Profr. Santos Noé Rodríguez GarzaLos antiguos griegos pensaban que cuantos seres viven sobre la tierra tenían su suerte en manos del Destino, dios terrible de cuyo poder nadie estaba libre. Hasta los mismos dioses (Cronos o Saturno, Zeus o Júpiter, Hera o Juno, Afrodita o Venus, y todos los demás) estaban sometidos a sus mandatos.

Este dios omnipotente era hijo de padres también divinos y que, como él, infundían pavor. Su padre era Caos, el más antiguo de los dioses, que reinaba en medio de un desorden espantoso. Su madre fue la noche, diosa de las tinieblas. Tenía el Destino una hermana, la Muerte, y un hermano, el Sueño, amigos de la obscuridad, de la inmovilidad y del silencio. Ya se ve, pues, que toda la familia ---excepto el Sueño, cuando acudía a remediar las fatigas de los hombres--- era poco agradable y que había motivos suficientes para que la temiesen dioses y hombres.

El dios Destino sería menos terrible si procediese con justicia al señalar a cada uno su suerte. Pero era ciego, y a ciegas repartía males y bienes entre los hombres. Jamás soltaba de las manos una especie de caja o urna donde llevaba encerrada la suerte de los mortales. De aquella urna misteriosa iba sacando, el Destino todas las cosas que les ocurrían a los hombres, desde el nacimiento hasta la muerte, sin contar las dichas y las desdichas que mientras vivían les alegraban o les sumían en la tristeza. Y era lo más grave que cuando el Destino había decidido darle a un hombre una determinada suerte en la existencia, su decisión ya no tenía remedio, era una decisión irrevocable, porque este dios nunca se volvía atrás de lo que había ordenado. Menos mal, si la decisión era favorable al hombre y le hacía feliz; pero si le era contraria y le acarreaba las desgracias más tristes, al Destino le daba lo mismo. Con él, no valían súplicas ni lamentos.

Para cumplir sus órdenes inexorables, tenía el Destino tres servidoras que le obedecían ciegamente y en silencio. Eran tres hermanas, llamadas las Parcas. Vivían ocultas en las obscuras regiones subterráneas donde reinaba el dios Plutón. Las tres estaban pálidas, demacradas y siempre silenciosas. Cada una hacía su trabajo sin un solo momento de descanso.

Cloto, la más joven, hilaba en su rueca hilos finísimos y de todos los colores y materias. Cada hilo era la vida de un hombre. Si el dios Destino había decidido que un hombre fuese feliz, Cloto hilaba para él un hermoso hilo de oro o de seda. Si el Destino había decidido que un hombre fuese desgraciado, Cloto hilaba para él un tosco hilo de esparto, de cáñamo, o cuando más de lana.

Laquesis, la segunda Parca, tenía entre sus manos incansables el huso en el que se iban arrollando los hilos que hilaba su hermana Cloto. El huso giraba sin cesar, porque Laquesis no podía detenerse ni un solo instante pues Atropos la mayor de las tres hermanas, no apartaba su mirada vigilante de los hilos que Laquesis iba arrollando en su huso. En la mano derecha tenía Atropos unas largas y afiladas tijeras. De vez en cuando, el Destino le ordenaba que cortase uno de aquellos hilos. Atropos obedecía y con sus tijeras cortaba el hilo que el dios le había indicado.

Y así quedaba cortada para siempre la vida de un hombre, que lo mismo podía ser un emperador que un mendigo, un desgraciado que un dichoso. Nadie podía escapar a su suerte, decretada por el dios Destino.

Profr. Santos Noé Rodríguez Garza
Cronista de la Ciudad
Miembro de la Asociación de Escritores de Sabinas Hidalgo

Fuente: Mitos Griegos de la Editorial Nueva España, S.A.



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