Dr. Antonio Guerrero AguilarPara el pedagogo mexicano ya desaparecido, Pablo Latapí, lo que nos importa ponderar, es la imagen de México como nación, pues ésta imagen, como fruto de las experiencias, de sus conocimientos históricos y de las reflexiones sociopolíticas a lo largo del tiempo. Esas posiciones se diseñan en función de coyunturas que nos ayudan a definir qué es la nación y a criticar o analizar si somos viables como proyectos de nación. Por cierto, ha habido algunas rupturas en nuestra historia que nos han hecho dudar sobre lo anterior: por ejemplo, la caída de Iturbide, los tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848, la decena trágica y la caída de Madero y Pino Suárez en 1913 y el error de diciembre de 1994.

En el siglo XIX surge el concepto de Estado-Nación en México, que sacrificó la diversidad histórica y cultural de los mexicanos en nombre de un proyecto unitario más allá de las divisiones y las contradicciones internas, para tratar de conformar un país integrado por todas sus partes que la integran en un territorio, así como las diferentes regiones que lo formaban, su diversa población y sus contradictorios pasados. Posiciones sociopolíticas que durante el siglo XIX sostuvieron los gobiernos del país, particularmente los liberales, que a decir verdad, obstaculizaron el proceso de unidad nacional por sus posturas excluyentes.

Durante la colonia predominó el concepto de Nación entendido como una sociedad estructurada en reinos y ciudades y corporaciones vinculadas por la religión, el rey y las leyes del reino; una nación estructurada por la historia. Pero con la promulgación de las Cortes de Cádiz en 1812 se comenzó a definir otro proyecto de nación que presuponía la formación de un estado para asentar las bases del nuevo concepto de Nación. De hecho las guerras de independencia procuraron establecer primero el Estado y luego a la Nación.

Algunos teóricos definen al Estado como: “el ordenamiento jurídico que tiene como finalidad general ejercer el poder sobre un determinado territorio y al que están subordinados los individuos”. Dicho concepto tardó en gestarse a lo largo del siglo XIX. Por ejemplo, para lograr esa unidad se tuvo que enfrentar con la ayuda del ejército a las tres grandes fuerzas: la iglesia, los cacicazgos norteños y los grupos indígenas.

Se decía a mediados del siglo XIX que: “En México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional porque no hay Nación.” Otro completaba: “Cien naciones que en vano nos esforzamos hoy en confundir una sola”. El conflicto de integración nacional se debió a una pugna de diferentes valores y también a la lucha por el poder, pues había dos ideas de Nación: unos sostenían que la república se mantenía unida en un grupo de corporaciones enlazadas por las tradiciones y costumbres colectivas instauradas en el propio desarrollo histórico. Entendían a la Nación como producto de una larga historia a lo largo de la cual se han desarrollado sus valores, costumbres y su identidad de los mexicanos.

Y el otro concepto llamado Estado-Nación basada en la unidad de hombres libres, para lo cual tenía que desaparecer la sociedad heterogénea y destruir las culturas diferenciadas, las etnias y las nacionalidades. Esa homogeneización se realizó en el plano cultural: primero se unifica a la Nación con la lengua, luego con el sistema educativo y posteriormente con el sistema económico, político y social. De ésta manera, la cultura de la Nación hegemónica propia del juarismo y del porfiriato, substituye a la multiplicidad de las culturas nacionales. Para ello se tuvo que someter la diversidad de la nación a la unidad del Estado. La nación plural debía ya no existir.

Para darnos una idea de la importancia que tuvieron esas ideas de nación, cabe recordar que fue a partir de 1848 después de los tratados de límites de Guadalupe Hidalgo suscrito con los Estados Unidos, nuestras élites políticas e intelectuales llevaron una serie de reflexiones acerca de la realidad histórica nacional. Se hizo evidente la falta de una identidad y unidad nacional. Por ello surgieron historiadores como Lucas Alamán y Luis G. Cuevas que se dedicaron a escribir una historia de México que mostrara el camino erróneo que había seguido nuestro país para evitar los mismos errores de siempre.

