Profr. Otoniel Arrambide VillarrealDisfrutar el poder es muy agradable y más cuando se llega a él con el noble propósito de servir a nuestros semejantes, de darle solución positiva a los diversos problemas que a diario se suelen presentar, de poder extenderle la mano amiga a quien lo necesite, de presentar la mejor de las sonrisas, brindar excelente trato a quienes nos rodean; en resumen, de cultivar las buenas relaciones humanas, olvidando viejos agravios y tratando por igual a todos sin importar sus creencias religiosas, ideologías políticas, posiciones sociales, preparaciones académicas, etc.. Como resultado de ello, quienes detentan el poder, se sienten realizados, a la vez que muy satisfechos de sus actuaciones en el desempeño de sus funciones; porque ostentar el poder es un orgullo, un alto honor aunado a una gran responsabilidad, dependiendo que al final de la jornada se cosechen buenos o malos recuerdos de quien ejerció el poder en cualquier cargo, por más simple que éste sea.

Bien sabemos que quienes están ejerciendo el poder, les sobran amigos y falsos aduladores, los que con el afán de quedar bien con su jefe, tratan de complacerlo en todo, proponiéndose en ocasiones adivinarle hasta el pensamiento, adelantándosele en sus deseos o preferencias con tal de ganarse su confianza. Aquí cabe mencionar aquella anécdota que le sucedió a uno de nuestros Presidentes de la República, cuando al preguntarle a uno de sus colaboradores mas cercanos: ¿Qué hora es? respondiendo: "Las que Usted diga Sr. Presidente"; pero cuando ya está próximo el fin del mandato, muchas de estas personas que lo obedecían en todo, dejan de hacerlo en parte, llegando en ocasiones a contradecirlo en algunas indicaciones u órdenes que les daba. Es por eso que tienen mucha razón quienes dicen que los verdaderos amigos se suelen contar con los dedos de las manos y que en muchas de las veces sobran algunos de éstos. Por lo regular quien deja el poder, queda hasta cierto punto en el olvido por parte de muchos de quienes se decían ser sus amigos, proclamando aquella trillada exclamación de: ¡Muera el rey, viva el rey! para continuar con la adulación para con su nuevo jefe. Esto sucede en la vida real, por lo que quien va a dejar el poder, debe prepararse anímicamente para cuando se llegue ese momento y verlo como algo repetitivo y normal, ya que todo lo que tiene principio tiene también su fin.

La historia nos ilustra con muchos ejemplos de hombres poderosos que al concluir sus funciones, son relegados por la sociedad por la que tanto lucharon y se esforzaron; caso concreto el del gran emperador francés Napoleón Bonaparte, quien después de haber sido amo y señor de mas de media Europa, su buena estrella empezó a declinar después de una gran cantidad de derrotas militares, siendo la última y definitiva la que le aconteció en Waterloo, entregándose a los británicos, siendo confinado a Santa Elena, una isla perdida del Atlántico Sur, de la que nunca salió con vida, viviendo sus últimos cinco años en ese lugar, añorando el poder y sin los amigos que lo acompañaron en sus épocas de gloria y fama de gran conquistador; sufriendo estoicamente un padecimiento estomacal que le produjo la muerte el 5 de mayo de 1821 a la edad de 51 años. Murió pobre, olvidado y alejado de quienes se decían ser sus amigos, por eso se dice que en política los amigos son de mentiritas y los enemigos de verdad.

Profr. Otoniel Arrambide Villarreal
Miembro de la Asociación de Escritores de Sabinas Hidalgo


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