Apoyando a la educación de unos alumnos de primaria del Instituto Nezaldi de Santa Catarina, recién estuve colaborando en unas mesas de análisis en torno a lo que es la paz, lo importante de hablar y trabajar por ella; dimensionar la importancia, su necesidad y la responsabilidad que todos tenemos para construir paz en un mundo cada vez más expuesto a las amenazas de la guerra y una violencia e inseguridad cada vez más generalizada y de sus fatales consecuencias. Este ejercicio pedagógico fue muy bueno, en especial para tomar conciencia de que la construcción de la paz es una preocupación social que nos compete a todos. Pues reconocimos a la persona como agente y promotor de la paz.

Hay varias definiciones en torno a lo que es la paz: Para Cicerón: “Pax est tranquilla libertas” (La paz es un tranquila libertad). La paz se define como el ordenamiento justo de las relaciones económicas y sociales, para anular la brecha de la desigualdad existente y suprima los mecanismos de la división. Hobbes considera a la paz como el cese del estado de guerra o de un conflicto universal entre los hombres. Por lo tanto la paz depende de una ley fundamental de la naturaleza. Kant no estaba de acuerdo respecto a la paz como asunto de la naturaleza. Más bien debe ser instituida y prueba de ello es que la falta de hostilidad, no significa seguridad. Lo cierto es que la verdadera paz se asienta en la confianza recíproca. En sentido positivo, la paz comprende el equilibrio y la estabilidad de las partes de una unidad y en sentido negativo, como ausencia de inquietud, violencia o guerra.

Nos preguntaban los niños como podíamos vivir en paz: les dije que mediante un saludo. Los hebreos saludan siempre con el Shalom, que implica necesariamente el reconocimiento y el respeto a los demás: “la paz esté con nosotros”. A través del bienestar personal, de las familias y de la sociedad, reflejado en la prosperidad, la salud, la alegría y la salvación. Una paz que también incluya el perdón y la búsqueda de la utopía. Una persona que guarda venganzas y enojos no puede alcanzar la paz.

Hay varios tipos de paz. Curiosamente la paz que Cristo nos señala en sus evangelios se aleja del común denominador: “no he venido a traer la paz sino la guerra” (Lucas 12, 49-52). En ese mensaje, se refiriéndose más bien a la caridad que Cristo espera de nosotros, para vivirla como un ardor en los corazones que le aman y lo siguen. En tiempos del imperio, se hablaba de la pax romana, entendida como una situación en que una fuerza gobierna cuando ejerce un poder en forma unilateral, sin estar sometida a control alguno y sin respetar los derechos y garantías individuales de aquellos a quienes se gobierna. Benito Juárez sentenció sabiamente: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Algo similar a lo que se vivió en tiempos de don Porfirio Díaz, quien impuso el orden y el progreso sin distinciones y complicaciones.

Todos buscamos la paz personal e interior. La paz no puede adquirirse a través de la educación, pues no se puede educar a nadie para la paz, aunque existen actividades encaminadas al fomento de la paz. La paz sólo puede obtenerse a través de la acción social. Siempre ha existido cierto interés y anhelo por la paz en los hombres y mujeres de su tiempo. La paz es el proceso de búsqueda de justicia en los diferentes niveles de relación humana. Este es un concepto dinámico el cual nos lleva a entender a la paz como como un medio para alcanzar una concordia de la persona consigo misma, con la naturaleza y con los demás. Curiosamente la paz adquiere diversas y formas para entenderla: se nos puede aparecer mediante la alegría, la felicidad, la meditación, la oración o la cercanía de un ser querido. O bien, como una armonía entre lo que somos, lo que pensamos y hacemos.

A Muste le debemos la definición más emblemática en torno a la paz: ”No hay un camino hacia la paz, la paz es camino”. La paz no es una meta, más bien un proceso, por el que hay que aprender a entrar en los conflictos y resolverlos de forma positiva sin usar la manipulación o la obligación. Tal vez encausando una rebeldía, regulando los conflictos por métodos pacíficos y asumir la responsabilidad de las consecuencias de nuestros propios actos. Puede hablarse de una paz social como entendimiento de las buenas relaciones entre los grupos, clases o estamentos sociales dentro de un país. En el plano individual, la paz designa un estado interior, exento de cólera, odio y de sentimientos negativos. Por lo tanto, es deseada para uno mismo e igualmente para los demás, hasta el punto de convertirse en un saludo o una meta de vida, tal y como la buscaron en su tiempo y en sus modos, pacifistas como Ghandi y John Lennon solo por citar a algunos o el movimiento hippie que invitaba a hacer el amor y no la guerra. En las década de los 1960 y 1970, el saludo distintivo de una generación era: “Amor y paz”, “peace and love”. Y hasta Lennon cantaba “A give peace a chance”.

La encíclica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, señala que la paz no es la ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, más bien es obra de la justicia (Is 32, 7) y del fruto del orden plantado en la sociedad humana por Cristo y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia buscan conseguir. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está comprometido a continuos cambios que beneficien a la sociedad. Por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer.

Para edificar la paz se requiere ante todo, evitar las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Principalmente deben desaparecer las injusticias, que contribuyen a las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas y de motivos más profundos, como lo son la envidia, la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas.

Para establecer un mundo de paz, se requiere satisfacer las diversas necesidades de los hombres tanto en el campo de la vida social, como la alimentación, salud, educación y el trabajo entre las naciones menos favorecidas. Fomentar el progreso, remediar en todo el mundo la triste situación de los refugiados o ayudar a los emigrantes y a sus familias. Para alcanzar la paz, se requiere el diálogo entre todos los hombres y la edificación del mundo y orientación de éste a Dios. Como promesa escatológica, Cristo nos ofrece la paz: “mi paz les dejo y mi paz les doy” (Jn 14, 27)

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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