Me gusta el escudo heráldico de la ciudad de Piedras Negras, en el cual sobresale un águila con las alas extendidas y debajo de ellas tiene la inscripción Mexicanidad. La mexicanidad se define como el conjunto de creencias, valores, tradiciones, instituciones, cultura e historia propia de los mexicanos. Es el modo de vida que distingue a un pueblo. La mexicanidad es el reflejo de lo que fuimos y de lo que somos. Obviamente está conformada por aspectos y rasgos culturales típicos de los mexicanos. Como la cultura es toda manifestación humana, es lo que nos distingue como personas y como miembros de un grupo.

En ese sentido, Piedras Negras enarbola la mexicanidad no desde la perspectiva de lo nacional, que muchas veces tiene su asiento desde la ciudad de México. En realidad la patria comienza y termina desde la frontera. La frontera es el lugar en donde la mexicanidad se debe reinventar y exponer todos los días, pues están expuestos a una cultura muy atractiva y dominante. Todos los días, corren el riesgo de perder los valores propios de nuestra cultura, identidad y memoria histórica. Por eso a lo largo y ancho de la frontera norte como de la frontera sur, abundan nombres y cosas que nos recuerdan a la patria.

Piedras Negras y Ciudad Acuña son ciudades de la frontera coahuilense. Existe una ciudad que se llama Frontera, pero no es fronteriza y está conurbada a Monclova. En la franja fronteriza, la cultura nacional se define por contraste con la otredad cultural propia de los Estados Unidos y en especial de Texas. La gente va de compras a Eagle Pass o a Del Río, están expuestas a los mismos problemas políticos, económicos y sociales; dependen de los medios de comunicación, en especial la radio y la televisión que inundan los hogares. Aunque del otro lado se hable español, de lado mexicano lo que cuenta y se valora es el inglés. Una región que está a dos horas de San Antonio. Es más fácil visitar San Marcos o Ugalde que Monterrey o Saltillo. Aquí la gente entiende por mexicano lo no gringo. A lo largo de la historia de las relaciones entre México y Estados Unidos, establecidas después de los Tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848, necesariamente se aprende a convivir con la otredad cultural.

Curiosamente en la frontera se buscan y difunden más los valores nacionales. Aquí la cultura regional y la historia son escudos y vehículos de promoción y difusión de los valores característicos, pues la cultura es el común denominador de un pueblo, que se trasmite generacionalmente y se identifica a sí mismo como diferente a otros pueblos.

Si lo nacional comprende el conjunto de creencias, valores y tradiciones que nutren la noción de independencia, especialmente con un sentido histórico que defiende la soberanía. Piedras Negras es tan mexicana como Guadalajara o Oaxaca, Desde lo fronterizo se reivindica el sentido de lo patrio y de lo nacional. A decir de Pablo González Casanova, si no hubiera identidad nacional, entonces no sabríamos definir qué es lo mexicano frente a lo extranjero.

Las relaciones entre México y Estados Unidos son más concretas y personales, además de cotidianas en la región fronteriza. En casi 3,500 kilómetros de línea divisoria y en un río que a decir de Carlos Fuentes es una gran herida que aun no termina de sanar, el ser mexicano se refleja hasta en las emociones y en la nostalgia del recuerdo del solar de origen. La frontera norte es la más dinámica y viva de todo el mundo en donde hay ciudades gemelas tanto de un lado como del otro: Brownsville con Matamoros, Laredo con Nuevo Laredo, Roma con Miguel Alemán, Tijuana con San Diego, Reynosa con Mc Allen, Piedras Negras con Eagle Pass, Acuña con Del Río, por solo citar algunas de ellas.

El concepto “frontera” tiene que ver con todo aquello que está en frente de mí y separa mi espacio vital. Ciertamente hay fronteras que separan y que unen a la vez: lo mismo pueden ser ríos, barrancos, piedras, montañas, al igual que aspectos culturales como la lengua, la geopolítica y la historia. Hay fronteras psicológicas e históricas basadas en la identidad y en el sentido del ser de la persona, las cuales estimulan el desarrollo del comportamiento humano específico del lugar en el cual se vive.

A decir de Jorge Bustamante, los fenómenos sociales, económicos, políticos y culturales de la zona fronteriza, no están necesariamente delimitados por la acción internacional, sino más bien por la interacción de las personas que viven en ambos puntos de la frontera que coinciden en un contexto binacional. Sobre todo en la frontera norte de México, como sitio especial y espacial en donde se encuentra y retroalimenta el mundo anglosajón, protestante, basado tradicionalmente en los sistemas de propiedad individual, frente al mundo latino, mestizo, en donde predomina la propiedad comunal. En la frontera se separa el Norte del Sur, lo que queda del primer con el tercer mundo, la América del Norte con Iberoamérica. En donde comienza la pacha mama o Abyala, la patria grande.

Hubo una vez que la Nueva España colindaba al norte con la Rusia zarista, con el imperio británico y con la Louisiana francesa y al sur llegábamos hasta la Gran Colombia. Gracias pugnas internas, al Destino Manifiesto, a un proceso separatista en 1836 y a una guerra de intervención norteamericana entre 1846 y 1848, aunado a unos Tratados de Guadalupe Hidalgo y luego los Tratados de la Mesilla Gadsen en 1853, México se quedó con su espacio vital que actualmente tenemos. El México independiente no pudo controlar ni hacer efectiva la soberanía regional en la primera mitad del siglo XIX. De la extensión territorial en 1824, de 4 millones 500 mil kilómetros cuadrados, cuando llegaron los liberales al poder en 1856, solo quedaban poco menos de dos millones de kilómetros cuadrados.

Lo paradójico de todo esto, es que ahora todos esos territorios están poblados por casi 16 millones de compatriotas mexicanos, que aun piensan y viven como mexicanos en una región que tiene aun reminiscencias latinas, derivadas de todos aquellos mexicanos que después de los tratados de Guadalupe Hidalgo, se quedaron a vivir en los Estados Unidos por amor al suelo que los vio nacer o que llegaron atraídos por el sueño americano. Pero siempre teniendo a México como su lugar de origen. Muchos consideran a la frontera norte de México y el sur de los Estados Unidos, otro país en medio de dos naciones, a la cual llaman Mexamérica, cuya capital está en Los Ángeles. El lugar de aquellos que regresan al mítico Aztlán situado entre Nuevo México y Arizona, lugar sagrado del cual salieron nuestros ancestros hace 900 años aproximadamente. Cuando un mexicano cruza por Piedras Negras, lo primero que ve es una monumental bandera nacional. No ve a Piedras Negras, ve a su México que lo recibe con los brazos abiertos al cual regresa como hijo pródigo.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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