Profr. y Lic. Héctor Mario Treviño VillarrealEn 1783 Matías Gálvez substituye a Marín de Mayorga en el gobierno de la Nueva España. En ese periodo, el Real de Minas de Vallecillo tuvo un respiro y se mantuvo la tranquilidad y paz, gracias a que aumentaron los destacamentos militares, y se dispuso la existencia de tres compañías volantes de cien hombres cada una, con base en la Punta de Lampazos, para vigilar los movimientos de indios y extranjeros.

Durante esta administración, “fueron numerosos los procesos abiertos en los juzgados, de los de más resonancia tenemos (...) el debido de réditos, entre el Presbítero Pedro José de Treviño y Antonio de Ayala del Vallecillo, acusando aquél a éste.1

Por otra parte se reglamentó la contribución que se debía pagar en el reino para el establecimiento de pulperías (tienda donde venden artículos diversos para el consumo, excluyendo la lencería). Según la Real Ordenanza de Cabildo, dichos impuestos quedaban sujetos a inspecciones.

Varias fueron las solicitudes encaminadas a pedir licencias para estos establecimientos en este tiempo, en virtud de las necesidades de la población, las cuales en su mayoría fueron aprobadas, otras se rechazaron por no haber cumplido con los requisitos, principalmente fiscales y de sanidad.

En el año de 1788 en informe del gobernador, se establece que en la mayoría de las poblaciones del Nuevo Reino de León, o cuando menos en las más importantes existían alcaldes ordinarios. No así en la de la Punta de Lampazos donde el encargado del orden era el Comandante del presidio.

El Real de Vallecillo siempre tuvo alcalde, aún en sus peores tiempos, cuando se encontraba casi despoblado, quienes informaban de todo tipo de incidencias en esos lugares y se encargaban de hacer respetar las Reales Ordenes de la Capitanía General de las Provincias Internas.

Un grave problema de sanidad e higiene se suscitó en Vallecillo, el cual trascendió a las autoridades, en el sentido de buscar una solución inmediata y proveer cualquier situación o caso similar en los demás pueblos del reino, tratando de establecer ordenanzas generales para control de la capitanía general y para salvaguardar la salud e integridad física y moral de los habitantes. Tal aspecto se desprende de la solicitud con carácter de urgente que presentaron los vecinos de Vallecillo pidiendo autorización para establecer un panteón público fuera de la comunidad, pues resultaba insoportable para los fieles acudir con regularidad a recibir los santos sacramentos a raíz de la muy arraigada costumbre de enterrar a los difuntos en la iglesia y a la constitución física del suelo que en esa región evita una sepultura adecuada. Provocándose fétidos olores al quedar algunos restos humanos al descubierto y al aumentar el número de personas sepultadas dentro del templo.

Para dejar bien claro la urgencia de dicha solicitud, el subdelegado del Real Don Santiago Vedia y Pinto, mandó el testimonio de algunos vecinos, entre ellos el de Francisco Beltrán Lazarte. “Que es cierto que en varias ocasiones, estando en los divinos oficios, ha visto salir el aire libre y que le ha sucedido lo propio al exponente, y que también ha visto sacar de la iglesia a una que otra persona desmayada a la ventilación; y que es cierto que por ser el piso natural de la iglesia de piedra firme, no descienden los restos de los muertos a la profundidad necesaria para abrigarlos en su seno; sino que se embeben en la escasa tierra de los sepulcros, convirtiéndola en casi lodo y retrocediendo hasta su superficie de que resulte mancharse el pueblo la ropa cuando se arrodilla, con la misma grasa de los sepulcros.2

Referencias

  1. COSSIO, David Alberto. Historia de Nuevo León. Evolución, Política y Social. Monterrey, N.L. Ed. Cantú Leal. 1925. T. 3. p.233.
  2. ROEL, Santiago. Nuevo León Apuntes Históricos. Monterrey, N.L. Impresora Bachiller, S.A. 1985. p.85

Mario Treviño Villarreal
CIHR-UANL



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