Una vez un historiador connotado de Coahuila sentenció: “Ustedes los de Nuevo León como tienen medallas y todos se ponen de acuerdo para entregarlas en el mes de mayo; todos andan como locos buscándolas para que se las den, mayo es el mes de las corcholatas”. Seguramente se refiere en tono de burla a las medallas que las asociaciones, los municipios, el estado y la federación otorgan a quien las merece o hizo méritos para alcanzarlas. Todas tienen algo en común, son medallas al mérito cívico o ciudadano en diversos rubros donde se han distinguido. En el código de Derecho Canónico, se define al mérito como la relación entre el esfuerzo y la obra. A mi juicio, ya no hay mérito si hay paga de por medio, pues qué mejor premio el de recibir un salario en el cual una persona se realiza como tal y además le pagan por hacerlo. Y más en estos tiempos donde no hay un trabajo y sueldo asegurado.

Los jurados se justifican. La entregan a quienes las merecen; aquellos que realizan una destacada labor sin recibir pago alguno. Pero regularmente en el sistema de selección pesa más esto: se les otorga a quienes le toca. Dice Héctor Jaime Treviño que una medalla es un estímulo para quien la recibe para continuar en la brega de la investigación y publicación de textos sobre historia regional. Ciertamente si consideramos que la presea otorgada regularmente no va acompañada de un premio en especie, digamos de carácter económico que nos permita aliviar momentáneamente las penurias de escasez a las que estamos siempre expuestos. Entonces la medalla es un estímulo más bien moral, de reconocimiento entre los pares. Cuando el actor hollywoodense Gary Grant recibió un Oscar honorario en 1969, en el discurso ante la academia de artes cinematográficas mencionó que verdaderamente era un honor recibirlo, pues los más críticos y acérrimos detractores suelen ser los del mismo gremio. Ahí tenemos como ejemplo al gran actor cómico Germán Valdés Tin Tán que nunca recibió premios y reconocimientos a su carrera en el cine mexicano.

Para Héctor Jaime Treviño Villarreal (merecedor como pocos de casi todos los reconocimientos habidos y por haber), las medallas son para los amigos. Le doy la razón. Quienes deciden la entrega es un grupo o jurado deliberador y si hay uno a quien le caemos mal, de plano la medalla se viene abajo. Pero seguramente Héctor Jaime Treviño se refiere al hecho de que entregar un reconocimiento en primera instancia es un acto de amistad y respeto solidario a quien se hizo acreedor en esa ocasión.

Originalmente las medallas se otorgaban a quienes sobresalían con honor y distinción en el campo de batalla. Les colocaban una insignia, una pieza metálica en forma de moneda, medalla o cruz. En ellas se ponía el nombre de quien la da, quien la recibe y el mérito por la cual se alcanzó. Puede ser un pin, un broche prendido al pecho o colgado al cuello. Hechas de un material vistoso para todos la aprecien y por qué no decirlo, despertar malas pasiones y comentarios como aquel que nunca falta: “¿y qué méritos tiene para que se la den a éste?

Las condecoraciones por méritos adquiridos ante la patria o el imperio, existen desde tiempos remotos. Los egipcios, griegos y romanos ponían ramas de laurel, collares, cintos y medallones, ostensiblemente sobre la cabeza o vestimenta del homenajeado. Los romanos las colocaban en los estandartes de las legiones como una forma de premiar su arrojo y valentía. Los cristianos otorgaban cruces o palmas como una forma de señalar la gloria alcanzada. Ya en la Edad Media, las facultades universitarias imponían símbolos representativos de los grados alcanzados: la banda cruzada, la toga, el birrete, el libro o el anillo. Muchas órdenes militares y ecuestres al servicio de las Cruzadas, también daban nombramientos y condecoraciones.

