La palabra sabiduría tiene que ver con el sabor y con el saber. En sí, es considerar el verdadero sentido a las cosas, mientras que el saber tiene que ver con la actitud de la búsqueda de la verdad. En el Nuevo Testamento, se considera a la sabiduría como un don del Espíritu Santo, como perfección del entendimiento que permite al hombre justo juzgar todas las cosas de acuerdo a los designios divinos. Entonces, la sabiduría sería el pensar a partir del punto de vista de Dios. Lo cual nos hace suponer que no es lo mismo el sabio al científico y al intelectual o aquel que sabe todas las cosas. Para ser sabio no se requiere contar con una educación formal. Basta tener con la determinación de acercarse y pensar en torno a los problemas fundamentales y últimos del ser humano para considerarse sabio.

Los clásicos pensaban que la verdad es la adecuación entre el entendimiento y las cosas. Entonces la sabiduría es una virtud intelectual que perfecciona al intelecto y le permite una indagación de índole especulativa acerca de las verdades esenciales en torno a la vida y existencia humana. Por lo que se hace necesario establecer una diferencia entre saber y el sabio. El primero es la perfección del intelecto producida por el resultado satisfactorio de la investigación. De igual forma existe un libro del Antiguo Testamento que se llama de la Sabiduría que tiene que ver con el rey Salomón, en donde exhorta a todas las personas a actuar conforme a las virtudes de la sabiduría y la justicia.

La sabiduría se define como forma correcta de aplicar el conocimiento ya sea práctico o teórico. No tiene que ver con el intelecto, sino más bien con las cosas fundamentales de la vida. Los filósofos griegos relacionaban la sabiduría como una actitud o disposición, con el coraje y la moderación. En los diálogos de Platón, se la menciona como conocimiento del bien y el coraje para actuar consecuentemente. Por sus cualidades, a Pitágoras le de decían sabio y el replicaba que era más bien un amante o buscador de la filosofía.

Para muchos la sabiduría tiene que ver con el sentido común y con la habilidad desarrollada a través de la experiencia, la iluminación y la capacidad para discernir entre la verdad y la falsedad y con el ejercicio del buen juicio. Regularmente no tiene mucho que ver con lo cognitivo y lo intelectual. Más bien, el sabio es aquel quien practica y observa la moderación y la prudencia, como frutos que nos da la experiencia y la vida. Por eso tiene que ver más con la cultura, la filosofía y la religión. Gracias a la sabiduría se promueve el bien común, más allá de la propia satisfacción personal.

En la filosofía oriental, Confucio sostenía que se podía aprender de tres métodos distintos: la reflexión, la imitación y la experiencia que no siempre llega a ser grata. Buda en tanto afirmaba que la virtud de la sabiduría consistía en tener una buena conducta del cuerpo, así como buenas conductas verbales y mentales. Las personas sabias hacen acciones que no son placenteras pero que dan buenos resultados y no hacen cosas buenas que parecen malas. En la filosofía taoísta se afirma que la sabiduría consiste en saber qué decir y cuándo decirlo, es avanzar por la senda del bien. Los holísticos sostenían que las personas sabias eran aquellas que se alineaban con la naturaleza del universo. Todas las disciplinas filosóficas coinciden en que la sabiduría es un pilar fundamental para el desarrollo espiritual del hombre y que por lo tanto es necesaria practicarla y ejercitarla para así poder desarrollarnos como mejores personas. Por ejemplo, santo Tomás de Aquino define la sabiduría como el conocimiento cierto de las causas más profundas de todo. Por eso, para él, la sabiduría tiene como función propia ordenar y juzgar todos los conocimientos.

La sabiduría tiene mucho que ver con la habilidad que se desarrolla al conjuntar la inteligencia con la experiencia. Gracias a ella se obtienen conclusiones que nos dan un mayor entendimiento, que a su vez nos capacitan para reflexionar, discernir entre la verdad y el error, entre lo bueno y lo malo. Es la praxis como fruto de la teoría y de la práctica. De igual forma la sabiduría y la moral se interrelacionan dando como resultado un individuo que actúa de acuerdo a un fin congruente. También se considera a la sabiduría como aptitud de valerse por sí mismo y para resolver problemas, evitar peligros, alcanzar ciertas metas, el dar buen consejo a otros y hasta una forma de alcanzar la felicidad.

Hay quienes relacionan a la sabiduría con la memoria a largo plazo. Lo vivido y lo experimentado, se vuelve significativo y no se borra de nuestro recuerdo. Se inserta entre lo que consideramos bueno o malo y forma parte de los procesos de supervivencia del individuo. Por ello los psicólogos consideran la sabiduría como algo distinto de las habilidades cognitivas evaluadas en los exámenes de inteligencia. La sabiduría es un rasgo que puede ser desarrollado por la experiencia, pero difícilmente de enseñar. Cuando se aplica a asuntos prácticos, la palabra sabiduría es sinónimo de prudencia. La sabiduría entonces no se puede enseñar y para ser sabio se requiere la reflexión a través de la experiencia.

Sabio es aquel amante de la verdad y a decir de San Agustín, considera el tiempo en tres facetas: el presente como algo experimentado, el pasado como memoria del presente y el futuro como expectativa del presente. Por eso nuestras acciones de hoy determinan nuestro porvenir.

¿Quieres ser sabio? Vive, aprende de tus errores y de todo lo que tienes a tu alrededor. Ten la capacidad de levantarte de tus caídas y problemas. Saca la casta, sonríe a la vida y a pesar de lo adverso, encuentra sabor a tu existencia. Esa es la forma de alcanzar la sabiduría, como forma de trascender hacia la eternidad. Una vez cantó Facundo Cabral, que solo aquel que ha vivido tiene derecho a morir.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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