Advierto, no tengo el afán de participar en los ámbitos de la información que los medios continuamente nos hacen llegar. Al igual admito que no quiero entrar al ámbito de las noticias amarillistas y tremendas que a fuerza de tanto escuchar y estamos expuestos, provocan un rechazo, hastío o incluso una actitud conformista ante los hechos que vivimos y padecemos en la actualidad. Más bien, haciendo una revisión hacia el pasado, me acaba de llegar un informe correspondiente al 12 de junio de 1830, del entonces alcalde de Santa Catarina llamado Teodoro García, quien escribió una carta al señor gobernador del estado de Nuevo León, don Joaquín García en el cual le da parte del hallazgo del cuerpo de una mujer completamente mutilado en el camino que va de Monterrey a Saltillo.

La noticia causó conmoción, sorpresa y tristeza en la región, en especial a lugares como Monterrey, San Pedro, Santa Catarina, Pesquería Grande y Rinconada. Todo comenzó cuando Joaquín Mireles, vecino de Santa Catarina, dio aviso a un regidor del ayuntamiento, en el cual le dice haber visto al cadáver de una mujer desnuda y sin cabeza, con múltiples heridas causadas por un arma blanca. El sitio en donde estaba el cadáver, fue en un lugar llamado Charco Verde, cercano a una casa que tenía el denunciante y de un jacal propiedad de Julio Morales. En consecuencia, el regidor del cabildo de Santa Catarina acudió acompañado por dos vecinos para dar fe del asesinato. Dice el documento que vieron “el espectáculo más lastimoso que en otros tiempos se ha visto, habiendo seguido el mismo regidor la huella de sangre hasta a distancia de diez pasos, donde estaba cubierta la cabeza de la difunta y tapada con unas lechuguillas, la cual regresó y en unión del cuerpo lo trasladaron a la cárcel de este pueblo donde se ha tenido públicamente para ver si se conoce persona de las que paran a verlo”.

No tenían referencias de la identidad de la mujer ni mucho menos sabían quien le había quitado la vida. Por lo que mandaron propios a Saltillo, Rinconada y otros pueblos de la región avisando del macabro suceso. De igual forma, dieron la orden de que diez miembros de la milicia cívica de Santa Catarina, recorrieran todo el camino, explorando bosques y mogotes existentes entre Santa Catarina y Rinconada, acompañados con uno de los testigos que vieron un día antes a la muerta en el Charco Verde. Por la forma en que ocurrió el asesinato, el gobernador don Joaquín García, consideró a “este crimen tan horrendo que la misma naturaleza se estremece al oírlo” y en consecuencia ordenó las averiguaciones correspondientes para ubicar al asesino lo más pronto posible. Hasta ahí la información de una carta que se puede ubicar en el Archivo Municipal de Monterrey, en la colección correspondencia, vol. 26, expediente 36. Desconozco si alguna vez dieron con el paradero de quienes arrebataron la vida a esa mujer, en un punto al que ubico posiblemente entre Santa Catarina y el Sesteo de las Aves.

Regularmente llegaban informes hasta las casas consistoriales de Santa Catarina, indicando la existencia de cuerpos heridos, abandonados o ya sin vida a lo largo del trayecto de Santa Catarina hasta Saltillo. Pero sobresale uno en el cual cuatro mujeres sufrieron abusos y violencia. El 6 de septiembre de 1863 llegó una brigada a Santa Catarina al mando del general Julián Quiroga y con ella, venían unas mujeres que fueron heridas en el rancho de Carvajal. Se les atendió en Santa Catarina y mandaron traer a Juan Saldívar quien se dedicaba a la medicina para que las curara. Pero por la gravedad del asunto, prefirió no intervenir y solicitó las trasladaran hasta Monterrey.

Algunos testigos residentes en la cuesta de Carvajal, dijeron que las cuatro damas venían atrás de la tropa. Ellos informaron al alcalde Mariano Rangel que no sabían la causa de sus males, pero dijeron oír los disparos que les provocaron daños a las mujeres. Una de ellas estaba embarazada y tenía una herida por la espalda. Otra tenía el orificio de bala arriba de la cintura. Al ser cuestionadas, ellas dijeron que andaban con la tropa; porque una seguía a su esposo y la otra al hijo que habían sido muertos en una acción en Puebla. Dijeron ser originarias de Villa de Santiago y por ello se sumaron al contingente para regresar a su lugar de origen y recibir el pago por sus servicios. Para mantenerse cerca de la tropa, ellas les preparaban las comidas a los militares, como “vivanderas”.

Cuando por fin arribaron a Monterrey, las llevaron al hospital para ser atendidas. Quiroga dijo que les había disparado solo para asustarlas pero que no les hizo daño. Es más, ya les había advertido de que no quería verlas en su tropa. Una de ellas dijo llamarse Cayetana Lara, originaria de Tepeji del Río. La otra se llamaba María Juana Lugo, originaria de México, sobrina de una de las heridas y que todas las mujeres estaban juntas en la mañana cuando fueron a dispararles. Afortunadamente las heridas fueron curadas por el doctor Gonzalitos quien dio la parte oficial de que los daños sufridos no eran de riesgo. (AGENL, Fondo Intervención Francesa de 7, 10 y 11 de septiembre de 1863)

Como se advierte, la historia es cíclica y continuamente vemos como los acontecimientos tienden a repetirse. Lo cierto es que ahora se debe viajar con cuidado y protección.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


Buscar en el sitio

Alazapa Tutoriales