Historias y Leyendas: El lugar de los pecados
Esta historia no se cuenta en público… es de las que se dicen en voz baja, casi al oído. Historia que se sabe y no debe decirse, pues así era en las viejas aldeas.
Textos publicados en el libro Aquellos Años Que Soñé, obra del historiador sabinense Celso Garza Guajardo.
Esta historia no se cuenta en público… es de las que se dicen en voz baja, casi al oído. Historia que se sabe y no debe decirse, pues así era en las viejas aldeas.
En realidad, la interrogante era una manifestación de solidaridad… una forma de no ser indiferentes… un recurso de comunicación para acercarnos el pésame. El eco de un deceso era compartido en el pueblo no importando si el difunto era el más poderoso o un humilde labriego. La muerte no era de anonimato y en cada caso tenía nombre, santo y seña… La muerte era igualitaria, pues las expresiones de consolación que más se escuchaban eran: “a todos nos tocará un día” y “nada más nos adelantó”… luego el epitafio colectivo del panteón municipal: “Postraos, aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la mundanal grandeza”.
Manantial del barranco de la sierra,
Desde cuándo, no lo se… quizás después de la carretera nacional, allá por 1927, después también de la construcción de la Colonia Anáhuac y del campo militar a mediados de la década de los 30s por el General Almazán; después del auge de la contratación de braceros a principio de los 40s; luego de la industrialización cuando Ramírez establecieron su fábrica de armar vehículos, a mediados de los 50s; o cuando lo de la Ciudad Universitaria a principios de los 60s. Lo cierto es que, poco a poco, trabajadores, estudiantes y familias enteras de Sabinas Hidalgo se fueron yendo a San Nicolás de los Garza.
En la vida citadina el tiempo es como un fantasma en tercera dimensión que muy seguido y casi sin remedio, angustia y maltrata a los hombres y mujeres. En la ciudad del tiempo se mide por horarios y por turnos: 8:15 matutino, 1:30 vespertino, 7:30 nocturno, etc.
Puede haber de oficios a oficios; o mejor dicho, hombres que saben desempeñar muy bien su oficio, otros regular y algunos otros mal… lo que determina no es tanto el trabajo encomendado, sino las motivaciones constantes en su realización.
…los de antes, los que uno ya vio de cuando en cuando… los que después fueron recuerdos… aquéllos de los patios y las enredaderas y los carrizos adornados con papeles de colores.
Al acabar la tarde… al empezar la noche, después de la jornada como para despedir el día, cual si fuese un hábito contemplar y ser contemplado, viendo y escuchando, repasando los sucesos del día y de la vida. En un acto que tenía mucho de constancia y de tranquilidad, los moradores de las casas sacaban las sillas y mecedoras a la banqueta junto a la puerta de entrada para reunirse, realizando la más normal y explícita de las convivencias: platicar en familia, al arrullo del canto de los gallos y de las risas de los niños juguetones.
Solas… nada más solas… quizás mantequilla, quizás aguacate… quizás lo que fuera… pero más bien solas… nada más tortillas de harina; no había más. En aquella casa todo era austero… el diario era escaso y se compraba sólo lo que se consumía. El espectáculo hogareño y de hacer tortillas de harina invadía de aroma las casas y también todo el pueblo. Era el principio y el fin, matutino y vespertino, de la felicidad hogareña. Podía no haber nada más para comer, pero si había tortillas de harina, en cada rostro el regocijo se manifestaba.
Por todo lo que va del siglo así ha estado… sombras y árboles, nubes y pájaros… un pedazo de tierra cada vez más apartado por los cambios a su alrededor. Más que la casa, es el lugar; más que el lugar, es el tiempo; más que todo ello, es la vida y los recuerdos de su dueño que ahí habita.