La falerística es la disciplina que estudia las insignias impuestas por un mérito, premio o labor destacada. Es una rama de la numismática y por lo tanto una ciencia auxiliar de la historia. Hay una disciplina conocida como medallística que se ocupa del estudio, clasificación e inventario de las medallas. Las condecoraciones son elementos o símbolos de distinción entregados a personas o entidades en señal de reconocimiento. Las medallas son distinciones individuales cuya finalidad es premiar los actos meritorios o de valentía, conmemorar acontecimientos determinados o distinguir servicios valiosos o conductas ejemplares. La falerística se ocupa de las condecoraciones y eso incluye a las medallas en tanto funcionen como condecoración, es decir, como la insignia en honor de alguien. Mientras la medallística estudia todas las medallas, que son piezas metálicas ostensibles sin valor monetario independientemente de si son o no condecoraciones.

Durante el mes de mayo, tres instancias civiles hermanadas por la historia, la crónica y la cultura regional entregan medallas a los miembros o ciudadanos distinguidos: la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística entrega desde 1972 la medalla al mérito histórico capitán Alonso de León en tres categorías, ya sea local, nacional o internacional. Los cronistas municipales de Nuevo León otorgan la medalla al mérito de la crónica José P. Saldaña y el colegio de cronistas e historiadores imponen dos preseas: la medalla al mérito de la investigación histórica Israel Cavazos y la medalla al mérito de la promoción cultural Celso Garza Guajardo. Corre el rumor de que como tenemos muchas medallas, el resto de los organismos civiles, municipales, federales y del estado no entregan reconocimientos a los cronistas e historiadores.

Los municipios también las imponen. Regularmente llevan el nombre de alguno de sus fundadores o hijos ilustres: por ejemplo la de Monterrey se llama Diego de Montemayor y es la única que premia con dinero en efectivo, la de Santa Catarina se llama capitán Lucas García y la de San Pedro Garza García en honor a Mónica Rodríguez. El gobierno de Nuevo León impone en diversas categorías la medalla Nuevo León al mérito cívico. Recientemente la fundación FEMSA junto con la Biblioteca Cervantina del Tecnológico de Monterrey instauró un reconocimiento para quienes investigan la genealogía regional. Los intelectuales de otras disciplinas rara vez reciben medallas. A cambio les dan becas, ingresan al sistema nacional de creadores, les consiguen viajes, les publican sus libros con los que luego obtienen premios nacionales de poesía, cuento, ensayo y otras cosas más que vienen acompañados por estímulos económicos. Y con ello más o menos la sobrellevan para continuar con su obra.

En Nuevo León los historiadores y cronistas más condecorados son Israel Cavazos Garza, Jorge Pedraza Salinas, Héctor Jaime Treviño Villarreal, Juan Alanís Tamez y María Luisa Santos Escobedo. Ya desaparecidos Carlos Pérez Maldonado, José P. Saldaña, Aureliano Tapia Méndez y Celso Garza Guajardo. Reconocidos pero que no las buscaban Eugenio del Hoyo, Isidro Vizcaya Canales y Rodrigo Mendirichaga. Y que nunca han aceptado medallas los hermanos Tomás y Xavier Mendirichaga. También hay quien las recibe sin hacer mérito y otros que se dedicaban a impedir que la entreguen. Respecto a la actitud de reconocer, en cuanto que la gratitud es la memoria del corazón, tenemos a don Eugenio Garza Sada quien en su ideario Cuauhtémoc proponía reconocer el mérito en los demás. O Ana María Rabatté con su clásica frase: “en vida hermano, en vida”. Otros debemos continuar trabajando para merecer. Mejor aún, dicen que el mejor reconocimiento es la conciencia de haber cumplido aún y cuando todo se tiene en contra. Tal y como lo observan los jesuitas, trabajar sin esperar nada a cambio y todo para mayor gloria de Dios. Pero la parte humana palpita. Ya pasó el mes de las medallas y al menos no llegaron al pecho o a los bolsillos de un servidor. Pero eso no obsta para proseguir con el testimonio de anunciar la grandeza de nuestra historia y denunciar los males que la destruyen o rebajan. Indudablemente.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de Santa Catarina



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