Francisco J. EchazarretaSiempre he tenido la idea de que los árboles son como almas y que nos contemplan. El mezquite de mi barrio siempre estuvo ahí pegado al piso, amarrado al suelo, como queriéndote decir “saben que” “soy de aquí y de aquí no me muevo”.

Su sombra siempre nos favoreció para descansar de los ajetreados juegos de beis-bol que ahí realizábamos, su goma imaginaba que era como lagrimas que le salían cuando le golpeaban su grueso tronco.

El mezquite

Sus frutos, vainas dulzonas, las disfrutábamos subiéndonos a las copas en temporadas, muchos veranos, aunque uno o dos años de esos de juventud, unos intrusos nos robaban el poder disfrutar de su sombra y de sus frutos, ¿quiénes? pues los Húngaros o gitanos. No se como llegaban pero una mañana ya estaban ahí, sentados alrededor del tronco, tendiendo las “carpas“ junto al camión que los transportaba.

Las mujeres muy extrañas, faldas largas hasta el suelo, con aretes grandes y paliacates a la cabeza, los hombres casi “perezosos” acostados en las hamacas o catres que traían, parecía ser como si la obligación de manutención corriera a cargo de las mujeres pues estas salían a conseguir las cosas, la comida,o a adivinar la suerte casa por casa.......

“Tu mano, me dice que tendrás una larga vida”

“Si me pones unas monedas en la mano te diré tu futuro”

“Pronto recibirás una gran sorpresa”

La sorpresa, pues de que ya no tenias el anillo de tu mano o algún faltante en la casa, como si poseyeran un poder de hipnotismo sobre las personas. Luego regresaban al campamento, ponían lumbre y cocinaban; nosotros desde lejos observábamos sus movimientos, un poco enojados por tener nuestro territorio de juego y distracción invadidos (Entre otros amigos, recuerdo a nuestro cronista Héctor Jaime Treviño).

Y es que no tengo muchas ni muy gratos recuerdos de los Húngaros, alguna vez, una mañana al verlos retirarse, vi un “ritual” de azotar contra el tronco de aquel robusto mezquite un gato, una y otra vez… escenas de brutalidad las cuales no he podido olvidar…

Un día, el antiguo dueño de este solar Don Glafiro Montemayor, decidió bardearlo y los húngaros/gitanos no volvieron jamás a entrar, pero nosotros si podíamos seguir disfrutando de este terreno “Nada mas no me dañen el portón” nos decía, enfundado en botas y sombrero vaquero, como una figura del oeste.

Hoy que han pasado los años, busco la imagen de aquel gigante mezquite y no lo veo ¿dónde estas? ¿a, dónde has ido? no se cual fue su final, no se como murió o si no murió aunque hoy al recordarlo extraño un poco....... de su sombra.

Tal vez se fue siguiendo a los húngaros............. No creo

Tal vez cumplió su ciclo de vida y se fue a otros lugares, a otras estrellas,

Ojalá un día en otros tiempos y en otros lugares, podamos saborear su jugosa fruta y su inolvidable... sombra.

Siempre he tenido la idea de que los árboles son almas y de que nos contemplan.


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