Así como la invasión napoleónica de España en 1808 fue el antecedente directo de los primeros movimientos emancipadores en la América española, otro acontecimiento registrado en Europa será decisivo en los movimientos de Independencia: el primero de enero de 1820, los jefes liberales de un batallón español acantonado en Cádiz y destinado a prestar sus servicios en América, iniciaron una rebelión que rápidamente se propagó a otras unidades.

Al triunfo de los rebeldes, Fernando VII renegó del absolutismo implantado en 1814 y puso nuevamente en vigor la Constitución de Cádiz de 1812. Quedó suprimida la Inquisición y se redujeron los privilegios del fuero eclesiástico, solo se obligaba a pagar la mitad los diezmos, las órdenes monásticas fueron abolidas y se tomaron medidas para que la Iglesia siguiera acaparando bienes raíces y se decretó la libertad de prensa.

Dichas medidas debían aplicarse también en la Nueva España. Por ello, las clases dominantes como el alto clero y el ejército temieron perder el control económico y espiritual y los altos funcionarios, de que fueran regresados a España en donde serían castigados por las Cortes de Cádiz por apoyar a Fernando VII.

Muchos insurgentes ya habían pedido el indulto y solo quedaban dos movimientos rebeldes, uno en la Sierra del Sur al mando de Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria se movía con facilidad entre Veracruz y Puebla. Con el pretexto de que asistían a unos ejercicios espirituales en el antiguo templo de la Profesa, se reunieron varios clérigos, altos funcionarios y militares y los más influyentes comerciantes. En ese templo, planearon un proyecto basado en la premisa de que el rey estaba privado de su libertad a la hora de jurar la constitución, por lo cual carecía de validez. Mientras el monarca quedaba libre, el Virrey Apodaca ejercería el gobierno de la colonia sujetándose a las leyes absolutistas. Hasta pensaron que Fernando VII trasladaría su corte a la Nueva España, tal y como lo hicieron los reyes portugueses.

Estas intenciones dividieron a los criollos de la Nueva España, ya que el traslado de la corte de Fernando VII sería muy oneroso, vendrían muchos gachupines a acaparar los principales puestos, regresaría el monopolio comercial y terminaría el incipiente libre comercio. Un choque entre españoles y criollos, haría que la chusma de las etnias tomara el control y eso sería inadmisible. Lo mejor era trazar un proyecto que integrara el bienestar de todos los habitantes.

Los conspiradores de la Profesa gestionaron ante el virrey que nombrara el castigado Iturbide como comandante del ejército del sur con sede en Teloloapan, actual estado de Guerrero, territorio controlado por 2,500 pintos al mando de Guerrero. Iturbide fue visto como el gestor y representante de los de la Profesa, además de lograr la pacificación de uno de los últimos reductos insurgentes.

Para noviembre de 1820 ya se encontraba en Teloloapan. Pero éste traía otro proyecto alterno. Ya no quería ser instrumento de los gachupines, por lo que ideó un plan que beneficiara a todos los actores socioeconómicos de la Nueva España: respeto a los fueros, privilegios y propiedades de la Iglesia, a las propiedades y cargos públicos de los españoles, reducción de impuestos a los indios y a las castas y la igualdad jurídica de los mismos con respecto a los españoles. La oferta se sintetizaba en lo que se llamó “Las Tres Garantías”: Religión, Unión e Independencia. Se daban las gracias a España por su tutela de tres siglos y se declaraba la independencia por haber alcanzado la mayoría de edad. Se crearía un imperio mexicano independiente, no absolutista, acotado por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

El trono sería ofrecido en primer término a Fernando VII o algún miembro de la familia de los Borbones o de otra familia europea católica. El plan se discutió entre los principales jefes y oficiales del ejército, clérigos y abogados de confianza. Para hacerse de dinero, confiscó un cargamento de plata valuado en medio millón de pesos y con ello, el 24 de febrero de 1820, reunió en Iguala a sus 2,500 hombres y les dio a conocer el documento, que todos aprobaron con aclamaciones. El ejército se llamó trigarante y un sastre de la localidad, confeccionó una bandera con tres colores: blanco, verde y rojo. Luego Iturbide convenció a Guerrero para que aceptara las garantías, le confirió el grado de coronel y le ordenó que tomara a Acapulco. Pronto el movimiento alcanzó simpatías en Guanajuato, Michoacán y la capital novohispana. Muchos religiosos y monjas apoyaron al movimiento, diciendo que las tres garantías eran una especie de guerra santa contra el liberalismo imperante proveniente de las trece colonias y de Francia. Para el verano de 1820, todo el territorio se hallaba amparado bajo el plan de las tres garantías. Hasta unas religiosas confeccionaron una comida alusiva a las tres garantías: los chiles en nogada.

Como los gachupines pensaban que el virrey era incapaz de detener a Iturbide, convencieron a los militares que guarnecían la capital de que lo depusieran. Mientras en Madrid designaban a Juan de O'Donojú como el nuevo virrey. Tenía la orden de ganarse el respeto de la población y de hacerla sentir que la mejor opción era la de seguir bajo el dominio español. Pero al llegar a Veracruz en agosto de 1821, supo que casi todo el país estaba de lado de Iturbide. Tenía dos opciones: regresar a España o aceptar la voluntad popular. Optó por ésta y a los pocos días se reunió en Córdoba donde pactó con Iturbide el reconocimiento al Plan de Iguala. Don Juan formaría parte de un equipo de transición, para elegir a un monarca, cuidar los intereses de los españoles, gestionar la evacuación pacífica y la marcha hasta Veracruz de todas las fuerzas realistas.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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