Profr. José Mario Elizondo MontalvoDe la revista Hidalgo del mes de Agosto y Septiembre de 1954 Don Carlos Caballero Villagomez originario de Salamanca, Guanajuato es el autor del presente artículo.

Don Carlos Caballero Villagomez ocupó la Secretaría del Ayuntamiento de Pesquería, N.L., en varias ocasiones y es el autor de la primera monografía de este municipio la que titulo Apuntes para la Historia de Pesquería.

El milagro del Santo Niño (1)

Esto paso en el año de 1914 en plena era revolucionaria. Había en el pueblo de N--- una familia allí avecindada accidentalmente, perteneciente a una compañía de Teatro que se había desorganizado por falta de recursos para moverse; pues las entradas habían sido malas durante la temporada de su actuación y el conjunto de artistas era muy numeroso.

Esta familia se componía de cinco personas: el matrimonio y tres hijos; un hombre y dos mujeres. El señor Don “Inocente” que era mas diablo y marrullero que el mismo Lucifer, era el jefe de aquella familia y ya con anterioridad era bien conocido en el pueblo por haberlo visitado con frecuencia como agente de máquinas de escribir.

Doña Sinforosa, su esposa, aparte de muy buena artista, era una virtuosa e ingenua mujer sin malicia, (cosa rara entre la gente de teatro) católica hasta el fanatismo y creída cuanto le contaban.

El joven Homero, el varón de la familia, era un grandul de siete suelas tramposo y estafador y no se ocupaba de nada, mas que de quitarle a éste y al otro lo que necesitaba; eso si, a cambio de recitarles poesías o trozos de drama en verso; pues se las echaba de poeta queriendo hacer honor al nombre que llevaba, queriendo imitar al gran poeta griego autor de La Ilíada y La Odisea.

Las dos muchachas, que, entre paréntesis, no eran feas y tenían cierto atractivo, eran la presunción personificada, pero a pesar de estos defectos o cualidades, eran buenas personas y su buen trato y educación les habían conquistado amistades.

Aquella familia vivía, pudiera decirse de milagro; pues nadie trabajaba en nada y solo tenían algunos ingresos de dinero, cuando entre sus amistades organizaban alguna función de teatro de aficionados, tomado ellos, naturalmente, los mejores papeles y luego con esos ingresos se dormían en las pajas y, a “echar tipo” y nada mas.

No era posible con aquellos pocos ingresos, subvenir a sus necesidades y hacer el gasto que originaba su movilización hasta el lugar de su origen, que dios sabe de donde serían.

Así las cosas pasó el tiempo y estallo la Revolución. Don Inocente no cesaba de recurrir a la Presidencia Municipal, en busca de “chamba” y a leer el periódico del día para enterarse de las noticias del movimiento armado.

Había en el pueblo un grupo de individuos que formaban la defensa social que había organizado por orden del gobierno, y don Inocente aprovechaba aquella oportunidad que se le presentaba, solicitó la plaza de instructor militar; pues según decía, tenía su grado de Coronel retirado y de allí sacaba el diario para su familia: $ 1.10, un peso diez centavos, pero ya era algo.

Un buen día llega por allí una fuerza revolucionaria de la gente de Benjamín Argumedo y la “Defensa Social” se esfumó como el humo y Don Inocente se esfumó también.

Nadie sabía qué habría hecho del pobrecito de Don Inocente; ni en su misma casa lo sabían y empezó alarmarse la familia; pero buscando por aquí e indagando por allá, cundió por todo el pueblo la alarmante noticia de que Don Inocentito estaba preso en el cuartel.


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