Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño Villarreal

Al cabo la muerte es flaca y no ha de poder conmigo; a mi no me espantan el muerto, ni aunque salga a medianoche; a ver a un velorio y a divertirse en un fandango; ¡Ay muerte no te me acerques que estoy temblando de miedo; cayendo el muerto y soltando el llanto como muera yo, en la raya, aunque me maten en la víspera.

La muerte presente en los refranes mexicanos; así en nuestro pueblo, juega y ser ríe con la muerte, pero al verla cerca le teme, se asusta, sin embargo, mientras llega: a jugar y a reír a sus costillas, a dibujarla, pintarla, hacerla de cartón, madera, azúcar, a convertirla en caricatura.

En el desdén y el desprecio subyace el respeto, el temor, el no saber que hay más allá de la muerte, aunque las religiones nos prometen paraísos o infiernos según haya sido nuestro comportamiento terrenal.

Por lo pronto, se acerca ya el 2 de noviembre, el día de los muertos y ritualmente hay que cumplir con los que ya se fueron: limpiar las tumbas, colocar ramos de flores o coronas, recordar al ausente, elevar una oración en su memoria.

Luego, reunirnos en las casa de algún familiar darle duro a la comida y a la bebida, contar chascarrillos y sucesos donde haya intervenido el que ya se fue, mientras tanto, los vendedores de elotes, naranjas, cañas, cerveza, carne, flores, coronas y taxistas, entre otros; bendicen los billetes ganados en ese día.

Así, es la faena cotidiana: el muerto al pozo y el vivo gozo y algunos al negocio.



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