En la cosmogonía prehispánica existe un mito o leyenda del Quinto Sol, mismo que trataré en otra ocasión. Ahí señala que antes del mundo que tenemos hubo otros cuatro soles que fueron destruidos por ocelotes, viento, fuego y agua. Se supone que el Quinto Sol será destruido por terremotos. En muchos relatos de la antigüedad vemos presente esta imagen de la destrucción del mundo por el agua y sus efectos terribles que llegan con inundaciones, huracanes y maremotos. Prueba de ello, están la leyenda de la desaparición de la Atlántida y el relato bíblico del Diluvio Universal.

Tal vez estos cataclismos tienen que ver con el fin de la era glacial, cuando se descongelaron los territorios cubiertos por el hielo, subió el nivel de los mares y surgieron grandes ríos en los cuales se desarrollaron grandes civilizaciones que pasaron de una forma de vida nómada a sedentaria, de cazadores y recolectores, a pueblos que conocieron la agricultura y la tecnología suficiente como para controlar las fuerzas del agua.

Los pueblos y civilizaciones de origen semítico siempre relacionaron al agua con el caos y la destrucción. Por ejemplo, en el salmo 74 se señala un relato en torno al triunfo divino sobre el monstruo primigenio del caos en diversas formas. Pone al mar como adversario de Dios y de cómo éste lo parte en dos y luego aplasta la cabeza del dragón del mar al que llaman Leviatán. Este enfrentamiento ocurrió antes de que se creara al mundo.

En los escritos apocalípticos y proféticos, la llegada de la nueva era al final de los tiempos, se convierte en la renovación de la creación, antes de la cual se produce la derrota del Leviatán (Is 27, 1)

Las civilizaciones que se desarrollaron en el Medio Oriente siempre representaron a las fuerzas del mal con las del mar. La bestia marina está presente en el libro del Apocalipsis, en el cual existen numerosas imágenes extraídas de los antiguos mitos de los pueblos de origen semítico. Ahí se incluye el conflicto con el dragón, la desaparición definitiva del mar hostil en la nueva creación de Dios y presenta a Roma como “la gran prostituta entronizada sobre muchas aguas”.

En la mitología cananea, los dioses Baal, el gran dios de la tormenta y Yan el monstruo del caos y del mar, al que también se refieren como río, dragón, serpiente y Leviatán. Baal venció a Yam y el triunfo garantizó la lluvia, el cambio periódico de las estaciones y el orden del mundo. De una manera similar, en el libro del Génesis se nos presenta a Yahvé cuando separa a las aguas para poner orden en el caos y procurar la vida en la tierra. Con ello, Dios infringe una derrota al monstruo del mar.

Después del Diluvio Universal, cuando Noé sacó a los animales del arca, Yahvé le da un arcoiris como señal para sellar una nueva alianza entre Dios y los hombres y con la tierra. (Gen 9, 13) Los babilonios mantenían un mito similar de la creación. El dios Mordok colgó su arco en el cielo después de vencer a Tiamat, el monstruo que representaba las aguas del caos.

Es extraño que se considere a un elemento como el agua, como dador y principio de vida, así como un principio destructor. Es más, se cree que muchos de los cataclismos que se avecinan tienen que ver con ambos fenómenos: o habrá inundaciones o veremos graves y terribles sequías. Las primeras se atribuyen al debilitamiento de la capa de ozono en los dos polos, provocando un descongelamiento de muchos glaciares, haciendo que aumente el nivel del agua, siguiendo el ciclo de humedad y formación de nubes y luego de fenómenos meteorológicos como ciclones o de huracanes.

Incluso se dice que dentro de esos glaciares existen cepas de enfermedades que desaparecieron hace miles de años y de pronto se dispersarán por la faz de la tierra con sus efectos destructivos. Otros relacionan a las sequías con el fenómeno del Niño o de la Niña. Ciertamente que el sobrecalentamiento global, el efecto invernadero y la contaminación y destrucción de fuentes de abastecimiento, darán origen a guerras por el agua y ya no tanto por la posesión de los yacimientos petroleros. No quiero ni pensar en los efectos que se pueden generar cuando los elementos agua, tierra, fuego y aire se conjuntan en los maremotos dando origen a oleadas destructoras que se dejan sentir en los movimientos de tierra.

Me llama la atención el hecho de que a los torrentes de lluvias se les relacionen y/o llaman como serpiente o culebrón de agua. A mediados del siglo XVIII, ocurrió una terrible inundación a la que el padre Servando Teresa de Mier-Noriega se refería a ella como un culebrón de agua que duró 40 días en Monterrey y sus alrededores.

Hace años en la parroquia de Santa Catarina, uno de sus principales servidores llamado Emeterio Garza (QEPD), hacía oraciones para que vinieran las lluvias. Luego llegaban las tormentas y todos culpábamos a Emeterio y le decíamos: “ya ves, por andar pidiendo agua mira lo que nos pasó”. Yo pido que tengamos siempre agua y más en esta zona metropolitana de Nuevo León tan necesitada de espacios verdes y fuentes adecuadas de abastecimiento. Y parafraseando a Ramiro Garza, cuando en su maravilloso libro Solar Poniente, pide a Dios las lluvias para que cada año sigan llegando las golondrinas a Villa de García.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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