Hacia 1777 se decía que el suelo de la Nueva España era muy fecundo, pero lamentablemente el comercio de semillas estaba restringido a la satisfacción de las necesidades de sus habitantes y para proveer recursos a los centros mineros. Pero también hay que ver que en México la agricultura depende mucho de factores externos como las lluvias o tiempos de secas, las heladas o de plagas.

El segundo Conde de Revilla Gigedo señalaba que el latifundio y la política indigenista eran la causa de los problemas económicos y sociales del virreinato, al igual que la mala distribución de la tierra que impedían el crecimiento de la agricultura y el comercio. Respecto al latifundismo se quejaba que las tierras se habían concentrado en pocas manos. Los conquistadores y descendientes se vieron imposibilitados en hacerlas crecer o dividirlas o todo lo contrario. Mientras que los indios fueron sometidos a un sistema de protección que los malacostumbró.

Decía Humboldt que los obstáculos para la prosperidad agrícola estaban en las constantes sequías y heladas. Las primeras entre mayo y septiembre y las segundas en el invierno. Lo cual provocó la práctica de riegos artificiales. Y el problema se agravó cuando las tierras pasaron a formar parte del patrimonio de las congregaciones y de la Iglesia misma que se enriqueció a través de las obras pías y capellanías.

Fue hasta 1809 cuando Fernando VII consideró a las colonias y provincias como parte de España. El 15 de octubre de 1810 se reconocieron igualdad de derechos entre los habitantes de la Nueva España con los de España, el derecho a los naturales a sembrar y a cultivar la tierra y se intentó un reparto agrario que finalmente no se llevó a cabo por razones que todos conocemos.

La otra actividad preponderante la minería: los centros mineros actuaron como generadores de los centros agrícolas. Además la actividad minera y los impuestos que pagaban mantenían todo el aparato administrativo de la colonia. Toda la producción platera salía para España. El auge minero inicia con el descubrimiento de Zacatecas en 1545 y alcanza su mayor crecimiento en 1570. Pero la minería se estanca entre 1650 y 1750. Entonces nos sobrepasó la producción del Virreinato del Perú.

Los principales centros mineros en el sur fueron Taxco, Sultepec, Temascaltepec y Zacualpan. En el centro Zacatecas, Guanajuato, Sombrerete y Catorce. En el norte Durango, Parral y Chihuahua. La situación laboral era muy cambiante aunque estaba mejor pagada y se les concedía mayor libertad a los trabajadores.

Mientras que el comercio siempre estuvo maniatado a las políticas que España les dictaba, haciendo difícil la consecución de algunos productos para mantenerse. Había dos puertos habilitados: Jalapa y Acapulco que se convertían en centros comerciales una vez al año cuando llegaban mercancías de Filipinas o de España. Desgraciadamente eso nos hizo tener una economía dependiente en dos vertientes: de la capital del virreinato y de España.

En síntesis, a la llegada de los españoles se enfrentaron dos conceptos en torno a lo que es la tierra: para los antiguos mexicanos era la madre amorosa, mientras que para los conquistadores era un recurso para beneficiarse y obtener riquezas. Esto no nos hace desconocer que había caciques indianos que mantenían extensiones considerables de terrenos en los cuales laboraban campesinos y peones.

A la llegada de los españoles y durante la etapa colonial que abarca 300 años, se genera el concepto económico de la tierra como lugar de explotación y generación de riqueza. A la larga, se dio una acumulación de capitales preferentemente entre la Iglesia y las autoridades virreinales, en las que participaron también civiles que se convirtieron en terratenientes que vivían de la agricultura, ganadería y de la minería. Es cuando la hacienda se convierte en una de las instituciones más representativas de la historia de México y que llegará hasta el porfiriato.

A donde quiero llegar, que las relaciones de producción crearon un descontento hacia con España, que pretendía valerse de la tierra para seguir costeando su burocracia y sus formas de vida. Y eso ni a la Iglesia, ni a los terratenientes les gustó. Inevitablemente la rebeldía y los brotes de conspiración se dieron en sitios donde aquellos que más dependían de la tierra. Recuerden que en Guanajuato, Michoacán y Querétaro, se levantaron voces que no estaban de acuerdo en que unos se beneficiaran de la tierra sin tenerla y que otros las acumularan para lucrar con ellas. Y eso lleva a campesinos y mineros sin tierra, pero que vivían de ella, a seguir a cuanto insurgente se rebelara contra España a principios del siglo XIX.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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