalecencia sea muy larga y peligrosa". Quien lo sucedió, agravó más al enfermo y terminó en la cárcel acusado de malversación de fondos y otros delitos.

Un sentimiento de amargura quedó en Tamez después de incursionar en la política, su breve paso por la alcaldía, le hizo comprender la mezquindad y malicia de los eternos vividores del presupuesto; chocó con quienes hacían negocios con los fondos públicos, también con los concesionarios monopolistas en los ramos de la carne, leche y alcohol.

En fin, la corrupción en todo su esplendor, ¡Pobre Monterrey!, no se merecía, ni se merece esa suerte, años y años de soportar saqueos, raterías, peculados, despojos de bienes inmuebles y a tanto pillo que ha medrado a su antojo. ¿Llegará el día en que podamos afirmar que nuestra ciudad está libre de tanta barbarie político-administrativa?


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