Desde niños, cuando los maestros nos hablaban por primera vez de Don Benito Juárez, cuando nos cuentan que a la orilla de una laguna acostumbraba de niño apacentar un rebaño de ovejas y en momentos de sosiego y meditación, cortaba un carrizo y hacía una flauta para imitar con su sonido el trino delos pájaros.

Tuvo diversas aventuras y entre ellas se cuenta que un día, se desprendió de la orilla el trozo de tierra donde cortaba un carrizo y el viento empujó el islote al centro de la laguna, pasó en ella la noche y al volver a tierra al día siguiente el rebaño no estaba, se había vuelto al redil.

Temiendo el castigo de su tío Bernardino, inició la aventura de su vida, huyó a Oaxaca en busca de su hermana Josefa y su destino.

Todo ellos pasó por mi mente en el momento en que me agachaba para tomar en mis manos un poco de agua de la laguna Encantada, en el otrora pueblo de San Pablo de Guelatao, hoy Guelatao de Juárez.

Me asomé por la ventana de la casita de adobe, réplica de la humilde vivienda donde se crió Juárez. Hicimos mi esposa y yo, guardia de Respeto y Honor ante la majestuosa estatua de piedra que representa al ilustre Patricio, sentado, ocupado en tomar las decisiones que salvaron a la patria.

De un pebetero, a sus pies, surge la llama de gratitud de una Nación que lo respeta y admira.

Hay una hermosa explanada donde se yergue majestuoso un ahuehuete símbolo de la eternidad de un pueblo. Bajo una arcada que se levanta junto a un precipicio, se contempla a lo lejos el valle y el camino sinuoso que conduce al pueblo, pasando por entre un bosque de pinos y una serie de pequeñas lomas que lucen amarillentas y desiertas por la falta de lluvia.

El caserío que se contempla, nos indica que el pueblo es pobre, que es escasa la agricultura y que los habitantes viven del producto de lo que elaboran con sus manos y del turismo que hasta ese paraje llega.

Se realiza el sueño de mi vida: pisar la tierra y admirar el paisaje donde nació y se crió el ilustre Patricio.

Sus enseñanzas y sus ideales han llenado mi vida, por ello mi corazón henchido de emoción contempla con arrobo una efigie de Doña Brígida García madre del gran hombre.

Con esta visita plasmo el recuerdo solemne, del sentimiento señero y la admiración por uno de los más grandes hombres que ha dado México.

Santos Noé
30/5/2006



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