Profr. Salvador Garza Inocencio

Allá al final de la calle Ignacio de Maya, allá por donde sale el sol y frente a una pequeña explanada, vivía ella; rodeada de plantas y árboles, una enorme palma mudo testigo del paso del tiempo y de la existencia larga de Rita, pues el Supremo la bendijo con más de un siglo en esta vida...

Profr. Salvador Garza InocencioAllá al final de la calle Ignacio de Maya, allá por donde sale el sol y frente a una pequeña explanada, vivía ella; rodeada de plantas y árboles, una enorme palma mudo testigo del paso del tiempo y de la existencia larga de Rita, pues el Supremo la bendijo con más de un siglo en esta vida. Su cuerpo pequeño, su corazón grande, su cara amable y buena, sus manos trabajando siempre ora haciendo abanicos de hojas de palma, ora atendiendo sus “matas” como ella se refería a sus hermosos rosales. Aquel lugar era bello, no solo por lo policromía del paisaje, sino por el carácter afable y la bondad que había en el corazón de aquella mujer; el barrio todo se congregaba en el centro de aquella explanada, donde coincidían las calles de Ignacio de Maya e Hidalgo; sí, aquella explanada que al caer la tarde estaba bien barrida y buen regada, con el olor a “tierra mojada” después de una llovizna veraniega.

La hora de la plática de las ocho a las nueve y media de la noche. Ella era el personaje central, su voz suave y sus certeros comentarios sobre los sucesos del día, ambientaban noche a noche aquel lugar. Aquella época en que se iniciaba la televisión a color, en aquellas televisiones de pantalla casi redonda donde se veían programas como: “Hawai 5-0”, “Las Calles de San Francisco”, “El Gran Chaparral”. Muchas veces vimos a Rita Villarreal y sus vecinas platicar en la tarde-noche en aquellas grandes mecedoras de palmito, allí la visitaba mucha gente y con gran frecuencia Fernando, Lilia, Lupe, Leonel y la Chacha. Hoy vino a nuestra memoria la bondadosa imagen de Rita Villarreal.

Garza Inocencio



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