En el documento de compra-venta a través del cual el Lic. Francisco De la Calancha y Valenzuela adquieren 24 sitios de ganado mayor a partir de la bajada de la cuesta de los Picachos “y de allí en adelante lo que alcanzare, a las afueras de Sabinas, camino y habitación de los indios alazapas”, se hace la referencia más directa de los pobladores aborígenes de esta zona: los indios Alazapas.

Los Alazapas, habitantes de ríos, arroyos, serranías y cuevas fueron los primeros que tomaron durante siglos agua de los ricos veneros del manantial.

El manantial del Ojo de Agua prestó su “liquido a los fundadores para uso de boca y manos, así como para riego de sus parcelas, y más tarde para el beneficio de dos haciendas de metales que extraían de los fundos mineros, “La Mediqueña” en el propio cerro del Ojo de Agua y de Minas Viejas de la Sierra de Lampazos”. Los primeros pobladores del Real de Santiago de las Sabinas se establecieron en este lugar desde 1692, por obra y gracia de los beneficios que brindaba el manantial del “Ojo de Agua”.

El manantial dio origen desde 1692 a un sistema de acequias sobre ambas bandas del río. El agua de las acequias era utilizada en ocasiones en el funcionamiento de las haciendas para el beneficio de los metales, pero principalmente dicha agua servía para el regadío de las labores, pues a la población se le mercenó ”tierras de pan llevar y pan coger cultivando frutos que la misma produce a costa de sus afanes”.

El manantial del Ojo de Agua ha dado vida, trabajo y bienestar a los pobladores de Sabinas Hidalgo.

Desde 1692 en el primer poblado, las labores de San Francisco Javier, del Padre Francisco de la Calancha y Valenzuela, posteriormente pertenecieron a la Compañía de Jesús.

En 1693, cuando “el General Ignacio de Maya (fue) el fundador del Real de Santiago de las Sabinas que llegaron a estas tierras con cuatro carretas cargadas de herramientas, treinta cargas de maíz, de harina y ganado mular manso, caballar y una buena partida de vacas, se establecieron en las haciendas de beneficio de metales y solares para los vecinos sobre la banda norte del río”.

Entre 1746 y 1760, surgen y se desarrollan las haciendas: Larraldeña, la Floreña y Lozaneña, así como las labores en los terrenos ibarreños, lafiteños. Toda esa actividad productiva más la vida cotidiana de los vecinos, en sus solares, tenía como base el manantial del Ojo de Agua.

Desde fines del siglo XVII, durante los siglos XVIII y XIX y las primeras tres décadas del siglo XX el manantial del Ojo de Agua fue un altar sagrado de la naturaleza, protegido por un bosque silencioso y verde, donde el agua brotaba y corría a través de un claro arroyo para caer en el río, siendo después tomada por las acequias. De esa manera el Ojo de Agua ha esta siempre en lo más intimo de la historia de Sabinas.

El 22 e junio de 1839, el Ayuntamiento ordena “que desde el Ojo de Agua, por uno y otro lado del río, de la orilla del agua y en distancia de 25 pasos, no se podrá cortar ni un palo ni rama, por el noble perjuicio que se origina a las aguas, despejándolas de la sombra que la naturaleza les dio a las vertientes”. Este mismo acuerdo incluía la orden de que el Ojo de Agua fuera cercado por una barda de piedras. “…rodeándolo bien para que los animales no trillen ni sieguen las vertientes”.

En 1928, en el terreno alejado y virginal paraje del Ojo de Agua, se realizó la construcción de un bello y discreto parquecito, con sus blancas bancas, puentes, plaza, etc.

Esta obra permitió el hacer “sociable” los paseos del Ojo de Agua. Siendo bautizado el lugar con el nombre de “Parque de Chapultepec”, nombre que no recibió confirmación, más que en la pequeña placa de cemento que esta colocada en el piso de la plaza. La gente le sigue llamando “Ojo de Agua”.

Durante la alcaldía de Carlos Solís 1946-1948, se realizó la construcción de la primera alberca, con la cual el lugar pasó a ser definitivamente un centro “sociable” para todo tipo de paseos. La alberca fue ampliada por Ayuntamientos posteriores, así como también se ampliaron los accesos interiores al paraje.

Hasta fines de la década de los cincuentas los paseos al “Ojo de Agua”, a la “Turbina” y al “Charco de Lobo”, eran asunto realmente campestres, de contacto directo y vivo con la naturaleza, caminatas por veredas y de andar y desandar a pie los 4 ó 5 kilómetros del pueblo a esos lugares, sin existir el asfalto de por medio. Esto terminó con la inauguración de la carretera Sabinas-Villaldama, en 1961.

