Dr. Antonio Guerrero AguilarDice una estrofa del romance de Monterrey de Alfonso Reyes, “Monterrey de las montañas tu que vas a la par del río…, pues sufres a descompás lluvia y sol, calor y frío”. Y en relación a las inundaciones escribió en el mismo romance: “Monterrey de las montañas, tu que estás a la par del río que a veces te hace una sopa y arrastra puentes consigo y te deja de manera cuando se sale de tino, que hasta la Virgen del Roble cuelga a secar su vestido”. Dicen que en Monterrey el clima es extremoso, pues llueve o no llueve, hace calor o hace frío. Y en la otra estrofa, Reyes bien describe las cosas que provoca el río que está a la par de Monterrey y que corta al territorio municipal en dos pues corre de poniente a oriente.


Indudablemente que una de las causas que provocaron el establecimiento de la ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey en 1596, fue la cercanía a dos suministros confiables de agua: el río Santa Catarina y el de los ojos de agua de Santa Lucía. Si Ustedes se fijan bien, todos nuestros pueblos y municipios están a la orilla de un río o de un arroyo, siguiendo el modelo ibérico de poner poblaciones cerca de ellos. Lamentablemente en España, Portugal como Italia, los ríos forman parte esencial de la traza urbana de los pueblos. Por ejemplo el río Arno en Florencia forma parte esencial de esa ciudad que comparte un rico pasado etrusco y renacentista. En México y en especial en el noreste, a los ríos los dejamos como parte de los patios o escondidos, a los lados y a los que solo vamos a ellos para obtener el agua que usamos para la vida diaria. Y si existe un arroyo, primero lo contaminamos, luego lo secamos, lo convertimos en basurero, lo tapamos, construimos sobre el y ventajosamente ampliamos nuestra propiedad.

Pero Monterrey no solo depende del río Santa Catarina, sino de otras vertientes como los son el río la Silla, el Arroyo Seco, ambos al sur de la ciudad, además de varios ojos de agua, entre ellos el Santa Lucía. Cuenta la tradición que se llama así en honor a la mártir cristiana que se recuerda el 13 de diciembre. Según la tradición, Santa Lucía era una bella joven que nació en año 304 en Sicilia, Italia. Desde temprana edad se dedicó a la vida consagrada, de modo que cuando un joven pagano quiso casarse con ella, Lucía no lo aceptó, por lo que el despechado fue y la denunció como cristiana. Se dice que tenía unos ojos muy bellos que atraían pretendientes, por eso se los sacó y los mandó a su enamorado. Entonces comienza el proceso de su martirio, hasta que le dieron muerte con una espada. Santa Lucía es la patrona de los ciegos, de los niños enfermos y de las prostitutas arrepentidas.

Alberto del Canto estableció en sus márgenes el pueblo de Santa Lucía el 13 de diciembre de 1577. Se dice que el origen de los pequeños manantiales que se convertían en arroyuelos y luego en arroyos, está en Juan Ignacio Ramón, a la altura de la calle América cerca del barrio del Mediterráneo. Otros señalan su origen en el lugar donde actualmente está el Obelisco en Juan Ignacio Ramón y Cuauhtémoc.

En todo ese sector se formaban pequeñas ciénegas en donde abundaban los mosquitos y la maleza, de ahí que en 1798 el entonces gobernador del Nuevo Reino de León, Simón de Herrera y Leyva ordenó la construcción de una cortina sobre la calle de Diego de Montemayor para guardar las aguas del Santa Lucía y que llamaron precisamente la presa Grande o de la Purísima Concepción. Para comunicar ese barrio con el antiguo, mandaron hacer un puente al que conocían como de la Purísima en 1799 y sobre el cual pusieron una imagen de la Purísima, otro sobre la calle Zuazua en 1855 y el puente Juárez entre la calle de Zaragoza y Juan Ignacio Ramón.

Nos dice Santiago Roel que Monterrey en sus orígenes contaba con ojos de agua permanentes. El principal de ellos conocido como el Ojo de Agua situado en Zaragoza y Allende y además otros manantiales como el Santa Lucía y los Peña rumbo al oeste. El viejo Monterrey tenía un sistema de acequias que se nutrían del Ojo de Agua y del Santa Lucía, que lo tenían convertido en toda una huerta, para ello quitaron las agua después de una epidemia en 1844 y dejaron la ciudad en seco a decir de Gonzalitos. Hasta el mismo Manuel Payno escribió una vez que a todo éste territorio puede sin exageración considerarlo un gran jardín. En 1866 hubo una fuerte epidemia de cólera que dejó pérdidas humanas, por lo que se decidió canalizar los ojos de agua de Santa Lucía, se inició la obra pero no se concluyó hasta 1887. El canalón como era conocido, comenzaba desde la esquina de Allende y Zaragoza, en donde estaba el ojo de agua y las albercas y terminaba más o menos en la esquina de Dr. Coss y 15 de Mayo.

En ese año, el ingeniero Francisco Leónides Mier informa que en el centro de la población se halla una cañada que llaman de Santa Lucía, en que brota el agua a través de muchos puntos de ella, unas de ellas son perennes y otras solo aparecen en tiempos de lluvias. La mitad de ellas se extrae por un canal a la izquierda del lecho natural y se reparten los dueños con las cuales riegan 700 hectáreas y otra vuelve al cauce. Con su fuerza movía dos molinos de trigo.

Después de la construcción de la Macroplaza en 1985, muchos de esos afluentes salieron por entre las calles y sótanos de los principales edificios, como el Teatro de la Ciudad, la sede del Archivo General del Estado, el edificio Latino y el Congreso del Estado. Muchos de esos torrentes se echaban al drenaje, hasta que se hizo el Paseo San Lucía, en dos etapas, una en 1996 y la otra en el 2007.

Ahora el Paseo Santa Lucía es el orgullo de Monterrey que se salvó de las lluvias de la tormenta Alex y que articula la integración de una ciudad a través de la Gran Plaza y del parque Fundidora. Tanto tiempo que se quejaron de que no había agua, sin saber que estaban encima de ella y que ellas forman parte de una ciudad que va a la par del río.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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