Las cuatro fábricas pioneras de la industrialización en Nuevo León se asentaron entre Santa Catarina y San Pedro Garza García. Seguramente los inversionistas apoyaron sus proyectos al amparo de suficiente agua como para mover las turbinas y generar la energía necesaria como para mover los telares y los molinos. Había buenas tierras, cercanas a Monterrey y a la vera del camino real a Saltillo. Luego la vía de ferrocarril benefició más a nuestras fábricas para su producción. Esto atrajo la llegada de operarios, técnicos y obreros. Nuestros pueblos crecieron en consecuencia. Y el agua como recurso vital para la vida y el campo ahora propiciaron otro modelo de producción. Ya no era el campo ni la minería.

Nuevo León se iniciaba en el proceso de industrialización. Entonces construyeron un cordón umbilical para llevar el agua. Una acequia con bordes de piedra que salía por el cañón de Santa Catarina, por la banda norte del río atravesaba las tierras de la hacienda de Buentellos. El tramo derramaba el vital líquido en El Blanqueo, seguía su curso para La Fama, La Leona y los molinos Jesús María. De una simple acequia a un acueducto al que llamaron atarjea. En algunos puntos aprovechando el declive del terreno se formaron arcos para tomar altura y dejaban caer el agua para mover unas turbinas. Los tramos gradualmente cedieron, muchos se perdieron y ahora quedan algunos de ellos como testigos del origen de la industrialización en Nuevo León.

¿Y cuál era la extensión de la atarjea o acueducto? La gente de La Fama se refería a la estructura de piedra azul como atarjea, un canal pequeño de mampostería, a nivel del suelo o sobre arcos, que sirve para conducir agua. Un acueducto es un conducto artificial por donde va el agua a lugar determinado, y especialmente el que tiene por objeto abastecer de aguas a una población. La atarjea que conducía el agua hasta la Fama y los molinos Jesús María fueron construidos a partir de la segunda mitad del siglo XIX y luego sirvieron para las fábricas de La Leona y el Blanqueo de la Leona. Este comenzaba a la entrada del cañón de Santa Catarina, atravesaba la hacienda de Buentellos, sus campos de cultivo, unos terrenos de la llamada Capellanía para luego pasar al Blanqueo. Esa estructura de piedra cuando mucho tenía una longitud de unos 10 kilómetros.

José Ramón Tamez Saldívar propuso una longitud de 900 metros para el tramo existente en La Fama. Luego unas personas muy cultas e intelectuales del sector, hicieron las mediciones desde el llamado Baño Verde hasta la calle San Francisco y contaron poco menos de medio kilómetro. Pero a decir verdad, tenía una longitud considerable y prueba de ello es la existencia de unos tramos que afortunadamente todavía se tienen en algunos patios de las colonias Montenegro, Protexa, la Concordia y la Fama. En la parte de San Pedro Garza García los hay en lo que fueron los campos deportivos de Akra, Invista, X Tra, Molisaba y en la colonia Valle del Seminario. Los más conocidos están en terrenos del Museo Industrial El Blanqueo y dentro de la fábrica vieja están los arcos y encima de ellos la atarjea que debemos preservar.

El patrimonio histórico y cultural de un pueblo puede ser tangible como intangible. El primero lo estudia preferentemente la historia, la arqueología, la paleontología, el arte y la arquitectura. Lo intangible son motivos de pensamiento, inspiración y de acción de un pueblo y como no se pueden ver ni tocar; sin embargo ahí están y corren el riesgo de perderse. Estos son estudiados por los antropólogos y lingüistas. Ahora, la arqueología no necesariamente estudia los testimonios de un pasado remoto, sino también de aquello reciente y próximo. En la historia de la cultura ahora se denomina “arqueología industrial” a todos los vestigios que se desarrollaron y construyeron para una actividad productiva. Lamentablemente en Nuevo León solo consideran dignos ejemplos de la arqueología industrial a plantas emblemáticas que surgieron a partir de 1890 como la cervecería y la fundidora y al resto de los vestigios se niegan, quedan susceptibles a la destrucción, al saqueo y al olvido. Las empresas pioneras de la industrialización lo padecen: La Fama, los Molinos Jesús María ahora convertida en la colonia Valle del Seminario, La Leona que desapareció y fragmentó y las instalaciones de El Porvenir en El Cercado que ya sufrieron de un incendio. Para nuestras autoridades culturales pasan desapercibidas y en el caso nuestro de La Fama y de Santa Catarina pueden dar paso a la modernidad: para construir desarrollos inmobiliarios o negocios que pueden dejar mejores rentas.

