Profr. Santos Noé Rodríguez Garza

En los momentos en que se llena mi alma de recuerdos y me invade la melancolía, voy al panteón a visitar las tumbas de mis padres y mis abuelos, al recordarlos vivo como en una película los momentos más felices de mi infancia y de mi juventud...

Profr. Santos Noé Rodríguez GarzaEn los momentos en que se llena mi alma de recuerdos y me invade la melancolía, voy al panteón a visitar las tumbas de mis padres y mis abuelos, al recordarlos vivo como en una película los momentos más felices de mi infancia y de mi juventud y revivo paso a paso mis correrías por las calles de mi pueblo: en silencio elevo una oración al Supremo pidiendo la gloria entera para mis seres queridos. Deambulo por los corredores del inmueble, admiro la inventiva, la capacidad artística de las personas que fabrican los monumentos mortuorios, veo los arreglos flores marchitos, como marchitas quedaron las almas de las personas que perdieron un familiar o un amigo.

De pronto: escucho un llanto tenue, casi silencioso, ¡alguien llora! ¡pienso! y busco a mi alrededor, a corta distancia una madre joven, que se hace acompañar de un niño, vierte lágrimas muy sentidas, sobre la losa que cubre los restos de alguien que formó parte de su vida y lleva aún en su corazón.

Sigilosamente me retiro de su vista y sigo mi caminata auscultando los rincones del panteón, los corredores están cubiertos de la hojarasca que se ha desprendido de los árboles porque el cierzo los sacudió y se han quedado sin el verde vestido que la madre natura les da para que cubran su cuerpo.

Me encuentro a Señor joven, que busca a su esposa y no sabe donde encontrarla porque él no es de aquí, le señalo el rumbo donde la ví, me comenta: –venimos de EE.UU. vamos rumbo a Michoacán a pasar unas vacaciones, con mis gentes, ella es de aquí y cuando su madre murió no pudimos venir al sepelio por que no teníamos papeles– –No quisimos pasarnos sin venir a ver ¿dónde quedó? En ese momento comprendí el drama tan terrible que estaba pasando la señora, ya que con todas las lágrimas que vierta, no revivirá el momento en que su familia se reunió para darle sepultura a la autora de sus días. No recibió su última mirada, ni sintió el roce de su mano dándole la postrer caricia, pero posee el llanto que el misericordioso organismo da, para que aliviane sus penas y bañe el alma confortando su dolor.

Lágrimas benditas lágrimas que el humano derrama, tanto en la alegría como en el dolor y que le señalan el camino de la tranquilidad.

Me retiré pensando en mi madre, diciendo como el poeta: ¡yo solo guardo luto y tristeza y su recuerdo fuerza cobró, como del árbol que en la corteza se ahonda el nombre que se escribió!

Santos Noé

18 de enero de 2010


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