Por favor no vayan a pensar mal. No me refiero a la desaparición de uno de los apellidos más representativos del noreste mexicano. Más bien, lamento la desaparición de un poblado de Santa Catarina conocido desde el siglo XIX como Los Treviños. Este apelativo tiene diversas interpretaciones respecto a su origen y significado. Lo hacen originario de Burgos, España o de Italia. Dicen que puede significar tres viñas o tres piedras que señalaban los límites de una propiedad.

Junto con el Garza y el Villarreal son los apellidos más típicos y conocidos en la región.. El origen lo encontramos en una pareja, Marcos Alonso Garza originario de Huelva, España y Juana de Treviño originaria de la ciudad de México. Los hijos – Diego, Alonso y José tomaron el apellido de la madre para que éste no se perdiera, mientras que Pedro, Blas y Francisco tomaron el Garza . Luego un Treviño se casa con una Ayala y unos tomaron el Treviño y otros el Ayala. Alonso de Treviño entró al Nuevo Reino de León en 1603. Pobló con su familia la hacienda de San Francisco, actual Apodaca. Estuvo casado con doña Mayor de Castro o Rentería, de la familia de don Gonzalo Fernández de Castro, fundador de la Pesquería Grande. De esa familia se derivan la mayoría de los Treviño que hay en el noreste mexicano.

Como ya lo había señalado, desde la segunda mitad del siglo XIX, había una congregación llamada Los Treviños. Lugar actualmente poblado por una zona industrial, negocios y talleres, atravesado por la avenida Díaz Ordaz. Colindaba al este con terrenos de la congregación de la Fama, al oeste con la hacienda de Arredondos, también conocida como el Lechugal, con un antiguo camino que comunicaba hacia la hacienda de San Isidro de los Guerra y supuestamente, habilitado por don Eugenio Garza Sada para llegar hasta su propiedad en el Aguacatal, recientemente adquirido por una industria de productos químicos; al norte con el cerro de las Mitras y al sur con el Blanqueo y los Arredondos. Ahí sus habitantes, casi todos de apellido Treviño, procedentes de un mismo tronco familiar, en su mayoría se dedicaban al flete de mercancías a Coahuila, Zacatecas, Durango y Chihuahua y otros a las labores del campo.

A principios del siglo XIX vivían en Santa Catarina, una familia compuesta por José Francisco Treviño, hijo de Pablo Treviño, originario de la actual Villa de García y Gertrudis Guerra. Casado con María Leonor García, hija a su vez de Juan José García y Juana María de Sepúlveda. Tuvieron por hijos a María Rosalía, María Gertrudis, José de Jesús, José Cayetano, María Juana, María de los Dolores y José Antonio. Todos ellos se relacionaron familiarmente con otros grupos a tal grado que formaron una congregación de considerable importancia en la vida de Santa Catarina.

Hasta hace unos 40 años, los pueblos tenían sus categorías: podían ser ciudades o villas, cabeceras, congregaciones, haciendas, ranchos o estancias. De pronto surgieron colonias y fraccionamientos y ahora, para no batallar, toda la población está distribuida en colonias. Por ejemplo, el casco viejo de Santa Catarina ahora se le considera colonia centro. Por cierto, había tres congregaciones en Santa Catarina: la Fama, los Treviños y la Huasteca. Todas ellas ahora son colonias.

Ahí en Los Treviños nació mi mamá en enero de 1944. Ella me platicaba de un padrino suyo al que recordaba con mucho respeto del cual no recuerdo su nombre. A partir de ésta década se instalaron fábricas como Tubería Nacional y Bombas Jacuzzi Universal. No obstante, vivían familias en los alrededores. A partir de 1971, cuando se hizo la ampliación de la avenida Díaz Ordaz, muchas construcciones fueron derribadas. Gradualmente esas casas habitación cedieron ante el avance comercial e industrial, cerrando accesos y antiguas veredas. Recién me acabo de dar cuenta, de que la última vecina del lugar ya no vive ahí. La casa desapareció. Por respeto a las familias, prefiero omitir su nombre. Ella nunca se quiso separar de su solar, porque su esposo lo había cuidado y protegido con mucho esfuerzo y cariño para ella y sus hijos. Y la decisión de la familia la entiendo y justifico también.

Cada vez que veo una casa caída o derrumbada, me da tristeza, porque con ella también perdemos cosas que nos relacionan con el pasado y con otras vidas. En la canción italiana de los 60 de Adriano Celentano, el muchacho de la vía Bluck, relata la historia de un joven que ansiaba salir de su entorno para ir a la ciudad. Después de los años regresa a su casa para revivir en ella los recuerdos y los tiempos idos. Pero ya no la encontró, el pasto y la maleza la habían desaparecido y con ellos, los esfuerzos de aquellos que nos antecedieron. Por eso dicen que el honor de un pueblo pertenece a los muertos, pues los vivimos solo lo usufructuamos o nos empeñamos en perderlo.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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