A través de la historia, la muerte se a convertido en un símbolo emblemático que ha causado temor, incertidumbre y en algunas ocasiones admiración en los seres humanos y al ser declarado por la UNESCO como fiesta mexicana, se ha extendido a otros países como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Así las cosas, en esta fecha por tradición y amor a sus seres queridos, el mexicano los recuerda por algún hecho relevante, llevándole serenata al panteón, también flores, su manjar favorito, o comentando la anécdota graciosa, etc., y de paso, le dedica una rima chusca a como salga a sus amigos, el detalle es caricaturizar su forma de ser, decirles de alguna forma que están presentes en tu pensamiento, como ésta en honor a los Asociación de Escritores de Sabinas Hidalgo y Bohemios de la Academia, agrupaciones totalmente diferentes cuya similitud está nada más, en la sede de ambas y de ser amigos mios, y ellos entre sí.

De tanto leer, beber y comer,
los nuestros y de otros lares.
Fallecieron sin trascender,
Bohemios, escritores y similares.

Le comento anonadado,
no dejaron una tortilla
con el guiso de venado,
quedó la Academia vacía.

Además sin abandonar el festejo, la felicidad por el reencuentro con familiares lejanos, compañeros de la escuela y demás, los que estamos en el umbral del arco donde dice: “Postrados aquí, la eternidad empieza y polvo es tu mundanal grandeza”. nos coloca en la realidad y al instante a evaluar el camino recorrido; a colocar en una balanza los aciertos y los errores porque la perfección no existe.

A escribir mentalmente tu autobiografía, los hermosos pasajes de la niñez, con sus múltiples juegos o, la filantropía precoz de otros, en mi caso: Mario Salazar Viejo Q.E.P.D., que sin solicitarle nada, puso en mi manos sus libros a los 13 años; cómo olvidar la bondadosa complicidad con el tío “Lupe” que nos llevaba a los primos y a mi al cine y él, quien acaba de fallecer a sus noventa y muchos bien vividos años, nunca veía las películas porque se la pasaba platicando con las muchachas en la dulcería; el amor platónico de la adolescencia, el trato amable generoso de un abuelo, nada que ver con el otro; o el funcionario antipático, ríspido, ventajoso, miserable ya perdonado, que nada se llevó y muy amargo sabor de boca dejó, el que nunca se dio cuenta que todo lo que sube, baja; lo que empieza termina o, lo que nace muere. Que la muerte es algo inevitable, es un proceso natural.

Todos debemos estar conscientes que tarde o temprano nos enfrentaremos a ella, sin embargo, por miedo evadimos el tema y, si lo tomamos, lo hacemos festivo haciéndole chistes a los vivos, para no tomarla en serio, que no está del todo mal, sin embargo pocas veces la aceptamos como un sueño del que no despertaremos jamás.

O, la vida como una llama que se va extinguiendo poco a poco hasta llegar a cenizas, a la nada, a polvo que se lleva el viento, a una silenciosa quietud que va avanzando sin que nos demos cuenta, a un vacío interminable, a una cadena rota, un objetivo truncado, un ciclo concluido, una meta a la que hay que llegar tarde o temprano; donde puede ser efímero y eterno solamente el recuerdo de los grandes.

Por eso vamos a continuar la tradición mofándonos de la muerte, pero buscando una mejor calidad de vida para todos, tomando en consideración los valores, porque un día partiremos y nuestros hechos quedarán, para orgullo o vergüenza, según el caso, de nuestros hijos o nietos, sin olvidar que las obras positivas heredadas enmarcarán el rumbo que le dimos a la vida y así estaremos presentes en ellos.

Mientras tanto, no hay por que temerle a la muerte, sino esperarla disfrutando la vida en paz y armonía, compartiendo la felicidad, que no es otra cosa que un estado mental, tomando en consideración que: nada cuesta, lo que vale más.

Ramón Ábrego Vázquez
Miembro de la Asociación de Escritores de Sabinas Hidalgo



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