Profr. y Lic. Héctor Mario Treviño VillarrealEl 17 de febrero de 1813, un grupo numeroso de indios comanches se aproximó al pueblo, robaron gran cantidad de ganado, sobre todo caballos, yeguas y mulas mansas, las cuales utilizaban como alimento. Tal situación los caracterizaba con respecto a los demás indios bárbaros, se decía que su ropa y todas sus pertenencias estaban impregnadas de olor a equino, el rastro fétido a jamelgo era identificable en forma inmediata por los exploradores.

El capitán de milicias Juan José de los Santos, al advertir el peligro, tomó las precauciones necesarias para evitar daños y desgracias entre la población, así mismo, ordenó que toda la gente de ranchos cercanos volviera al real. Una hora más tarde se notificó, que indios de la nación Lipán venían huyendo de aquéllos, ubicándose en el arroyo del Camarón, cerca del Río Salado.

El aviso de tal riesgo no llegó a los lugares más apartados, varios inocentes fueron sorprendidos, sobresaliendo el caso de un arriero de 17 años, llamado José Castro y sus tres acompañantes. Esa noche se encontraban alrededor de la fogata, descansando después de una intensa jornada, una partida de comanches los divisó a lo lejos, silenciosamente se acercaron y permanecieron ocultos entre los arbustos y chaparros. Desde ahí vigilaron sus movimientos y esperaron el momento para atacar. Una vez que se acostaron se lanzaron sobre ellos, José medio dormido, se dio cuenta y se echó a correr por el monte. Los indios degollaron salvajemente a sus víctimas y tomaron sus pertenencias.

El jovencito siguió sin rumbo, después de pasar un arroyo, se dio cuenta que lo seguían de cerca ocho salvajes, paso a paso sintió que le faltaba el aliento, brincó arbustos y nopaleras como pudo, pero no logró despistarlos, desesperado en medio de la oscuridad, trató de ocultarse tras unas rocas, pero fue inútil, al momento se vio rodeado por ellos, lo arrastraron de los cabellos hasta el campamento y lo amarraron fuertemente junto a los cadáveres desnudos de sus compañeros, los cuales presentaban señas de tortura y castración. Al ver semejante cuadro, creció su miedo y se horrorizó ante las amenazas. Los comanches empezaron a embriagarse y a bailar alrededor del fuego. Al poco rato uno de ellos lo desató y lo obligó a beber y a beber, así pasaron varias horas, más tarde ya danzaba y compartía el regocijo con ellos. Posteriormente según consta en el informe, “lo encueraron y le hicieron feas y sodómicas maldades, liberándolo luego.”1

El alcalde se dio cuenta de lo sucedido al día siguiente, un grupo de vecinos armados se encaminaron al lugar, recogieron los cuerpos y les dieron cristiana sepultura. Después de ese momento, la vida del muchacho se volvió un verdadero infierno, los sucesos se hicieron del dominio público. Los habitantes del real se preguntaban el porqué lo dejaron con vida. Fue objeto de infinidad de burlas y desprecios por familiares, amigos y lugareños, incluso no faltó quien intentara abusar de él. Las autoridades siempre estuvieron al tanto, pero las agresiones en su persona se sucedieron día a día, al grado que tuvo que irse a vivir a Monterrey. Las lenguas de doble filo afirmaron “que se fue con los comanches sodomitas”.2 Aseguraron que ellos “amigablemente” le habían ofrecido ser parte del grupo.

Referencias

  1. A.G.E.N.L. Correspondencia de Alcaldes Primeros de Vallecillo. Caja 1. Expediente 2. 1813.
  2. Idem.

Mario Treviño



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