Pablo Garza GarzaNunca supe cuando llegó, ni de dónde vino. Yo abría mi puerta por las mañanas cuando ella apareció. Iba y venía, de vez en cuando llevando algo en sus manos, iba y venía.

Empecé a observarla detenidamente pero no podía ubicarla. De vez en cuando platicaba con algunos transeúntes, pero yo no podía escuchar su voz, ni lo que decía.

Yo seguía abriendo mi puerta en las mañanas, para verla pasar, iba y venía.

Su caminar era como el ondear de la bandera, suave y lento, así día tras día.

Yo no conocía ni su mirada ni su voz, mientras yo seguía abriendo mi puerta para verla pasar.

En cierta ocasión tuve un abrumador pensamiento, entró en mí la certeza de que en su vientre se gestaba un niño y que ella estaba feliz por eso.

El tiempo pasó y ella desapareció, ya no volvió ni por el pasillo, ni por la calle. Yo me olvide de ella casi totalmente.

Cierto día al anochecer, me encaminé hacia la plaza agobiado por los pensamientos del trabajo diario. En el cielo la luna brillaba con su mágica luz plateada, en la plaza se paseaba el silencio al arrullo de los grillos.

Por distraerme en algo y no tener más pensamientos cruce la calle y me ubiqué en los ventanales de una casona frente a la plaza que es un estudio fotográfico. Empecé a observar las fotografías ahí puestas, y cuál sería mi gran sorpresa. Ahí estaba ella en un gran retrato en atuendos de boda con una fascinante mirada de ojos negros y una sutil sonrisa, se veía feliz, muy feliz, ahí estaba ella con su novio.

Después yo seguía yendo al aparador para verla en secreto y en solitario, me embelesaba observando, era bella y hermosa.

Hasta que un día el retrato fue retirado, jamás supe su nombre, ni de dónde vino, ni a donde fue con su cabellera oscura.

Luego caminé calle abajo por el callejón para perderme en las sombras.


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