Hay otro canto dedicado a Monterrey; con una letra repleta de imágenes poéticas tan comunes y conocidas para nosotros. Bellísima canción, mi predilecta entre todas las que hay sobre Monterrey. Su autor es José Guízar Morfín, mejor conocido como Pepe Guízar, considerado el “Pintor Musical de México” por la colección de cantos referentes a lugares tan característicos de México, entre las que destacan: Guadalajara, Tehuantepec, Como México no hay dos, Corrido del Norte, Sin Ti, Chapala, Pregones de México, China Poblana, Sarape de Saltillo y otras más.

José Guízar Morfín nació en Guadalajara, Jalisco el 12 de febrero de 1912 y murió el 27 de septiembre de 1980. Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal. En 1928 se trasladó a la ciudad de México, en donde cursó estudios de música, declamación y poesía. También trabajó en la XEW, la voz de la América Latina. Indudablemente su canción más conocida es la de Guadalajara. Escucharla con mariachi enfrente de la bellísima catedral tapatía, es una experiencia indescifrable; hasta dan ganas de llorar sinceramente. Sin ser uno de Guadalajara inmediatamente surge esa identidad y cariño hacia la Perla de Occidente.

En la versión más conocida de “Monterrey, tierra querida”, intervienen las Tres Conchitas y los inolvidables hermanos Zaizar. La bella composición comienza a capela: “Monterrey tierra querida, es el Cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil, desde niño yo te quiero y por eso es que si muero que sea en ti donde nací”. Indudablemente el cerro de la Silla es el principal ícono y símbolo representativo de Monterrey. Yo no tuve el orgullo de nacer en Monterrey, nací en Santa Catarina y ahí tengo enterrado a mi ombligo, a mi madre, a un hermano y muchos parientes. Desde que tengo uso de razón veo a tan emblemática montaña y tan es así que llevo a Monterrey también en mí ser al igual que las Mitras, la Ventana, el Fraile y el cañón de la Virgen.

La siguiente estrofa refiere orgullosamente: “Entre montañas y sierras se tiende mi tierra, mi tierra que es Monterrey, por algo tiene la fama de ser la Sultana, norteña de mi querer, Como la flor de azucena, sus hembras nos llenan de suave y blanca fragancia y con el alma de acero, cuando se viste de obrero, es un canto de esperanza”. Monterrey esté situado en un valle rodeado de montañas. Por eso Alfonso Reyes en su poema la llamó “Monterrey de las montañas”, pues está al pie de la Sierra Madre Oriental, rodeado de montañas a las que llamamos cerros entre los cuales están la Silla, las Mitras, el Fraile, la Ventana, el cañón de Santa Catarina, la Loma Larga, el Mirador, la M que en realidad se llama la Sierra de Anáhuac.

Otra vez vemos el gentilicio y la forma de referirse a Monterrey como la Sultana del Norte. Sinceramente una forma de reconocer su realeza y condición. En 1880 el señor obispo Ignacio Montes de Oca y Obregón, escribió una composición poética llamada “Brindis a la ciudad de Monterrey” y se refiere a ella como la: “Reina del Norte, Monterrey ilustre”. Respecto la cualidad de las damas, Manuel Payno alabó la belleza de las mujeres regiomontanas en 1840 y durante muchos años, la Fundidora, la Asarco, la fundición número 2, conocida como Peñoles, Compañía Minera, Fundidora y Afinadora Monterrey, S.A. y Hojalata y Lámina, apuntalaron a Monterrey como una ciudad del acero, además del vidrio y del cemento. Una ciudad obrera y de obreros, a los que Alfonso Reyes llamó: “héroes en manga de camisa”. Por eso, cuando Juan Pablo II visitó a Monterrey en enero de 1979 y le pusieron sobre su cabeza un casco obrero, los regiomontanos vieron cómo la tiara pontificia se convirtió en el símbolo del trabajo y del esfuerzo.

De nueva cuenta repite de manera ufana: “Monterrey tierra querida, es el Cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil, desde niño yo te quiero y por eso es que si muero que sea en ti donde nací”. En la última estrofa se escucha: “Como amazona perdida, la Luna en la Silla cabalga al meterse el Sol y más abajo en la loma, en la punta de la loma parece que lloran, las notas de un acordeón. Y perfilándose altivas, las fábricas brillan vestidas de azul mezclilla y con los brazos abiertos, como Señor Padre nuestro, está el cerro de la Silla”.

Una vez sentenció don Alfonso Espino y Silva, octavo arzobispo de Monterrey (1952-1976), que los mejores atardeceres y amaneceres que había visto en su vida eran los de Monterrey. Tanto el Sol como la Luna nacen al oriente sobre el cerro de la Silla. De ahí que don Diego de Montemayor se asombró cuando vio a un indio flechando al Sol, como una actitud reverencial y de culto. En 1672, gracias a la reina Mariana de Austria ésta imagen quedó inmortalizada en el escudo de armas de la ciudad. De las Mitras salen dos lomeríos, uno que llega hasta el obispado y el otro más alargado, casi toca la Silla, popularmente llamado la Loma Larga. En las colonias que la habitan se desarrolló otro género musical representativo de Monterrey: la cumbia norteña y el vallenato en donde también predomina el acompañamiento de acordeón, el típico instrumento musical traído por las tropas europeas que intervinieron a México entre 1862 y 1867. Tanto el “fara fara” norteño como la cumbia norteña han hecho a Monterrey la capital grupera de México.

Monterrey gradualmente ha perdido su identidad y la categoría de ser la capital industrial de México. Sus empresas emblemáticas ya cerraron o pasaron a formar parte de grandes inversionistas extranjeros. Si don Eugenio aun viviera, estaría sumamente decepcionado. El sector industrial dio paso al sector servicios y desde principios del milenio nos han vendido la idea de que Monterrey es la ciudad del conocimiento y de la investigación pura como aplicada. Seguramente, cuando se refiere a que las industrias se visten de azul mezclilla, nos remitan a empresas textileras como la Fama, la Leona y el Porvenir ya cerradas. Eran las que hacían la mezclilla y la ropa de algodón tan característico en la marca Gacela y Medalla.

Las antiguas civilizaciones vieron en las montañas el lugar en donde habita Dios. En el Sinaí Dios habló a Moisés y tanto las pirámides egipcias como prehispánicas nos recuerdan a las montañas como el origen y el centro cósmico. El cerro de la Silla, imponente y majestuoso, es el principal símbolo en el cual los regiomontanos y nuevoleoneses nos reconocemos. Por ello lo vemos como una representación y extensión de la grandeza divina. Por eso que: ¡Viva Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil! Urge recuperar para su difusión ésta bellísima canción.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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