Dicen que cuando la leyenda se convirtió en historia y el mito en filosofía prácticamente inició la civilización. Curiosamente con Agapito Treviño, Caballo Blanco, la cosa ocurrió al revés. Primero un personaje histórico (de carne y hueso para ser más precisos) de mediados del siglo XIX, quien se dedicó al bandolerismo y en consecuencia, fue ejecutado en la antigua plaza del Mercado en Monterrey. Después de la muerte, Agapito se convirtió en leyenda y en un mito. Para que la leyenda se forme, necesita de un personaje, un evento y una situación inexacta. Las leyendas se forman en el inconsciente colectivo y con ello explican o justifican un hecho. No necesariamente debe corresponder al pasado o al hecho histórico. Tal vez, esté conformada por algunos elementos o rasgos históricos rodeados con un halo de misterio e incertidumbre, que lo hacen más atractivo para el púbico actual.

Son de siempre y para siempre y hasta se pueden contextualizar sin importan el tiempo y el espacio, pues el único requisito para que se convierta en leyenda, es que el recuerdo magnifique al hecho y lo reivindique. Por ejemplo, si era malo lo hace bueno. Si era adversario lo convierte en héroe y si tenía pocas posibilidades de sobrevivir, lo dotarán de cualidades excepcionales. Es cuando la leyenda adquiere un matiz de sobrevalorar al antihéroe que se reveló de su situación de pobreza e injusticia. Entonces cual bola de nieve, conforme avanza se hace más grande y formidable. Inició su carrera delictiva por que no había alternativa. Por eso, la tradición oral en la cual están incluidas las leyendas, son objeto de estudio de la antropología sociocultural.

Por ejemplo, se cree que Agapito era alto, apuesto, de tez clara. Algo así como la versión regional de Chucho el Roto y Robin Hood. Seguramente con novias y amantes por doquier. Diestro en el uso de las armas, en especial de la pistola y el cuchillo. Era una especie de centauro, una continuación humana encima de un caballo. No importaban las distancias y los imprevistos para cabalgar. Por eso, qué mejor que un caballo blanco, tan fiel y útil para las correrías y las aventuras. Y recuerden que el color blanco es el símbolo de la pureza. Es como si sus actos delictivos quedaran perdonados en consecuencia. El hombre con facultades racionales y espirituales, queda redimido en automático por las cualidades instintivas del animal. Lo mismo se aparecía rumbo al Huajuco, Santa Catarina, el valle de las Salinas o del Carrizal de los Ayguales, Monclova, Parras o Mier o incluso un poco más allá del Río Grande. Sea como sea, Agapito sigue cabalgando en la tradición oral, porque el pueblo lo ha colocado en el nicho de los héroes.

La leyenda nos presenta a un ser humano tan hábil y con la fortuna necesaria para sobrevivir. Pues cuantas veces lo atraparon, otras tantas escapó. Por eso las autoridades de la época recomendaron atarlo a un poste con cadena para evitar una nueva fuga. Todo lo que robó era para satisfacer las necesidades más elementales de quienes estaban expuestos a las injusticias y a la pobreza imperante. Un bandolero que lo mismo ponía a temblar a los militares y tropas volantes que a los rebeldes que mantenían en estado de zozobra e intranquilidad a nuestras poblaciones. Agapito era un ladrón bueno, que nunca mató, solamente dejaba mal heridos o escarmentaba a quienes robaba. Por algo debía ser. Les hacía cobrar por su karma. Y la indulgencia se alcanzaba cuando repartía el producto de sus hurtos.

Y seguramente robó tanto, que hasta dejó algo para sí. Es lo que ocultó en la famosa cueva del cerro de la Silla. Ahora, ¿en dónde está la cueva? Dicen que la cueva original está del lado de Guadalupe, a mediación del cerro. En una oquedad en la cual se pueden recorrer 15 o 20 metros, después ya no se puede pues se hace muy angosta, a menos de que se vaya uno gateando. Para llegar es cuestión de tomar la avenida Eloy Cavazos, da uno vuelta en la anteriormente llamada avenida México, ahora con el nombre de un tío de Eloy, el historiador e insigne cronista de Monterrey, don Israel Cavazos Garza; curiosamente quienes dicen ser descendientes de Agapito.

Llega uno a la colonia cerro de la Silla, hasta la última calle que colinda con el monte. Se recorren unos 50 metros y ahí está la entrada. Otros dicen que la cueva está por el rumbo de San Roque. Para otros es la cueva del Guano, próxima a la presa de la Boca y otros que en realidad está situada por el rumbo de la Estanzuela. Pero es difícil ubicarla y encontrar el tesoro, pues dejó una maldición que protege las ganancias.

Después de éstos cuatro escritos sobre Agapito: la vida del hombre, la película, el corrido y la leyenda, ¿Usted con cuál Agapito se queda?

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


Buscar en el sitio

Alazapa Tutoriales