Francisco J. Echazarreta¡Como hay días que uno recuerda de su niñez!

Como aquel domingo que estando jugando con un par de amigos. Nos encontrábamos, bajo el puente Sabinas. Las bases de apoyo, de un extremo y otro, cubiertas de piedras simulando un resbaladero, y ahí, debajo del puente, en los soportes y vigas de acero… escritas mil y una majadería…

Si tu eres un gran poeta y en el viento las compones...”, etc.;

Ver y oír pasar los tráileres y camiones los cuales cimbraban el puente.

En esa época (1958) existía un gran pozo hecho por máquinas hacia el lado sur del puente, en la parte baja; este pozo se encontraba lleno de “agua verdosa” que te invitaba a reflexionar que a muy pocos metros existía agua.

De pronto una sirena de carro de bomberos pasa sobre el puente “aullando” fuertemente y a correr detrás de ella y vemos que toma la calle Escobedo, la hora, 6 de la tarde. Al llegar hasta Porfirio Díaz. ¡oh sorpresa! La escuela se había quemado, solo habían pasado 15 minutos de cuando pasó el camión de los bomberos a cuando llegamos, pero ya sólo se veía humear los techos y salones, ya casi atardecía y la pérdida había sido total.

Se había acordonado el área de tal modo que en mi calidad de niño no me dejaban pasar, solo veía aquel gran portón de malla alta que daba hacia el norte y se observaba en el patio central una montaña de bancos de madera apiñados; los bomberos poco pudieron hacer ya que el fuego había sido “sofocado” con voluntarios del mismo pueblo.

Esa noche, al ir a dormir, repasaba las imágenes y no les daba crédito a lo que había pasado... Cómo era posible que aquel bello edificio, donde me habían enseñado el óvalo, la lluvia y todas las vocales, aquel salón donde mi amigo “Poncho” brincó la ventana por no querer estudiar, y aquella ola de madera en el patio central, hubiera desaparecido.

Fue muy corta su existencia, si acaso veinte y tantos años, y ha sido tan largo olvidarlo, pues ya este febrero ha cumplido mas de medio siglo de haberse incendiado.

Sin embargo y en una forma utópica y como en este poblado suele suceder, murió el varón y se quedo la viuda observando una estirpe, un hijo, la nueva construcción de edificio. En ella nació una nueva forma de educación, puesto que a partir de su nacimiento se crean los grupos mixtos y aquel concepto de la “Manuel” para los hombres y la “Teresa” para las mujeres, los “Colegios” se perdía.

¡Cómo hay días que recuerda uno de su niñez!

Edificio de la escuela Manuel M. García consumido por las llamas
 

C O M E N T A R I O S

Domingo Dos de Diciembre del año de Mil novecientos cincuenta y ocho cuando se siniestró.

Observen el monumento de Don Manuel M. García que aparece al lado izquierdo de la foto. El busto que adorna los patios fue inaugurado en su honor, por 1942. Atrás terminándose de quemar el área poniente de aquella bella pieza de edificio. Los cubre-vientos que en esa época rodeaban la manzana fueron los mudos testigos y para cuando menos lo piensas aquello estaba envuelto en llamas.

Luego comenzó la demolición y con ello despejar toda el área tan llena de historia, sillares y vigas fueron retirados. Se planeo una nueva construcción esta de corte modernista prefabricada y orientada como la nueva forma lo dictaba para el aprovechamiento de la luz solar.


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