Al comenzar la película “Cuando lloran los valientes” protagonizada por Pedro Infante, un narrador nos señala: “Este es el corrido de Agapito Treviño, Caballo Blanco. Los corridos nacen del pueblo. Son una historia hecha música de un hombre, de una fecha, de un suceso escrito con sangre. Los corridos siempre se escriben con sangre y éste no es la excepción. Agapito Treviño existió y ésta es la historia de su vida. Una historia cruel, amarga, injusta…” En dicha película el Trío Los Tamaulipecos interpretan un corrido a Agapito, al que consideran “el valiente de San Nicolás”, seguramente porque hacen a Agapito originario de la antigua hacienda que Pedro de la Garza adquirió en 1635 a la viuda de Diego Díaz de Berlanga a la cual llamaron Estancia de los Garza y luego San Nicolás de los Garza.

Durante la ejecución de Caballo Blanco, circularon una décimas alusivas a su muerte que decían: “Adiós amigos amados; adiós patria, adiós parientes; adiós señores presentes, adiós vecinos honrados, adiós montes retirados, donde era mi habitación, ya salí de la prisión y también de la capilla, adiós Cerro de la Silla, adiós, adiós Nuevo León”. Previo a la ejecución, el condenado a muerte debía permanecer en capilla; una pieza de la cárcel habilitada como capilla, en la cual se le notificaba la sentencia, su ejecución y se le ofrecía una última voluntad. Esta costumbre se le atribuye al rey Felipe II (1556-1598) quien ordenó que todos los reos condenados a muerte, debían pasar la noche anterior rezando y preparándose para su muerte. Ahí se confesaban, luego les hacían misa y comulgar, se encaminaban a su ejecución.

En su tiempo, Hidalgo debió permanecer escribiendo unos versos antes de su fusilamiento. En cambio Iturbide dibujó un barco en un muro de la prisión, aprovechando un trozo de carbón. No conozco lo que Agapito Treviño hizo antes de su ejecución. Lo cierto es que después de su muerte, comenzaron a popularizarse unos versos que se hicieron y distribuyeron en unas hojas a los que presenciaron la muerte de Caballo Blanco. Dice la estrofa: “Les di mucho trabajito, pá ver mi cuadro formado, se les concedió chatitos, el ver mi cuerpo clavado”. El cuadro formado se refiere al juicio sumario y el llamar chatitos es un apelativo afectivo, que denota cierto aire despectivo hacia quienes lo persiguieron y enjuiciaron.

Dice la siguiente estrofa: “Pues así me lo esperaba, morir con resignación, adiós cañón del Huajuco, te llevo en mi corazón”. Un cañón es una entrada natural que se abre por entre dos sierras. En éste caso el cañón del Huajuco está formado por la Sierra Madre y el cerro de la Silla, que se extiende desde Guadalupe y Juárez hasta Allende, Nuevo León. La entrada al cañón se le llama boca y al sitio arrinconado entre las dos montañas se le conoce como ancón. El Ancón del Huajuco estaba en lo que actualmente están las colonias Buenos Aires y Caracol. De ahí hacia el sur, está el cañón del Huajuco que comprende la parte sur de Monterrey, la parte aledaña a la carretera nacional correspondiente a Villa de Santiago y Allende. Se le llama Huajuco en honor al cacique indio que tanto molestó a los pobladores durante el primer tercio del siglo XVII. Siempre se ha considerado a ese cañón como el lugar preferido en donde Caballo Blanco cometió sus fechorías y travesuras.

Otra estrofa se refiere con orgullo al popular cerro de la Silla: “También al cerro de la Silla, donde siempre yo habitaba, aunque anduviera lejos, siempre de ti me acordaba”. Caballo Blanco era del Huajuco y no necesariamente de Villa de Santiago o de alguna de sus congregaciones. Más bien era vecino de Mederos, situado en el extremo norte del cañón del Huajuco.

Agapito fue ejecutado en la actual plaza Hidalgo, llamada en su tiempo, como la plaza del Mercado. Así lo cuenta la penúltima estrofa: “En la plaza del Mercado, donde fue su despedida, perdóname Padre Eterno, los males que hice en mi vida”. Regularmente en los momentos decisivos de la vida, se recurren a los aspectos religiosos, con la intención de asegurar algo de gloria y vida eterna. Por eso se ofrecen disculpas a quienes se ofendió para poner en paz al alma que sale en busca de la eternidad. El corrido concluye: “En fin yo ya me despido, dispensen los mal servido, terminó aquí la tragedia, la de Agapito Treviño”.

Lo cierto es que al morir Agapito, su vida se convirtió en leyenda, misma que da sentido y señal de referencia e identidad a los regiomontanos, tan necesitados de elementos y rasgos históricos que promuevan y justifiquen la identidad regional.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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