Cuando un político se excede en sus funciones o en su actuar, recibe críticas de sus adversarios. En señal de respuesta y como forma de justificar su conducta regularmente reclama: “están politizando el asunto”. Es cuando la política se convierte en el arte del engaño y de la simulación y caemos en una degradación del concepto original en torno a lo que es y debe ser ser la política, pues para que no se pierda su sentido esencial, la política debe estar apoyada en un proyecto social.

Los pilares básicos de la estructura política giran en torno a tres instancias fundamentales: la persona, la sociedad y el estado. En cuanto a la persona se debe reconocer su dignidad humana de la cual se derivan sus obligaciones y derechos, los cuales requieren la participación de la persona en los asuntos públicos por ser una entidad sociable y trascendente. Las personas forman parte de un núcleo familiar y éstas a su vez conforman una sociedad, compuesta por seres organizados de acuerdo a un fin o necesidad específica. La sociedad está caracterizada por su historia, su cultura, su identidad y los diversos grados de organización. Por su parte, el estado es el vértice donde confluyen los ciudadanos, la sociedad para asegurar la búsqueda del bien común, pues tiene el derecho y la autoridad de hacerlo y promoverlo.

Entonces, la política se convierte en una práctica regulada por la ética y la moral. Concreta los valores históricos y culturales, a través de un actuar responsable y libre como derecho y deber de participación. Por eso se dice que una comunidad madura es aquella que participa en sus asuntos, se involucra en la toma de decisiones de sus gobiernos y les exige y sanciona su actuar.

Por ello, quien se dedique a la política, lo debe hacer con seriedad, honestidad, lucidez, congruencia y rigor. Pablo VI añade que el político debe tener la imaginación necesaria, como una forma de renovación atrevida de los objetivos como esfuerzo de imaginación social. El político debe estar comprometido con la sociedad en la que vive y quiere servir. Con responsabilidad, debe promover la vida social, los valores y las costumbres civiles.

El político de acuerdo a los fines propios de cada nivel de gobierno en lo que participe, debe fomentar la conciencia y la vida social, satisfacer necesidades básicas de la población, legislar de acuerdo las necesidades existentes, fomentar el diálogo, la solidaridad y la búsqueda del bien común. Servir a los demás y no servirse ni beneficiarse de los esfuerzos de los demás. De ello depende que la política no se convierta en politiquería.

¿Y por qué? Pues porque la política es una realidad humana con una dimensión social, solidaria y efectiva para conseguir el bien común. Quien ostente un cargo debe tener la certeza de que la autoridad procede del pueblo y que es una vocación en la que participa la trascendencia. Es una forma de caridad y de amor al prójimo. Yo sugiero que los políticos se nutran en el Magisterio Social de la Iglesia, independientemente de su credo religioso, pues la doctrina social de la Iglesia señala los principios, valores y juicios éticos para orientar las acciones concretas para la búsqueda del bien común. Por ejemplo, nos señala que la política es un derecho y deber de los laicos, quienes deben animar la realidad temporal en la que viven, deben vivir y respetar la autonomía de las realidades temporales, vivir y promover la libertad, la justicia, la solidaridad y la dedicación leal y desinteresada por el bien de todos.

Por ello los seres humanos viven el otro sentido de la política a través de la vida partidista. Toman partido de acuerdo a una ideología centrada en la persona o en la sociedad. A la primera se le relaciona con los partidos de derecha y la otra con los de la izquierda. Quienes pugnan por una política más prudente se les llama de centro. Originalmente los partidos eran organizaciones de electores quienes elegían las listas de los candidatos a un cargo de elección popular. Gradualmente los partidos se convirtieron en organizaciones compuestas por simpatizantes y adherentes afines a la ideología que justifica su existencia.

Pero los partidos se convirtieron en una especie de agencia de colocaciones. Ya no es el pueblo el que gobierna a través de los hombres que ha enviado a un cargo de elección popular y en los que depositó su confianza. Ahora gobiernan los comités directivos de los partidos y los grupos de poder que se forman en su interior, a los cuales deben someterse los electores como los representantes, con el riesgo de convertirse en dictadura de partido o en el terror de un partido. Ya no cuenta el número de partidarios o electores, sino la fuerza combativa y decisiva de la organización política. Prueba de ello, como ciudadano puedo votar más no ser votado y si quiero serlo, debo afiliarme a un partido político. Yo he militado en al menos tres de ellos y de los tres he salido por la puerta trasera. Del último que me sacaron, me dijo la entonces dirigente: “quieres estar en nuestro partido, debes comenzar desde abajo, poniendo propaganda política en las calles”. Debut y despedida en ese partido. Creo que los partidos son buenos y todos quieren el bien común. El problema es que no siempre proponen a los mejores y ahí es cuando llegan los problemas. Una vez que el funcionario llega, debe lealtad al partido y a veces a los medios de comunicación para que no lo ataquen y al pueblo y ciudadanos pues bien gracias

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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