Dicen que durante los problemas electorales generados a partir del desconocimiento del que hubiera sido el primer triunfo electoral del PAN en Santa Catarina en 1973, cuando evitaron a todas luces que Conny Maldonado de Zambrano llegara a la alcaldía, alguien gritó en la plaza de Santa Catarina que el entonces párroco ayudara como intermediario para que se le reconociera el gane a Conny, pues no había persona más honesta y congruente en todo el municipio mas que el padre Catarino Garza Garza.

Sin duda alguna. Recuerdo perfectamente el día cuando el padre Catarino nos avisó que se iba de la parroquia. Todos los acólitos lloramos por su comunicado. Con el correr del tiempo supe que alguien de la comunidad se había quejado de su desempeño pastoral, pues tenía el defecto o más bien la virtud de tratar a todos por igual. Era estricto, pero más bien parecía un niño que disfrutaba de la comida y del juego. Tenía muchos amigos de Monterrey que le mandaban regalos para la gente más necesitada. Constaté que en esas navidades en que lo pude tratar, las personas más necesitadas recibían un poco para solucionar sus males. Y el padre Catarino tenía un corazón muy grande y noble, al que solo escondía con su sonrisa.

Algo tenemos en Santa Catarina que no cuidamos a nuestros pastores. Ya le había pasado algo igual al padre jesuita de origen español, Enrique Tomás Lozano. Cuando llegó a la Arquidiócesis de Monterrey, fue nombrado párroco de Santa Catarina del 24 de enero al 25 de julio de 1923. En el poco tiempo que permaneció se distinguió por su servicio social a los más necesitados y como guía espiritual de la población. Se dice que enseñaba a la población a utilizar remedios naturales para mejorar su salud. Esto le ocasionó serias dificultades con algunos santacatarinenses que le obligaron a renunciar a su cargo. Se fue a Nuevo Laredo y sin temor a equivocarme, buena parte del desarrollo social de los dos Laredos se le deben a don Enrique Tomás Lozano.

Durante mucho tiempo, extrañamos a don Cata, a quien le llamaban así cuando entró al Seminario de Monterrey, pues ya era un adulto formado cuando decidió seguir con la carrera sacerdotal. El padre Catarino había nacido en Monterrey el 13 de febrero de 1923. Estudió la carrera comercial en Monterrey y trabajaba en negocios de su familia. Ingresó al Seminario de Monterrey donde estudió humanidades y filosofía. Como su familia se dedicaba al comercio, pronto don Cata se hizo cargo de la tienda del Seminario. Debe haber sido difícil estudiar cinco años de humanidades con 30 años de edad y siendo compañero de adolescentes que ingresaban después de concluir la primaria.

Estudió teología en el Seminario de Montezuma, Nuevo México. Fue ordenado sacerdote en 1966. Fue vicario en el templo de Cristo Rey en Monterrey y párroco de Santa Catarina de 1970 a 1974 y luego ecónomo del Seminario de Monterrey. Un tiempo vivió en el Monasterio Benedictino del Tepeyac en la ciudad de México. Al regresar con los suyos, viviendo en la Casa Sacerdotal, se dedicó al servicio y ayuda pastoral en diversas parroquias de Monterrey. La última vez que lo vi recordó a mamá y nos pusimos a platicar de los viejos tiempos de mi parroquia. Dios me concedió la oportunidad de cantar dos o tres misas con él. Pues bien, hace menos de dos meses que murió. Lo supe porque doy clases en el Seminario, mi casa paterna, pues ahí me formé, intentando seguir el ejemplo sacerdotal del padre Catarino. Pero yo no concluí la carrera sacerdotal.

Entre 1980 y 1987 coincidí con Eduardo Faz Cepeda en el seminario. Ya mayor, sobresalía por su apariencia afable y buena. Le gustaba escribir y casi todas las obras de teatro y revistas musicales que se montaban para las fiestas de San Teófimo y San José, Lalo Faz las hacía.

Yo dejé la casa paterna en 1987 y me alejé del apostolado al año siguiente. Cuando mamá partió a la casa de Dios Padre, canté el triduo de misas y el padre Faz, ya párroco de mi comunidad, me pidió que le ayudara en el apostolado litúrgico. Volví al redil y traté al padre Lalo, quien además me pedía le escribiera datos históricos de nuestra parroquia. Lamento no haberlo tratado más. El había nacido en San Luis Potosí el 18 de marzo de 1950. Desde muy temprana edad residió en la ciudad de México. Llegó a Monterrey para trabajar en la Curia del Arzobispado en donde el Secretario de la Mitra lo animó a ingresar al Seminario de Monterrey donde cursó humanidades, filosofía y teología.

Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1983. Realizó trabajo pastoral en Agualeguas y en El Carmen, N.L. En Monterrey colaboró en los templos de Lourdes y Nuestra Señora de la Esperanza y fue nombrado párroco de Santa Catarina Mártir el 18 de septiembre de 1997 hasta agosto de 2004. Fungió como padre sinodal del Sínodo Arquidiocesano de Monterrey entre 1998 y el 2000.

El padre Lalo Faz se fue enfermo. Ya tenía seis años viviendo también en la Casa Sacerdotal. Hoy 16 de noviembre, supe que también había partido a la presencia de Dios celestial. Es coincidencia que en éste 2010, cuando también conmemoramos el bicentenario de la construcción de nuestro templo parroquial, se hayan ido materialmente dos pastores. Porque no se han ido, como constructores de nuestra comunidad parroqual, una verdadera comunidad en marcha, permanecen entre nosotros y sus nombres se repetirán por generaciones, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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