Cerralvo, Nuevo León, la considerada cuna y origen del Nuevo Reino de León, se remonta al 22 de abril de 1582, cuando don Luis Carvajal y de la Cueva estableció la ciudad de León en un sitio muy cercano al Sabinal, como capital de aquel proyecto de colonización y pacificación del septentrión novohispano. Esa región comenzó a sobresalir precisamente seis años antes, cuando don Alberto del Canto promovió las minas de San Gregorio en honor al mineral situado en Mazapil, Zacatecas. Ambos proyectos desparecieron por diversos problemas. En 1630, la población resurgió como ave fénix, para llamarse villa de San Gregorio de Cerralvo, en honor del decimoquinto virrey de la Nueva España, don Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo.

Durante la etapa virreinal, Cerralvo junto con Monterrey y Cadereyta, fueron los tres puntos que hicieron posible las empresas de pacificación y colonización en el llamado Seno Mexicano. Un lugar que tuvo su presidio y su convento, con un sitio para fundir metales. Tierra feraz, rica y repleta de contrastes. Desde bosques en la sierra de Picachos hasta montes con vegetación semidesértica. El punto de enlace de Monterrey con Revilla y Mier, dos de las llamadas villas del Norte y con otros sitios que surgieron en sus alrededores, como la misión de Agualeguas, el Huizachal de los Canales, la Manteca, San José del Capadero y el rancho de Puntiagudo de los Chapas. Por ser polo de desarrollo regional, en 1984 fue declarada ciudad.

Lugar en donde los hombres y las mujeres saben que el trabajo y el esfuerzo son los únicos medios para progresar. Unos se fueron a Estados Unidos y otros para Monterrey y otras ciudades circunvecinas. Quienes se quedaron, honran su rico pasado haciendo frente a situaciones adversas y difíciles. Y esto necesariamente forja el carácter y templa el espíritu.

San Gregorio de Cerralvo, la tierra que vio nacer a don Roberto González Barrera el 1 de septiembre de 1930, hijo de don Roberto Manuel González Gutiérrez y Barbarita Barrera. Matrimonio ejemplar formado sacramentalmente en 1928. Su padre don Roberto Manuel se dedicó al comercio, y a las actividades repletas de iniciativas personales, como el cine del pueblo y el servicio de electricidad. Definitivamente que los tres conformaron una historia de trabajo y esfuerzo. Especialmente cuando Roberto a los once años se dedicó desde los oficios más sencillos hasta forjar una visión empresarial. Trabajó en el almacén de abarrotes de su padre, fue bolero en la plaza principal, vendedor de legumbres y hasta chofer en traslado de explosivos en Pemex.

Los dos Robertos, el papá como el hijo, revolucionaron el proceso para la industrialización de la tortilla, con la cual fundaron el Grupo Maseca (Gruma) el productor más grande de harina de maíz y de tortillas en el mundo y luego don Roberto se distinguió además por hacer de Banorte el grupo financiero más importante de capital nacional.

Cierta ocasión, don Roberto llegó a una tienda de víveres en Reynosa, Tamaulipas. Ahí vio un artefacto que se encontraba en un rincón. Se trataba de una máquina que molía el nixtamal seco para hacer tortillas. Junto con su padre la adquirió en 75 mil pesos y la trasladó a Cerralvo. Con ella, el 3 de mayo de 1949 arrancó la empresa Molinos Azteca, la primera planta de harina de maíz nixtamalizado del mundo. En 1965 abrió la planta en Guadalupe y en 1972 inició su internacionalización con una planta en Costa Rica y actualmente cuenta con 99 plantas en el mundo que comercializan sus productos en más de 100 países.

En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), don Roberto aprovechó el auge de la privatización bancaria y en 1992 al frente de un grupo de inversionistas se hicieron del control accionario de Banorte. Cuando lo compró, este banco era el segundo más pequeño del sistema y actualmente es el tercero más grande después de la fusión con IXE en el 2011. Todo con la intención de hacer de Banorte el banco fuerte de México. Don Roberto al frente de Gruma y Banorte, logró hacer un emporio y consolidar al único banco mexicano que se salvó, a diferencia de lo que no pudieron hacer otros empresarios propietarios de los bancos como Bancomer, Serfin y Banamex quienes vendieron sus acciones a grupos extranjeros. Por cierto, de la amistad entrañable entre don Roberto y don Raúl Salinas Lozano, Carlos Salinas siempre se refirió a don Roberto como su tío.

Fue un empresario comprometido con la sociedad. Entendía perfectamente el sentido de la rentabilidad social de la empresa. Llegó a formar parte del llamado grupo de los Diez, al que han pertenecido capitanes de otras empresas, como Cemex, Femsa y Alfa. Y lo más importante es que nunca se olvidó del pueblo que lo vio nacer, a través de apoyos y con obras de desarrollo social a través del Patronato para el Fomento Educativo y Asistencial de Cerralvo”. En una de sus últimas participaciones en público, lamentó lo difícil y complicado para recorrer y llegar hasta Cerralvo.

Don Roberto partió a la casa del Padre Eterno éste sábado 25 de agosto en la ciudad de Houston, Texas. A su muerte deja una compañía en crecimiento con adquisiciones recientes de otras empresas productoras de harina de trigo y tortillas de maíz como las de Ucrania y Rusia y la más reciente, una compañía líder en molienda de maíz en Turquía, además de la construcción de una planta en Florida, Estados Unidos. Y a Grupo Banorte como uno de los protagonistas del sistema bancario mexicano. Para Felipe Calderón Hinojosa, don Roberto es uno de los pocos mexicanos de tanto valor. Estirpe de trabajo y éxito para recordar.

Don Roberto González Barrera, está a la altura de otros capitanes de empresa, como don Eugenio y Roberto Garza Sada, Roberto y Adrián Sada, Humberto Lobo, Valentín Rivero, Aurelio González Henry, don pepe Calderón, Antonio Elosúa, los Guitérrez Muguerza, los Prieto de la ya desaparecida fundidora de Monterrey, don Ricardo Cantú Leal, los Santos de Hoyos, los González de Higueras, don Joaquín Vargas de Linares, los Chapas y los Benavides de Pesquería y Marín y muchos más que en éste momento no tengo presentes sus nombres. Y lo malo es que las generaciones se interrumpen, lamentablemente. Nos estamos quedando sin los hombres y mujeres que hicieron grande y fuerte a Nuevo León.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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