Dr. Antonio Guerrero AguilarDurante la colonia se acostumbraba que las exequias de los pobres fueran administradas por un sacerdote, un sacristán y dos acólitos. En la ceremonia se utilizaba la cruz baja de madera, llamada así por ser considerada cómo de segunda categoría. Tenía derecho a una misa cantada y a una vigilia durante el primer día de su muerte. En cuanto a los cobros, éstos variaban y por eso recibían limosnas que los familiares del difunto quisieran dejar.


Mientras que las exequias de los españoles y criollos se hacían con mayor pompa: un sacerdote, dos acólitos, cinco sacristanes y el tradicional doble de campanas con exposición solemne del Santísimo Sacramento, la misa cantada y la provisión de la cera que se utilizaba durante el velorio.

Generalmente quien pagaba más por los servicios tenía acceso a prestaciones de mayor lujo en las pompas fúnebres. Sus partidas de defunción se anotaban en libros especiales, indicando el nombre, la procedencia, la edad, profesión, estado civil y causa de la muerte. Mientras que en los templos catedrales tenían la obligación de vigilar escrupulosamente las inhumaciones y su debido registro.

Por eso cada vez que alguien moría, se avisaba inmediatamente a la parroquia de origen. De lo contrario, se castigaba a los deudos con la pena de excomunión. Incluso, cuando había un difunto en algún rancho o estancia dentro de la jurisdicción parroquial, el teniente de cura o su vicario debían acudir a los responsos.

Cuando la persona se encontraba en el lecho de muerte, hacía su testamento, en el cual solicitaba su inhumación en el templo, con misa de cuerpo presente y su novenario de rosarios, ya fueran cantados o rezados según en caso. Se le llevaba el sacramento de extremaunción al enfermo, consistente en una pequeña confesión de sus pecados, donde pedía perdón por los pecados cometidos a lo largo de su existencia, luego hacía su auto de profesión de fe, reconociendo el misterio de la santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), su deseo de morir como buen católico cristiano y pedía que la Virgen María, bajo cualquiera de sus advocaciones, fuera su abogada. En el reparto de sus bienes siempre aparecía una porción dedicada a la Casa Santa de Jerusalén.

La misa se debía ofrendar con pan, vino y cera. Regularmente el cadáver del varón era amortajado con el hábito de San Francisco de Asís mientras que el de la mujer con un hábito religioso con tendencias marianas. Y a los niños los vestían de ángeles, hábitos y coronados. Embalsamaban al cadáver llenándolo con aromas para impedir los malos olores durante el velorio. La velación del cadáver se hacía sobre una mesa de madera y le ponían un crucifijo en las manos.

En el rito de inhumación intervenían las posas, que son el clamos de las campanas por los difuntos, mientras que los deudos hacían responsos en honor a las ánimas del purgatorio y por el alma del difunto. Para los entierros, la nave estaba dividida en secciones en donde se cobraba de más si la inhumación se realizaba cerca del presbiterio.

Lamentablemente éste tipo de cortejos fúnebres provocó serias competencias entre los feligreses, quienes se peleaban para ver quién sepultaba a sus difuntos con mayor pompa. Por eso la Arquidiócesis de México, solicitó que en todos los templos de la Nueva España, se evitara el abuso de vestir a los cuerpos de los infantes con trajes de clérigos, obispos, religiosos, cardenales y hasta de ángeles con sus respectivas alas.

Para luego llevarlos a visitar a las casas de sus parientes y padrinos, por lo que la Curia Arzobispal, hacía hincapié de que fueran vestidos de acuerdo a las edades y solamente con coronas y flores. También pedían que cada párvulo debía ser enterrado en lugares sagrados siguiendo los ritos de la Santa Iglesia, sin importar que tuvieran dinero o no sus familiares, ya que era frecuente que muchos cuerpecitos aparecían en las bancas, en las mesas o en los rincones desocupados de los templos, por no tener los deudos con qué pagar los oficios litúrgicos.

De tal forma que prohibieron los velorios secretos, por lo que los fieles tenían la obligación de acudir a los templos parroquiales, para dar razón de la muerte y de hacer la partida correspondiente. Ya que cuando alguien se suicidaba, no se le permitían los oficios litúrgicos ni la cristiana sepultura. Por eso se pidió que cada vez que muriera una persona, se tañeran las campanas en señal de duelo y para avisar la partida del difunto.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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