En cierta ocasión llegó a casa del escritor francés Anatole France (1844-1924), un joven escritor y tuvieron una amena charla; el novicio le dijo: Considero que usted es el mejor escritor de Francia y uno de nuestros hombres más famosos.

El laureado escritor contestó: "Es posible, pero, he cumplido ya los setenta años y el médico me ha prohibido, entre otras cosas, el tabaco, el vino y el amor, lo único que no me prohibe es escribir libros.

El tabaco y el vino son dos vicios y no se los aconsejo, el amor sí, disfrute del amor ahora que está a tiempo; hágalo de día y de noche, en cualquier sitio y en cualquier época del año; viva sólo para eso, todo lo demás es vanidad, humo e ilusión. Hay una sola ciencia buena; el amor. Una sola riqueza buena: el amor. Y una sola política que puede salvar al mundo: el amor".

Con esta anécdota queremos ilustrar el significado tan profundo de esta palabra de cuatro letras.

Cuando se está enamorado la dimensión del mundo es otra, el corazón late más de prisa -dicen algunos- y el cerebro, se atrofia. Que hermoso sentimiento... es el motor que mueve al mundo, es la medicina que calma, que alivia, que impulsa, que motiva, cuántas cosas no se hacen por y para el amor.

Sabemos perfectamente que toda relación amorosa conlleva como condición sine qua non, el dolor, si se trata de una relación de pareja, aunque, el amor filial, materno y paterno tampoco está exento de sufrimiento.

Los grandes hombres y mujeres partícipes en las diversas etapas de la historia, fueron seres humanos que amaron, seres de carne y hueso, cuya glorificación los ha llevado a ser considerados como semidioses, héroes que la historia oficial los ha despojado de la ciudadanía del amor.

Fueron hombres y mujeres con toda la grandeza del ser humano, pero también con todos sus miserias; baste recordar el sonado episodio de nuestra historia regional, cuando al fundador de la ciudad Metropolitana de Monterrey don Diego de Montemayor, su mujer Juana de la Cerda o Porcallo "le hizo de chivo los tamales" con el también colonizador y aventurero Alberto del Canto, pertinaz enamoradizo y conquistador de mujeres.

A don Diego, lo consideran los chismosos de la historia, como el primer cornudo reconocido de la región noreste, mientras que a Del Canto lo han tildado como el primer "sancho" de la región; claro, al ser hombres públicos, su inclinaciones en el arte amatorio fueron del conocimiento del grueso de la población y sus devaneos han llegado a nuestros días, a través de los amarillentos papeles depositados en los archivos.

Acaso se pueden negar los amores de don Miguel Hidalgo y Costilla, nuestro Padre de la Patria, quien tuvo relaciones con diversas mujeres, las cuales procrearon varios hijos del venerado cura; o los escarceos amatorios de don José María Morelos y Pavón el otro sacerdote y gran caudillo del movimiento independentista.

Conocido es el hecho de que Agustín de Iturbide desvió el desfile de la Consumación de la Independencia por las calles de la ciudad de México, para poder ver a la famosa Güera Rodríguez, bella dama que hacía sufrir al emancipador.

Don Porfirio Díaz casó en segundas nupcias, ya viudo, con Carmelita Romero Rubio, con la salvedad que el viejón tenía 51 años y Carmelita 17; es decir en estas cosas del amor y la pasión, no importan las edades y cuando el corazón, tirano disfrazado, como dice una popular canción, se vuelve a enamorar, no hay razón que lo haga cejar en el intento.

Cuantos amores, cuantas anécdotas hay sobre los amores y relaciones tormentosas en los héroes y figuras de la historia universal: Napoleón y Josefina, Cleopatra y su colección masculina, Mesalina y Lucrecia Borgia desatadas en las artes amatorias, en fin pudiéramos hacer una enciclopedia sobre el tema.

El amor entre seres comunes y corrientes, como usted y como yo, es cosa de todos los días, a ese gran amor le rendimos culto, hay que amar, seguir amando, a pesar de todos los pesares.


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