La fábrica de textiles cedió ante la modernidad en 1950. Ya no se requerían turbinas movidas por agua o por vapor. Los viejos objetos quedaron como testigos silenciosos de los cambios por venir. Lo peor del caso es que ya ni siquiera pasaba el agua por el acueducto. Gracias a los servicios la entubaron evitando que la gente la acarreara en tinas. Quedó el monumento que hablaba de glorias pretéritas. De pronto a unos les estorbaba, otros la usaban para depositar basura, para subirse en ella y hacer lo mismo travesuras que maldades. Otros vieron la posibilidad de ampliar sus propiedades si acaso la destruían. La calle demandaba el espacio y decidieron abrirlas en un lugar que siempre ha batallado por tenerlas. El problema es que sacrificaron al símbolo que hablaba de la grandeza del pasado, del trabajo y de la vida que congregó a un pueblo que se hizo con familias de otros lados. En una de las plazas hicieron el salón de actos de la Sección 49 del sindicato textil y la atarjea dañaba la fachada. Otros argumentaron “los camiones de pasajeros y de cargas batallaban para pasar por sus arcos”. O adecuaban la calle de Juárez o quitaban la atarjea. Es mejor quitar cosas pues la memoria y la identidad no importan. El alcalde Clemente Sánchez dudó y el gobernador Eduardo A. Elizondo le dio el apoyo y los arcos de la atarjea con casi 120 años debieron sacrificarse en beneficio de la comunidad que ahora siente la nostalgia por el tramo perdido del acueducto. ¡Y qué podía hacer la gente si no se puede combatir el poder temporal de quienes nos gobiernan! Y si se equivocan, pues vuelven a mandar.

Curiosamente el trazo de la antigua atarjea fue seguido por la compañía de Agua y Drenaje de Monterrey en la década de 1950, para construir el acueducto hasta una estación de bombeo que está sobre una rotonda situada por el rumbo de la Montenegro y los Treviños. De ahí el agua que viene en un solo ducto se reparte en dos, una para Monterrey y la otra para San Pedro Garza García. Paradójicamente la avenida ahora se llama Acueducto y los remanentes de agua son vertidos al río Santa Catarina a la altura de El Aguacatal. La atarjea fue cubierta por maleza; en algunos puntos sus propietarios la rellenaron o la ocultaron y los más decididos la quitaron. Con ello se fue fragmentando un trozo de historia no solo local sino regional, con implicaciones económicas, sociales y hasta políticas. Algunas partes quedaron en quintas o fincas de descanso. Llegaron los urbanizadores y en lugar de pensar en cómo integrar un bien histórico y cultural a la nueva colonia, pues simplemente la destruyeron. La gente solo se acostumbró a verla en tan solo algunos puntos de la Huasteca, de los Treviños, Montenegro, la Protexa, la Concordia, la Fama y la vieja zona industrial de La Leona.

Gradualmente una obra que tardó en construirse en cuatro años (1850-1854) cedió ante el avance inminente del crecimiento urbano. Alguien dijo cuándo se comparó a nuestra atarjea con el simbólico acueducto de la ciudad de Querétaro con el nuestro: “Si pero allá es Querátaro y el de nosotros no se compara con aquel”. Es cierto, aquel tiene otra estructura, es más antiguo pero la atarjea de las viejas fábricas era de nosotros y bien se podía resguardar para ejemplo de las nuevas generaciones como bien lo han hecho en otras partes. La destrucción de la atarjea comenzó el 1 de noviembre de 1969 en el tramo correspondiente a la confluencia de las calles de Hidalgo y Juárez en el centro histórico de La Fama, desde los llamados Baños Verdes hacia el oriente, en donde se junta la calle Juárez con la calle de San Francisco y concluyó en marzo de 1970. La materia prima era piedra azul y una argamasa de cal y arena mezclada con penca de nopal. Si hubo oposición de parte de algunos vecinos, muchas personas lloraron y unos cuantos defendieron el patrimonio y el símbolo de una congregación que se hizo a partir de una fábrica, que fue un pueblo formado por familias de Zacatecas, Coahuila y de otros municipios de Nuevo León. Tan importante que de ahí salieron muchos alcaldes y profesionistas, músicos, locutores, deportistas y personas orgullosas de su pueblo. A 160 años de su fundación, los arcos y la atarjea aún viven en la memoria y en el corazón de los fameños y santacatarinenses que la añoran con tristeza y nostalgia.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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