Sobre la fundación de Sabinas y sus protagonistas
En la semana anterior escribí sobre las ex haciendas Larraldeña y La Floreña. Tan pronto como empezó a trabajar el licenciado y presbítero Francisco de la Calancha y Valenzuela comisario del santo oficio de la inquisición en lo que originalmente se conocía como las labores del licenciado de la Calancha y que más tarde le designara el nombre de San Francisco Javier por ser su Santo devoto, invita al general Ignacio de Maya que por su carácter de militar fue quien figura como fundador oficial del Real de Minas de Santiago de las Sabinas el 25 de Julio de 1693 en el margen del río de las Sabinas del lado Norte, el Lic. De la Calancha tenía mercedes de su hermano el Gral. Don Pedro de la Calancha y Valenzuela y no se las querían reconocer.

La semana pasada hablamos de varios grupos que se oponían a los proyectos de Don Manuel, todos los vecinos del Barrio del Aguacate, encabezados por su líder y presidente del sistema de agua rodada de los vecinos, el Sr. Máximo Guadiana, con tendencias socialistas, comunistas y agraristas, que a un grito de él convocaba a 100 hombres montados y armados, pasando por la calle Ocampo y Mina donde vivía Don Manuel y le gritaban “viejo barbas de chivo, jijo de la tiznada, se quiere quedar con el agua del Ojo de Agua, pero con nosotros se tizna” y si no se encontraba en su casa, se dirigían al Ojo de Agua y le paraban la obra y a los trabajadores, ocasionándole pérdidas cuantiosas.
La semana pasada escribimos como Don Manuel tuvo que enfrentar a sus trabajadores por el motivo de anunciarles que les iba a rebajar el sueldo, de 3 pesos a 1 peso diario como salario mínimo y con esta acción enardeció enormemente a sus empleados, entre los cuales había Ingenieros Civiles, Arquitectos, topógrafos, operadores de maquinaria agrícola, mecánicos, albañiles, carpinteros, mayordomos, cabos, oficinistas, peones y campesinos, etc., los cuales difundieron el disgusto entre la gente del pueblo; a todos estos se les dijo que los que estuvieran conformes seguirían trabajando con él y los que no aceptaran pasaran para ser liquidados hasta el último día de trabajo.
Mis pensamientos galopan como potros desbocados en mi cerebro y no logro plasmarlos escribiendo sobre las hojas de papel blanco, como me gustaría hacerlo, pero voy a esforzarme para tratar de explicar un poco más las siguientes palabras de Don Manuel.