Desde 1961, los rústicos caminos son devorados por segundos y minutos, el ruido de los motores se apoderó el ambiente, se abren caminos exprofeso para los vehículos, se va a esos lugares a estar, pero sin sentirlos, y sobre todo, tiende a sentar sus reales la princesa gris de la industrialización y el comercio: la basura contaminante. Pero afortunadamente hasta ahora, la fuerza disolvente del agua, el rodar de las piedras y el diario trabajo de los zopilotes no ha permitido que la princesa gris se apodere de ese reino natural.

De 1928 en adelante la historia cambia en el paraje del Ojo de Agua. El sigue dando bondadosamente su preciado líquido, para los mismos usos de siempre, pero el lugar, el altar de la naturaleza que era antes, ha sido trastocado:

  • Se perdió el silencio, el hombre lo hizo huir y trajo en cambio el desasosiego.
  • Se golpea el arroyo con desperdicios y se ahoga su voz cantarina con ruidos consumistas.
  • Ser terminaron las parras silvestres, huyeron las ardillas juguetonas y los pájaros.
  • Se terminaron los lampazos, ¡las pequeñas selvas de lampazos!
  • Se doblaron y quemaron grandes árboles y sabinos.
  • Se esparció la selva de cemento y asfalto y el ruido de la conformadora elimina montes en los alrededores.

El manantial y sus mil veneros siguen y seguirán siendo bondadosas, pero el hombre de estas últimas décadas ha introducido cambios materiales que tienden a afectar la ecología en ese lugar. Ningún de las obras que se han hecho a partir de 1928 han tenido ese propósito, al contrario, se ha hecho en el afán de utilizar mejor el agua y de prestar servicio de recaudación y esparcimiento a los paseantes, más de entonces a la fecha ha llegado el momento de reflexionar… ¿Qué le damos el cambio al Ojo de Agua? ¿qué aseo realizamos a sus rincones, arroyos y caminos? ¿cómo protegemos sus viejos sabinos? ¿cuántos árboles sembramos?…

Hasta aquí, una cronología histórica sobre el Ojo de Agua, abarcaría los siguientes capítulos:

  • Antes de 1692, cuando era parte de “el camino y habitación de los indios Alazapas”.
  • De 1692 a 1927, el paraje del Ojo de Agua en su estado natural y su sistema de acequias. 1928 (20 de mayo), se inaugura el “Parque de Chapultepec”.
  • 1932-1934 se hace el canal, la primera y la segunda turbina.
  • 1946-1948, se introduce el sistema de agua potable, teniendo como base el canal del Ojo de Agua.
  • 1947, se construye la alberca que es ampliada en posteriores administraciones.
  • 1961, con la inauguración de la carretera Sabinas-Villaldama, el “Ojo de Agua, la Turbina y el Charco de Lobo” se incorporan cada vez más a las costumbres urbanas.

A través de estos capítulos se puede estudiar también la historia de Sabinas Hidalgo, pues el trabajo agrícola y ganadero, el desarrollo industrial, los problemas de antagonismo entre distintos de la población, tuvieron como base el agua que fluye del manantial.

Las descripciones geográficas, demográficas o económicas sobre Sabinas Hidalgo, tenían siempre una referencia importante al manantial del Ojo de Agua, durante los siglos XVII, XVII y XIX:

“El mineral del Santiago de las Sabinas, cuenta para beneficio de los metales con las aguas de un manantial”. Siglo XVII.

“El agua que conducen las acequias, proviene de un rico manantial que tiene capacidad para surtir a todas sus haciendas” Siglo XVIII.

“El Real y Valle de Santiago de las Sabinas, basan su profundidad en las bondades de un rico manantial” Siglo XIX.

Muy elocuentes es la descripción que en un informe oficial hace don José Gregorio de la Ybarra, el 17 de agosto de 1826, al hacer referencia al manantial: El Real de Santiago de las Sabinas tiene permanentemente este Distrito un Ojo de Agua hacia el poniente, a distancia de legua y media con ocho de ancho del que sale una abundancia de agua como de tres o cuatro barras cuadradas, la la que se divide en dos tomas formidables… El río y el Ojo de Agua forman un hermoso y delineable, frondoso río y alegre por la mucha palizada que abunda, como sabinos, nogales, álamos, anacuas, moras, encinos, ébanos, olmos, y demás árboles frondosos. Esta agua es delgada, muy clara, e suerte que ven los peces que abundan en sus profundidades de los piélagos y de consiguiente muy sana abunda el río de que se forma para abajo en toda clase de pescado y anguillas”.

Cien años después, otros sabinenses y visitantes foráneos continuaron esta crónica de don José Gregorio, al visitar el Ojo de Agua.



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