Después de la guerra de Reforma, con el triunfo de los liberales sobre los conservadores, se aceleró el proyecto de uniformar la diversidad social y las múltiples mentalidades e imaginarios que la expresaban. A partir de aquí la patria es el territorio comprendido por la república mexicana. Nación es el conjunto de ciudadanos que conviven en el territorio. La patria ya no es el lugar minúsculo donde uno nace ni el grupo social unido por la lengua, la etnia y el pasado compartido. La patria es el todo y la matria es mi espacio vital en donde nací y crecí.

En lugar de una nación real conformada por criollos, castas, mestizos e indios, un Estado formado por hombres iguales. En lugar de una nación dividida por la historia, es una nación de historia oficial y continua. Entonces se crearon museos y obras históricas que pretendieron unificar distintos pasados y afirmar una sola identidad. La historia se convirtió en el instrumento idóneo para construir una concepción de identidad nacional y el museo en un santuario de la historia patria.

Luego se aplicó un programa educativo que promovió a la Nación como una integración definida por etapas históricas que se sucedían de modo evolutivo y unida por héroes y personajes comunes. Se forjó una conciencia nacional asentada en una identidad imaginada: se hicieron calendarios cívicos y monumentos públicos que celebraron las fechas fundadoras de la República, la defensa del territorio nacional y los héroes que ofrendaron la vida por la patria. El arte y sus manifestaciones como la pintura, litografía, el grabado y la fotografía, se asociaron con los medios de difusión modernos como el libro y los periódicos para reproducir los variados paisajes y rostros del país unificados con el nombre de mexicanos.

Para el Doctor Enrique Florescano, la Constitución de 1857 pretendió igualar a todos los habitantes de la República, desconociendo las realidades particulares de la nación, quitándoles su personalidad jurídica, sus tierras y los privó de su derecho consetudinario que protegía su identidad y su vida comunitaria. Por ejemplo, pensaron que los indios eran un estorbo para lograr la unidad nacional. A partir de ahí, por decreto juarista, el indio ya no existía. Todos somos mexicanos y por ello, las actas de nacimiento en el siglo XIX sentenciaban categóricamente el origen de cada quien: “Mexicano no indígena”.

A raíz de las derrotas que tuvimos ante el ejército norteamericano entre 1846 y 1848, se evidenció una desunión entre los mexicanos, que recurrieron a impulsar un nacionalismo como base ideológica que habría de fortalecer el proyecto de Estado Nacional: definieron los símbolos patrios, adoptaron la teoría del mestizaje y proclamaron la igualdad de todos. Surgió así una comunidad imaginada que niega al México Real. De ahí que todavía se divida al México real del México profundo.

Los gobiernos de fines del siglo XIX imprimieron la imagen de un México integrado, en un país sustentado en un pasado antiguo y glorioso, próspero en el presente y proyectado hacia el futuro, los postulados eran el patriotismo, la defensa de la integridad de la nación y el culto a los principios y héroes de la República. Había enemigos externos pero también internos: aquellos que se oponían a la nación moderna porque querían ajustarse al concepto de nación histórica, representados por los grupos indígenas a quienes se les negó su historia, su memoria, sus costumbres. En pocas palabras, una nación obstinada en desaparecer la nación plural y lograr una memoria única.

Con la Revolución, los gobiernos reafirman el proyecto integrador de nación a través de un territorio, una lengua, una historia y una cultura común. Para ello se pretendió erradicar todo tipo de identidad y memoria histórica de ese México particular. La historia nacional tuvo que reescribirse. Pero en lugar de unificar dio varios tipos de representación histórica y cultural de México. La historia nacional que fue basada en una serie de mitos y mentiras que han prevalecido hasta la fecha.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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