La región llamada de los “cinco manantiales”, conformada por los municipios de Morelos, Zaragoza, Allende, Nava y Villa Unión, está situada al norte del estado de Coahuila. Lugares privilegiados por la mano de Dios, la naturaleza y por los seres humanos, quienes han forjado a base de esfuerzo y sacrificio, una próspera zona repleta de nogaleras y bosques de huizaches, mezquites y encinos a los que llaman motas. Todos ellos fueron tierra de misión en donde el venerable fray Andrés de Larios llevó el evangelio para convertir a los naturales que antiguamente habitaban el área.

A dichos municipios se accede desde Nueva Rosita a través de dos vías. Primero está Allende y a menos de 17 kilómetros se llega a Villa Unión, llamado precisamente así por la unión de dos pueblos muy cercanos llamados Gigedo y Rosales. La primera población data de 1749, cuando Pedro de Rábago y Terán, gobernador de la provincia de Coahuila fundó San Pedro de Gigedo en honor al entonces virrey de la Nueva España, Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, conde de Revilla Gigedo, alcanzado la categoría de villa en 1868. Rosales, llamado así en honor al jefe insurgente Victor Rosales, tiene su origen en una antigua misión conocida como del Dulce Nombre de Jesús de Peyotes, establecida por fray Juan de Larios en 1674 y que fue abandonada al poco tiempo. En 1737, fray Antonio Rodríguez volvió a establecer otra misión pero con el nombre de San Francisco de Vizarrón en la cual congregaron a los naturales pertenecientes a las tribus pausanes y tampajuayas. También alcanzó la categoría de villa en 1868. En 1927, el Congreso del Estado de Coahuila decidió conformar una municipalidad con las dos villas de Gigedo y Rosales, a las que llamaron precisamente Villa Unión.

Según la tradición, fray Juan Larios acompañado por cinco indios cotzales, fue molestado por los tobosos, quienes le hicieron saber su intención de cortar la cabeza al religioso, jugar con ella una especie de críquet y luego comerla en barbacoa. Los cotzales defendieron al fraile y dijeron que ellos jugarían contra los tobosos. Si perdían, podían disponer de la vida de Larios y si ganaban se podían marchar. Para mala fortuna de los cotzales, los tobosos vencieron apoyados en la superioridad numérica. Cuando debían sacrificar al franciscano, éste elevó una oración al cielo y cayó una fuerte lluvia que dejó inservibles los arcos y flechas de los tobosos que vieron en ésta señal un milagro.

También es célebre la batalla de Gigedo, ocurrida en el paso del arroyo del tío Díaz el 4 de abril de 1865. Ahí Francisco Naranjo, apoyado por Pedro Advíncula Valdés Laurel, a quien los comanches llamaban “Wincar” pues no podían pronunciar su nombre y un grupo de 90 valientes liberales de la región, derrotaron a una tropa encabezada por José María Tabachinsky, quien estaba al frente de las operaciones militares del imperio de Maximiliano en el norte de Coahuila.

Los mexicanos emboscaron a los cerca de 200 militares, quienes al sentirse atacados prefirieron huir. Fue cuando una bala hirió a Tabachinsky quedando gravemente herido, hasta que Espiridión Peña, a quien apodaban “el chinaco de Allende”, le cortó la cabeza, la colocó en un costal y la llevó a Wincar como trofeo de guerra y señal del éxito logrado en la campaña.

Benito Juárez en señal de agradecimiento, repartió entre sus leales tropas, las tierras que formaban parte del latifundio de los Sánchez Navarro y con ello formaron un nuevo municipio al que llamaron precisamente Juárez en su honor. Gigedo llevó un tiempo el nombre de Naranjo en recuerdo al célebre militar lampacense. Wincar era originario de San Juan de la Mata, actualmente Allende, Coahuila, en donde nació en 1837. Participó activamente en la defensa de los ataques que los llamados indios bárbaros hacían a la región. Estuvo casado con Luisa Brain y asistió también a los sitios de Querétaro y la ciudad de México y murió en 1887.

Estuve el pasado 4 de abril en Villa Unión. Ahí recibimos la generosa hospitalidad del señor alcalde, el ingeniero Gabriel Elizondo y de su señora esposa, la maestra Magda Leticia Pérez, a invitación del maestro Sergio Guadalupe Reséndiz Boone, director de Actividades Cívicas del gobierno de Coahuila, a la que no podía negarme, en especial porque una vez vi en la oficina de Lucas Martínez, director del Archivo de Coahuila, la foto del monumento en donde sobresale la fecha del 4 de abril de 1865. Exactamente cien años después nací yo pero en Santa Catarina. Curiosa y extraña coincidencia que nos hace pensar que estamos aquí en la tierra por algo y en la cual existen una serie de relaciones y significados a los que hemos perdido su sentido.

Y más porque en éste tiempo me han pasado cosas muy raras: cuando hicimos el homenaje a don Gustavo Madero el pasado 18 de febrero, sentí dos veces que me palmearon el hombro y cuando quise saber quien lo había hecho, solo estaba atrás de mi su lápida y una fotografía de don Gustavo. El pasado 24 de marzo, mientras entregábamos reconocimientos en la hacienda San Pedro en General Zuazua, también escuché el ruido de unas cadenas. Fue cuando el Juan Jaime Gutiérrez el Conde de Agualeguas gritó: “Quien anda aí mijo”.

Estoy agradecido por estos 47 años de vida y ojalá pueda disponer lo que me queda de ella con salud, alegría y gozo.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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