Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. En las sagradas escrituras están presentes las referencias genealógicas. Por ejemplo en el antiguo testamento encontramos diversos testimonios con datos y nombres. En el libro del Génesis hay algunas: en el capítulo 4, versículos del 1 al 8 nos habla de la descendencia de Adán y Eva a sus hijos Caín y Abel. Luego en Génesis 5, 1-32 desde Adán hasta Noé; la dinastía de Noé (Gen 10,1-32); de Sem (Gen 11,10-26); de Téraj quien fue padre de Abraham (11,27-32); de Najor, hermano de Abraham casado con Milká(Gen 22,20-24); de Abraham con otra esposa llamada Queturá (Gen 25,1-4); de Ismael hijo de Abraham con la egipcia Agar (Gen 25,12-18); de Jacob (Gen 35,23-29); de Esaú (Gen 36,1-43); lista de los descendientes de Jacob que entraron en Egipto (Gen 46,8-27). En otros libros tenemos una lista de los hijos de Leví hecha por Moisés (Num 3,14-39); la petición de Dios para hacer una lista de los jefes de las doce tribus (Números 26; genealogía de David (Ruth 4,18,22); de Esdras (Esdras 7,1-5). Esdras también nos da dos genealogías diversas: con matrimonios con extranjeros y listas de los hijos de Israel en los capítulos 9 y 10. También vemos una genealogía en el primer libro de Crónicas (3, 10-24) a partir de Salomón.

Las referencias y descripciones de índole genealógica tienen la intención de demostrar la humanidad de Cristo. Incluso en dos de los evangelios (en Mateo como en Lucas) se habla de la dinastía de donde viene Jesús. En ambas se tiene al rey David como antepasado común en las dos listas. En Mateo 1, 2-16 aparece la lista desde Abraham hasta la virgen María y en Lucas 3, 23-38 se describe la descendencia de Adán hasta Jesús. Las genealogías presentes en los textos bíblicos se presentan a manera de lista, preferentemente con los nombres de padres e hijos sucesivamente y no encontramos otro lazo familiar entre ellos. Algunos señalan la edad de los padres y de los hijos que engendró o también con una genealogía ramificada en donde se ubican todos los miembros de una gran familia; nombres de personas, pueblos y de tribus. Cada genealogía se nos presenta en un listado, con un esquema descendente. Resaltan los números 10 y 70: se habla de diez patriarcas antes del diluvio y diez después. 70 son los descendientes de Benjamín y 70 los de Judá. Estos números tenían un simbolismo religioso para los hebreos.

El objetivo de los autores sagrados al introducir las listas genealógicas en sus libros, es para llenar vacíos históricos y demostrar la unidad del género humano, destacando el puesto preeminente que ocupa Israel en la historia de la salvación. El pueblo de Israel es el centro de toda la historia de la humanidad; ha heredado la promesa de salvación que se expande desde él a todas las naciones. La historia no se ve como una sucesión de hechos relacionados entre sí, sino como una intervención continua de Dios en el devenir del mundo, concretada en una promesa y en una bendición. La promesa se trasmite a los hombres por la misma trasmisión de la vida. La historia en la Biblia es una cadena de generaciones, de personas que han heredado la bendición divina y se debe conservar y trasmitir a sus descendientes. El primogénito adquiere un valor preponderante; es él el heredero de la promesa y es el vínculo por el que sigue trasmitiéndose la historia. El verbo engendrar es el verbo de la historia religiosa judía.

Para los que siguen la religión judía, como las iglesias cristianas esa tradición es una obligación. Esa promesa se cumple entre los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días quienes se dedican preferentemente a enlazar y hacer cumplir la promesa de salvación para todos los hijos de Dios. Muchas personas a lo largo de la historia han muerto sin recibir el bautismo. Como Dios es misericordioso, ha preparado un medio para que todos reciban las bendiciones del bautismo. Los mormones cuando realizan los bautismos vicarios en beneficio de quienes han muerto, ofrecen estas bendiciones a sus antepasados fallecidos. En la vida venidera, estas personas pueden escoger aceptar o rechazar lo que se ha hecho a su favor.

Para el cristiano como el católico, el bautismo es importante para la salvación en el reino de Dios. Ya desde tiempos apostólicos se hacían bautismos por los muertos (1 Cor 15:29). Esta ordenanza se restauró junto con el establecimiento de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuando su fundador el profeta José Smith enseñó por primera vez acerca de la ordenanza del bautismo por los muertos durante un sermón en un funeral en agosto de 1840. Anunció que el Señor iba a permitir a los miembros de la Iglesia bautizarse a favor de amigos y familiares que habían salido de esta vida. Les dijo: “que el plan de salvación tenía por objeto salvar a todos los que estuvieran dispuestos a obedecer los requisitos de la ley de Dios”.

Por eso los miembros de la Iglesia efectúan bautismos por los muertos en los templos de todo el mundo. El representante vicario sólo usa el nombre del fallecido. Para evitar duplicación de labores, la Iglesia mantiene un registro de las personas muertas que han sido bautizadas.

De acuerdo a la tradición bíblica, hay un libro de la vida en donde Dios lleva un registro de nombres escritos en el cielo. Moisés sabía de la existencia de ese Libro. Cuando intercede por su pueblo que había pecado al entregarse a la idolatría del becerro de oro, le dijo a Dios que lo borrara de ese libro y los perdonara. Los mormones hacen la historia familiar y la obra genealógica como un medio por el cual nuestros familiares que ya murieron y por lo tanto no recibieron el evangelio de Jesucristo, pero lo pueden aceptar y bautizarse. Ellos al igual que los católicos creen en la vida eterna y con la muerte la vida no se acaba. Por ello la obra genealógica es una fortaleza espiritual. En consecuencia hacen los famosos árboles genealógicos y las historias de sus familias.

Con ello cumplen el precepto del profeta Malaquías: nosotros no podremos llegar a recibir la exaltación sin haber hecho las ordenanzas por nuestros antepasados. La obra completa y el sacrificio expiatorio del Señor es una obra vicaria, constituida en el amor por la salvación eterna de todas las almas que en el creen. En la Biblia se llevaban registros para saber el origen de nuestra ascendencia con la intención de que los descendientes sepan de dónde venimos. Malaquías profetizó el regreso de Elías para volver el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres. Para los mormones se cumplió cuando Elías se apareció a Joseph Smith y Oliver Cowdery en el templo de Kirtland el 3 de abril de 1836. Ese poder se hace posible cuando las familias establecen vínculos a través de las generaciones.

La gracia del Señor es un espíritu de amor que llega a toda la familia humana al construir puentes entre las generaciones. Une a los abuelos fallecidos con los nietos que nunca se conocieron al conservar y compartir sus relatos y recuerdos. Una vida que no se documenta quedará en el olvido en el plazo de una o dos generaciones. Saber de nuestros antepasados influye en nosotros y nos inculca valores que dan rumbo y significado a nuestra vida. Es un mandamiento el poder llevar nuestra historia familiar y sobretodo dejarlo como legado a nuestros descendientes.

La investigación genealógica y la historia familiar es importante para la obra llevada en favor de nuestros antepasados fallecidos. En consecuencia buscan los nombres y otros datos genealógicos a fin de poder efectuar las ordenanzas en favor de nuestros antepasados fallecidos. A ellos se les enseña el Evangelio en el mundo de los espíritus y así tienen la opción de aceptar o rechazar la obra que se efectúa en su favor.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de Santa Catarina



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