Profr. y Lic. Héctor Mario Treviño Villarreal Los primeros días de marzo de 1816, un grave peligró amenazó a la población, gran cantidad de indios hostiles merodeaban por las riberas del río Salado. Los exploradores del destacamento militar, afirmaron que no eran pacíficos, situación que se confirmó al reportarse varios ataques y depredaciones en ranchos cercanos. Por el número de ellos, se pensó que su intención era saquear el Real, el cual en esos momentos mostraba una importante mejoría en su casa, aunque aún no era posible hablar de un nuevo auge. Durante todo el mes, grupos reducidos de aborígenes incursionaron a robar ganado y comida, los vecinos como pudieron, trataron de proteger sus pertenencias y a sus familias. El temor creció en la medida en que día a día llegaron más y más, según los informes, eran de distintas naciones, incluso de algunas partidas muy al norte. De todas partes se notificó la huida de infinidad de naturales de servidumbre, se pensó que tal concentración era parte de una rebelión masiva, algo similar a lo ocurrido en 1811, con el alzamiento de las tribus ayaguas y garzas a favor de la independencia.

Francisco Lazarte, subdelegado del lugar, trató por todos los medios calmar a la gente, la cual estaba muy inquieta y empezaba a emigrar para Sabinas. Por otra parte, el Comandante del Segundo Escuadrón de Milicias, Andrés Mendiola, mandó un oficio urgente al Comandante General de las Provincias Internas de Oriente, Brigadier Joaquín Arredondo y Mioño, pidiendo ayuda. En él dijo que “Nunca antes había visto reunidos a tantos indios.”1

Se movilizaron lugareñosy se solicitó auxilio al presidio de la Punta de Lampazos, mientras el apoyo llegaba se despachó a varios individuos a observar los movimientos realizados por los “salvajes”. Juan Longoria, conocedor de la región, logró acercarse lo suficiente en su mula, no conforme, se arrastró entre los matorrales para tener una mejor visión, todo parecía indicar que era una reunión de altos jefes, pactando algún tipo de alianza. Pensar en esa posibilidad, preocupó al extremo a las autoridades y colonos, significaba una nueva guerra, donde seguramente llevaban las de perder. Los más viejos del Real, aseguraron “que no había porque alarmarse, que si la intención de los nativos hubiera sido agredir, en esos momentos no se estuviera especulando.”2Otras personas hablaron de bailes y ceremonias efectuadas durante el día y la noche, de grandes fogatas que encendían cada vez que sonaban los tambores entre extraños gritos. Los días pasaron, el panorama no cambió, los esfuerzos llegaron armados hasta los dientes, el pueblo siguió a la expectativa.

La mañana del día 20 de marzo, los hombres de avanzada comunicaron que los aborígenes se habían marchado, desapareciendo el riesgo.

Circuló la versión de que se fueron rumbo a Piedras Pintas, Parás, lugar donde se presume realizaban rituales sagrados. Sin embargo, no hemos encontrado aún testimonios documentales que confirmen tal hipótesis. Lo ocurrido ese mes, no pasó de ser un mayúsculo susto, pronto las cosas volvieron a la normalidad, el centro minero continuó en su habitual forma de vida y explotación.

1 A.G.E.N.L. Correspondencia de Alcaldes Primeros de Vallecillo. 1816.

2 Idem.

Mario Treviño



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